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Historias de una mano prodigiosa / Entrevista con Pilar Fernández

Para esta artista del hiperrealismo que a los setenta y nueve años se dice autodidacta, el mundo fluye de la punta de un lápiz; todo lo que existe está ahí.

 

Pilar Fernández (Ciudad de México, 1939) vive en un modesto departamento muy cerca del centro de la ciudad de Xalapa, donde llegó a radicar con su familia allá por la década de los ochenta. Su perro Tache (un pequeño y simpático perro ligeramente cojo) y su gata Tapa, le brindan al visitante una calurosa bienvenida. Pilar es una mujer de mediana estatura, con el pelo corto y completamente cano. Algo que llama de inmediato la atención son sus ojos: grandes, vivaces y de un azul profundo. También su tono de voz potente y de experimentada matrona, como de actriz de teatro, aunque todo en ella es jovial, decidido y alegre. Seguidos por sus fieles mascotas me conduce a una habitación bien iluminada, con una ventana frontal y otra lateral, que permanecen cerradas por el tremendo vendaval que ha azotado esa fría mañana, extremadamente luminosa. Nos acomodamos en una amplia mesa de trabajo. Hay libreros pintados de blanco con libros de literatura, de pintura y grabados, enciclopedias, discos de música clásica, portarretratos, pinceles y lápices, muchos lápices, colocados en pequeños frascos de cristal y etiquetados según las graduaciones, así como algunos cuadros –identifico uno de Leticia Tarragó– y una singular caja compuesta por curiosos objetos en las paredes. Empieza a mostrarme recortes de periódicos, algunos programas de exposiciones que ha montado en el país y en el extranjero, además de textos de Sergio Pitol, Salvador Elizondo, Margarita Peña o Armando Ortiz sobre su obra. Pero ilustraciones –impresiones en papel bond– de su trabajo a lápiz cuenta con muy pocas. Se lamenta de no haber encontrado un libro sobre una exposición suya en España, una revista de sociales xalapeña, o incluso una publicación de antropología, en donde asegura aparecen varios de sus dibujos. Sin embargo, aunque escasas, no es difícil maravillarse ante esas hermosas y casi milagrosas combinaciones de imágenes a lápiz y acuarela en las que el tiempo parece suspenderse, y que forzosamente debieron salir de una mano prodigiosa. Dibujos que, a pesar de su extraordinario realismo, de su admirable precisión, o quizá por eso mismo, Pilar Fernández los dota, la mayor parte de las veces, de una enorme carga simbólica y enigmática, no exentos de placer por la vida y de ternura.

 

-¿Cómo nació tu interés y gusto por el dibujo?

–Dibujo desde que tengo uso de razón. Yo estuve desde muy chica con monjas y me hacían hacer todo lo re-ferente a las cosas eclesiásticas, como dibujar ob-jetos sacros. Entonces hacía de todo y siempre estuve di-bujando para las monjitas; después para la familia –es más, hice hasta una reproducción, cuando tendría como quince años, de El entierro del conde de Orgaz, del Greco, para uno de los tíos–, y me iban pidiendo cosas y más cosas, y así empecé dibuje y dibuje. Después me fui a Canadá, a Jesus et Marie Académie, en Quebec, y allí estuve estudiando dibujo con una monjita que se llamaba mere Saint Charles de Milán, y fue una ayuda increíble. Pero en realidad yo no he tenido clases ni maestros de dibujo, ninguno, porque ni ella era maestra de dibujo; ella era una persona que me asesoraba un poco, pero ni siquiera creo que supiera dibujar muy bien. Aquí tuve una clase de una semana con el maestro Lazcarro Toquero, pero en realidad soy autodidacta, nunca tuve estudios de ningún tipo. Pero dibujo desde que tengo uso de razón.

 

Imagino que tu formación autodidacta tiene que ver con la admiración que sientes por algunos pintores.

–Desde luego. He admirado profundamente a todo tipo de pintores. Desde los renacentistas, antes de los renacentistas –admiro a Piero della Francesca–, y luego todos los impresionistas, que son para mí únicos. El impresionismo me parece sensacional. Realmente, en pintura no podría hacer una lista de todo lo que me gusta y me impresiona, es más allá de lo que puedo recordar. Pero la pintura me ha encantado de siempre. Dibujo he visto poco. Yo soy dibujante más que pintora. Me acuerdo de haber visto unos dibujos de José María Velasco en el museo, extraordinarios, pero así que haya visto dibujos a lápiz, no. Y mucho menos el dibujo a lápiz como yo lo hago, con un detalle en acuarela. Recuerdo que cuando quise empezar a hacer eso, era difícil encontrar un papel que me sirviera porque, o te servía para lápiz o te servía para acuarela, pero no para los dos. Y por fin, como por milagro, encontré un papel que hasta la fecha me sirve.

 

Esos detalles en acuarela, como los llamas, ¿son estos pequeños dibujos que sobresalen del fondo a lápiz?

–Mira, creo que todo lo que es lápiz son las cosas ya existentes, y son cosas que en realidad ya están ahí, como es un arcón, como es una puerta, como es un portón, como es una mesa, son cosas que ya existen, porque lo mío es el dibujo estricto a lápiz, que es lo que se llama hiperrealismo, que a veces hasta parece fotografía. Entonces, lo negro, lo que es a lápiz, es todo eso, las cosas con lo que me topo, porque de repente me topo con una alacena que me fascina y la copio, y después le pongo el detalle a color, que es siempre acuarela.

 

¿La idea de romper con lo cotidiano es el recurso del color?

–No. Lo que pasa es que yo creo que amo tan profundamente la naturaleza, tan profundamente, que no la podría hacer blanca y negra. La naturaleza tiene que ser a color, porque en la naturaleza encuentras todos los colores habidos y por haber, tú en la naturaleza no inventas nada. Todo en la naturaleza existe. El color más extraño en la naturaleza, ahí está. Entonces todo eso me hizo hacerlo a color, por la admiración que tengo por la naturaleza. Yo creo que esta es una obra que no puede ser de nadie más que de alguien extraordinario que hizo esa maravilla que existe en este mundo.

 

¿Entonces por qué no pintar la naturaleza en todas esas posibilidades de color y utilizar, por ejemplo, el óleo en vez del lápiz?

–Porque tengo verdadero amor por los lápices, lo mío es el lápiz. A mí me pones óleos y me… Bueno, desde la flojera de sacarlos y ponerlos en el papel y después limpiar todo eso… no, a mí no se me da. Yo prefiero la punta de un lápiz y con eso armar algo bellísimo, porque los lápices me apasionan, por eso lo sigo haciendo, por la pasión que tengo por los lápices.

 

Tal vez no tenemos conciencia de qué tan meticuloso y profundo es el trabajo a lápiz.

–Dicen que la acuarela es lo más difícil. Yo pienso que el lápiz. Como decía Salvador Elizondo: “El difícil arte del claroscuro.” Tienes que estar viendo dónde vas a dejar el blanco, dónde vas a dejar el más clarito, dónde vas a dejar el mucho más oscuro, es un arte sumamente meticuloso. Y aparte piensas en un papel en blanco, ese papel en blanco lo llenas con puntitas miniaturas; vas haciendo toda una obra con puntitas en ese papel en blanco. Dicen que no soy creativa porque soy copista; yo creo que soy creativa en muchos sentidos. Alguien que me dice o que puede pensar que soy copista, quisiera decirle que se pusiera realmente a co-piar algo, a ver qué hace.

 

Dibujas mucho pájaros; hay flores, desde luego; escarabajos. Estos elementos, ¿significan algo?

–Sí, la naturaleza. Que hay tantas cosas: los escarabajos éstos, que se me hacen medio dark; las flores, de todo tipo de colores y formas; los pájaros, no hay uno que se le parezca al otro; es descubrir un mundo que pocas gentes tienen la gracia de ver. Yo creo que pocos realmente tenemos la gracia de ver ese mundo a color que es la naturaleza, que son los pájaros, por ejemplo; es más, hasta los insectos son maravillosos; tú ves una libélula y ¡guau!, o ves una hormiga y dices qué es esto. Todo lo que es naturaleza es fuera de serie.

 

¿Cuánto tiempo en promedio te lleva hacer un dibujo?

–Yo creo que fácil, mes, mes y medio. Porque es sumamente meticuloso.

 

¿Cómo es el proceso de elaboración en tus obras?

–Aquí estás viendo un dibujo que se llama La mis-teriosa dama del chelo; un chelo, ya existe; este chelo es copia de un chelo real. Ahora, lo que es diferente es todo el entorno. Y nada tiene que ver con una joven sentada con un chelo y unas azucenas blancas que salen no sé de dónde. Todo gira alrededor del objeto que haces primero. Por ejemplo, en éste el chelo para mí es lo importante. Ya después empieza a girar todo, cómo lo voy a poner, con qué. Cuando veo el final del lápiz, ya dejo un espacio para hacer la acuarela. Eso sí, sé y tengo medido dónde va a ir la acuarela, pero no sé lo que voy a hacer, no sé si va a ser un escarabajo, un pájaro, una libélula, y eso es el final del cuadro, la acuarela.

 

¿Cuántos tipos de lápices utilizas para dibujar?

–Para hacer un dibujo necesito seis, por lo general. Es el h, hb, luego viene el b, el f, 3b, 4b, y 5b, desde el más duro hasta el más suave. Y hay todavía mucho más suaves. Pero por lo general son ésos los que utilizo, ni más ni menos.

 

Tu obra tiene muchos rasgos mexicanos, además de tu predilección por dibujar Vírgenes.

Ay, cómo no. Yo crecí entre santos, vírgenes y diosito. Esta Virgen por ejemplo a mí me fascina; esta Virgen la tenía mi hermana en su buró y me encanta. No te sé decir qué Virgen es, nunca lo he sabido; puede ser La Asunción, puede ser La Virgen de la Pascua, puede ser cualquiera. Ella la tenía siempre en su buró, de ahí la saqué. Y todo lo que tenga que ver con nuestras artesanías, con nuestra cultura, lo amo. Sobre todo esas cosas de madera que por lo general no lo tomas como si fuera una artesanía, pero que existen y que son verdaderamente extraordinarias: hay unos burós, unas mesas, unos sillones, unas alacenas, unos cuadros, unas cosas de madera extraordinariamente bien hechas.

 

Veo tus dibujos como historias, tal vez como fragmentos de una realidad un tanto enigmática.

–Puedes pensar que es como una historia. Qué está haciendo esa misteriosa dama tocando el chelo, quién es, de dónde sale, por qué las azucenas. Por qué el pájaro está sentado entre instrumentos de labranza, por qué los mecates… Por lo general todo tiene una historia, cualquier cuadro que veas tiene una historia. Como cuando ves –digo, sin comparar– La Gioconda y dices tú, ¡guau!, qué hay detrás de esa mujer. Es lo mismo, una historia detrás de lo que vemos

 

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