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Conciencia de uno mismo y destino: la dimensión trágica de lo cultural

La capacidad de abstracción y la función simbólica, cualidades únicas del ser humano, son causa de la comprensión del tiempo histórico y la invención de cosmovisiones. El origen de todo es la visión de la muerte.

Las estimaciones arqueológicas y antropológicas sitúan el origen del Homo Sapiens en el este de África, hace 200 mil años. Es singular su brevedad, si consideramos que los australopitecos, primeros homínidos, surgieron hace 4 millones de años. Y en el terreno de los homos, el Erectus ya vivía en Asia hace dos millones. Así que no somos sino un breve suspiro nostálgico en el tiempo geológico.

De su comienzo, del cual sabemos poco y sólo por aproximaciones óseas, el humano migró en flujos lentos y pausados hacia la gran meseta euroasiática. Encontró especies que crecieron en distintas ramas del árbol de la vida. Pero la nuestra aún era primaria, no había mirado el espejo. No tenía conciencia de sí misma y, por lo tanto, de su muerte y finitud. Era un ser meramente instintivo, que no pensaba, porque no sabía que lo hacía. En palabras de Patrick Johansson, todavía no entraba en la trágica dimensión de lo cultural.

Los grupos de hombres que imaginamos, recolectores y cazadores, no trascendían su función corporal. Comunicación tuvieron, pero no lenguaje, tampoco amor, ni pasión o sufrimiento. Estos son resultado de la capacidad de abstracción que se traduce en la misión simbólica. Su miedo era total, porque abrazaba toda su existencia. Toda su experiencia se concentraba en instantes sucesivos; el momento era absoluto.

Como cualquier misterio, y el humano el que más, el Homo Sapiens conoció la muerte que lleva dentro. De esto hace apenas unos 70 mil años. En una acción evolutiva que ignoramos, los ancestros pudieron producir conceptos y diluir ideas. En pasos lentos que parecen no culminar, el hombre conoció un plano alterno, una realidad ajena a sus sentidos y al entorno inmediato que lo rodeaba: el mundo de las ideas. Ese fulgor primigenio pudo haberse dado en un padre frente a la muerte de su hijo, o ante la cópula de una pareja que por primera vez sintió la pasión que acompaña al placer. Quizás a través de los sueños o la observación del cosmos. Así comenzó la embriaguez ante la contemplación de la naturaleza y del otro.

Esa función simbólica no hizo otra cosa que dar conciencia sobre la muerte cierta, de uno y del tiempo. Con ello, irrumpió la incertidumbre del “de cerca” y el “de junto”. Se comenzaron a cuestionar los fenómenos naturales y a juzgar eventos inexplicables. Se rezó a la ánima del árbol y del oso. Sobre todo, se buscó dar coherencia a espacios inobservables: el origen y el destino. Una escatología aborigen y una cosmovisión silvestre, que inició por dirigir la temporalidad humana, en mediciones cíclicas y constantes. Así surgió el mito, como una forma de intercalar la razón explicativa con la trascendencia pretendida.

La manzana del árbol del conocimiento es una metáfora mítica sobre el tiempo histórico, el primero, en el que el hombre conoció su existencia y se observó como un ser mortal. “Recuerda que vas a morir”, es otra forma de pensar en las palabras de la entrada del oráculo délfico: “conócete a ti mismo”. Es el memento mori por excelencia, porque en el preludio del conocimiento está la comprensión de nuestra muerte. Es la sublimación de la abstracción en la conciencia del término inalterable, el motor primero de todo.

La imagen en el espejo

La función simbólica se adquirió con torpeza, no po-dría ser de otra forma. De un primer humano que comprendió, pasó mucho tiempo para que su comunidad completa lo hiciera. Fue el chamán el que se miraba a sí mismo. Habrá sufrido como San Manuel Bueno, de Unamuno, pero en este caso, a diferencia del mártir, se trató del primer sacerdote como el único consciente de su tiempo, el único creyente, porque era el único que pensaba en que pensaba, que sabía que sabía.

 

En la cueva de Trois Frères, en el sur de Francia, está la imagen antropozoomórfica del hechicero, arte rupestre del paleolítico superior que simboliza las pri-meras creencias en un ser sobrenatural. Es una entidad con rostro de lechuza, barba de carnero, astas de venado, garras de oso, cuerpo equino y piernas humanas. Bien puede representar un ser abstracto y ultraterreno, o la significación estilizada y mística del guía que era vehículo espiritual de la comunidad. Con esa imagen, la cultura se suspende en símbolo de abstracción.

El resto de las especies humanas desaparecieron poco después de que la capacidad simbólica le dio al hombre supremacía sobre su entorno. El homo Erectus se extinguió hace 70 mil años y el Neanderthal hace 40 mil, aproximadamente. Aunque, al parecer, los primeros debido a la mega erupción del volcán Toba en Indonesia, existen tesis sobre la hibridación con los segundos. Sea como fuere, el resto de los Homo concluyeron su ser para dejar la vastedad del horizonte al Homo Sapiens y su capacidad de comprensión. Los últimos en hacerlo fueron los Homo Floresiensis de la Isla de Java, hace apenas 15 mil años.

Nada descarta, sin embargo, que la esencia para comprender nuestra imagen en el espejo haya sido el propulsor de la desaparición del resto de los humanos. Tal vez la comprensión sobre nosotros mismos fue el detonante de la intolerancia del otro. Con ello, pudo darse el primer genocidio de la historia. La asimilación de la muerte de quien está enfrente, similar pero distinto, moldeó la manera en que comprendemos nuestro espacio.

Hace 70 mil años una persona se miró pensando y comprendió su conciencia. Desde entonces, nuestra especie disputa por encontrar respuestas y causas al tiempo que todo devora, como Cronos. Esa cualidad, que nos hace únicos, es la misma que nos impele a medir el tiempo con obsesión y buscar una alteridad en la muerte que conocemos

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