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El arte de complementar
'El hombre de la casa de al lado', Édgar Aguilar, La Zonámbula/Ediciones Cultura de Veracruz, México, 2017.
Por José Alejandro Sánchez Vigil

Los cuentos de Édgar Aguilar son inquietantes, de final perplejo muchas veces. Se pone a jugar con su lector vaticinando terrores que no llegan a clarificarse o bien se desplantan por completo. Los cuentos de El hombre de la casa de al lado están abiertos en el nivel de la significación y cerrados en lo formal, de firme artesanía. Hay un manejo hábil de la relación entre narración y descripción. Con la narración se obtiene secuencialidad, encadena acciones sucesivas. La descripción aporta espacialidad, configuración: retrata, visualiza. Puede hacerse que una acción pase rápida o lenta, por ejemplo, pero el rostro de un hombre o la distribución de los muebles en una habitación, al describirse, no puede hacerse sincrónicamente como nos lo pudiera presentar una fotografía o una pintura: la descripción también habrá de extenderse en el tiempo, con una largura que se percibe al transcurrir, similar a las gotas de un grifo oxidado que por desidia del usuario pueden llegar a inundar por completo un departamento.

La narrativa es un arte de complementaciones que el autor sabe manejar, logra entrecruces oportunos para provocar golpes de sentido, armoniza en ritmos orgánicos y asimétricos para mantener en vilo la atención del lector. Se puede utilizar la descripción como un recurso de retraso, o todo lo contrario, para lograr una explosión contundente; por un lado, el autor se regodea en los detalles, se detiene en los matices mínimos, incluso puede enlistar o adjetivar hasta donde su creatividad se lo permita; por el otro, la fuerza de los sustantivos y adjetivos debe reconcentrarse para lograr un impresión máxima con rapidez. El autor manipula los gradientes que ofrecen estas posibilidades literarias. Al inicio de algún cuento nos pinta al hombre o a la mujer y, ya plantada su imagen en nuestro fuero interno, nos lleva por escozores y misterios. Es así como nos presenta realidades que primero nos reafirman en este mundo, instantes después nos hace dudar y al final acabamos de nuevo en el suelo.

En estos cuentos hay retratos de medio cuerpo, de cuerpo entero, paisajes urbanos y vistas interiores; hay objetos artísticos, fuentes decorativas, dibujos y pinturas que ocupan un lugar relevante en la trama, como en el cuento “Lluvia”, en el cual un retrato femenino colocado entre diplomas, títulos y otras pinturas abstractas, vuelve a ser nombrado al final para cobrar sentido.

Dentro de otro cuento, “Habitación 14”, hay uno de esos cuadros con planetas y visiones intergalácticas, hechos a una velocidad espectacular por pintores callejeros que utilizan aerosol y aplicación de fuego. Dicha pintura imprime al penumbroso espacio de la habitación un carácter onírico que enfatiza un raro juego de espejos.

El propósito de estas imágenes fragmentarias es picar la curiosidad del público para que se apreste a leer los cuentos de El hombre de la casa de al lado.

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