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La casa sosegada
Por Javier Sicilia

Atisbo al tiempo

Mi desencanto frente al futuro de mi país me ha llevado a releer En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. Mi relectura no busca recuperar una época pasada, completamente ajena a la mía, sino explorar en ella lo que Proust buscaba también: el tiempo y uno particular: el perdido, el olvidado. Pero, ¿qué es el tiempo más allá de su reduccionismo a períodos de la historia? Todos, como le expresó el San Agustín de las Confesiones, sabemos del tiempo si nadie nos pregunta, pero todos también somos incapaces de explicarlo si alguien nos pregunta por él. Esa es la causa de que Proust, en lugar de intentar responder a la pregunta sobre el tiempo, que seguramente él mismo se hizo, haya escrito un largo y minucioso relato para hacérnoslo sentir.

Esta experiencia de la temporalidad, que todos experimentamos como una obviedad y, sin embargo, es inexplicable, subyace no sólo en el relato de Proust, que es un hijo de la tradición occidental, sino en los razonamientos de Agustín, uno de los fundadores de la noción del tiempo en Occidente. Antes de que el mundo fuera creado, el tiempo no existía, no había un antes. El tiempo de Dios es un presente perpetuo, eterno. Sin embargo, desde que el ser humano aparece sobre la Tierra, la única manera que tiene para experimentar ese presente perpetuo en su transcurrir hacia la muerte es interiorizándolo como “un tiempo presente de las cosas pasadas”, “un tiempo presente de las cosas presentes” y “un tiempo presente de las cosas futuras”. Lo que los seres humanos sabemos y experimentamos es que, a la vez que siempre transcurrimos en el tiempo y que en ese transcurrir hay un pasado, un presente y un futuro, siempre también nos experimentamos como un presente perpetuo que Agustín llama “la presencia” y Bergson “la duración”, una experiencia ajena al tiempo externo de los relojes. Somos presencia, tiempo eterno, que al interiorizar el pasado, el presente y el futuro, los hace siempre presentes en nuestra experiencia. Esta percepción simultánea del tiempo es la que nos permite que la vida tenga sentido y evite que se convierta en un terror vacío.

Lo que, sin embargo, hace posible que el presente de los tres tiempos sea en la presencia, es la memoria. Sin la memoria –hay que ver la pérdida de la condición humana de un ser humano atacado por el Alzheimer– el sentido se extravía. Cuando, como sucede con Proust, el presente y el futuro desaparcen –porque se está enfermo o porque el mundo en el que fuimos felices se colapsó–, la única forma de rescatarlos y de rescatarnos como presencia es la memoria, el traer al presente las cosas pasadas. Proust, más que Agustín o Bergson, lo sabía, al grado de que durante los últimos quince años de su vida se entregó como nadie a mostrarlo en el espacio de una larga y minuciosa escritura. El tiempo perdido que rescata en su enorme novela es el de su época, pero no porque la considere digna de ser contada –Proust no era un historiador– sino porque era la suya, la de su propia experiencia como un ser en el tiempo. En el sentido filosófico de Agustín y de Bergson, para Proust, como para cada ser humano, la realidad radical –aquella, dice Ortega y Gasset, en que radican y arraigan todas las demás realidades: “Yo soy yo y mis circunstancias”– es nuestra propia vida particular. Es decir, no el tiempo externo que nuestra vida como individuos atravesó o atraviesa y que podía ser objeto de una biografía, sino el tiempo que es nuestro ser y que vivió en un determinado tiempo externo, del cual nuestra presencia da razón.

En este sentido, En busca del tiempo perdido no es, dice Mauricio Serrahima, un libro de memorias. Proust no quiso contarnos hechos sucedidos a individuos importantes en el acontecer histórico, sin hechos sucedidos a individuos desconocidos que le permitieron –como a cada uno de nosotros–percibir los movimientos de su espíritu. No sólo los que detecta Agustín, como el remordimiento, la responsabilidad de los actos cometidos, la plegaria y la decisión, sino también los que percibe y relata Proust, como los aromas, los reflejos que le provoca Combray, el deseo, los celos, los vínculos entre el arte y las experiencias interpersonales, la maledicencia y la duda. La visión que de la realidad humana nos da Proust sobre el presente de las cosas pasadas nos revela que, como lo vio Agustín –pero sin su penetración y su sentido espiritual–, no hay tiempos perdidos, porque todos los tiempos están contenidos y vivos en el tiempo eterno de la presencia.

 

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