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La niña de nieve

Pleno invierno: invencible, inmaculado. El conde y su esposa han salido a montar; él, sobre una yegua gris y ella, sobre una negra, envuelta en brillantes pieles de zorro negro, con unas relucientes y altas botas negras de tacones rojos, y espuelas. Nieve fresca caía sobre la nieve que ya había caído; el mundo entero era blanco.–Quisiera tener una niña tan blanca como la nieve –dice el conde. Siguen adelante. Llegan a un agujero en la nieve y el agujero está lleno de sangre–. Quisiera tener una niña tan roja como la sangre
–añade, y siguen al trote hasta que ven un cuervo, posado sobre una rama desnuda–. Quisiera tener una niña tan negra como las plumas de ese pájaro.

En cuanto terminó la descripción, la niña apareció junto al camino, piel blanca, labios rojos, pelo negro, completamente desnuda: era la niña de sus deseos, y la condesa la odió al instante. El conde la subió al caballo y la sentó delante de él, en la silla: pero la condesa sólo tenía un pensamiento: “¿Qué puedo hacer para liberarme de ella?”

La condesa dejó caer un guante en la nieve y le dijo a la niña que bajara a buscarlo; pretendía huir al galope y dejarla allí. Pero el conde dijo:

Te compraré guantes nuevos.

Entonces, las pieles saltaron del cuello de la condesa al cuerpo de la niña desnuda y la condesa lanzó su broche de diamantes contra el hielo de un estanque helado, que se lo tragó.

Zambúllete y tráemelo –ordenó, pensando que la niña se ahogaría.

Pero el conde dijo:

¿Acaso es un pez, para nadar en un clima tan frío?

Entonces, las botas de la condesa pasaron a las piernas de la niña. Ahora, la condesa estaba como había venido al mundo y la niña, vestida y calzada.

El conde se apiadó de su mujer. Al llegar a un rosal, con todas las rosas en flor, la condesa dijo a la niña:

Agarra una.

Y el conde dijo:

Eso no te lo puedo negar.

Así que la niña agarra una rosa: se pica un dedo con las espinas: sangra: grita: se cae.

Entre lágrimas, el conde desmontó, se desabrochó los pantalones e introdujo su viril miembro en la niña muerta. La condesa refrenó a su nerviosa yegua y miró a su esposo con los ojos entrecerrados. El conde terminó pronto.

Entonces, la niña se empezó a derretir. Pronto, no quedó otra cosa de ella que una pluma que un pájaro podría haber soltado: una mancha de sangre en la nieve, indicio quizá de la captura de un zorro y, por último, la rosa que la niña había arrancado del rosal.

Ahora, la condesa volvía a estar vestida. Con su larga mano, acarició las pieles. El conde alcanzó la rosa, le hizo una reverencia a su mujer y se la dio. Cuando ella la tocó, la dejó caer.

¡Pica!– protestó.

La compañía de los lobos

(fragmento)

Angela Carter

Este es un país despiadado, donde la juventud de los niños dura poco. No tienen juguetes para jugar, así que trabajan duro y maduran con rapidez: pero esta niña tan bonita, la menor de su familia, llegó casi a destiempo y creció entre los mimos de su madre y de su abuela, quien le tejió un manto rojo que hoy muestra el aspecto aciago, aunque brillante, de la sangre sobre la nieve. Los pechos le han empezado a crecer; su pelo es como pelusa, tan claro que casi no hace sombra a su pálida frente; sus mejillas son de un blanco y escarlata emblemáticos, y acaba de tener su primera menstruación, el reloj interno que, en lo sucesivo, avanzará una vez al mes.Se planta y camina dentro del pentáculo invisible de su propia virginidad. Es un huevo sin romper; es un recipiente sellado; tiene en su interior un espacio mágico cuyo paso permanece cerrado con un tapón de membrana: es un sistema cerrado; no sabe sentir escalofríos. Lleva un cuchillo y no tiene miedo de nada.

Si su padre hubiera estado en casa, quizás le habría prohibido que saliera; pero está en el bosque, recogiendo leña, y su madre no se sabe negar.

El bosque se cierra sobre ella como unas fauces.

Siempre hay algo que ver en el bosque, incluso en mitad del invierno: los pájaros apiñados en las chasqueantes ramas, demasiado tristes para cantar; los luminosos flecos de los hongos en los emborronados troncos de los árboles; los ojos cuneiformes de los conejos y ciervos; las espigadas huellas de las aves; una liebre tan delgada como una loncha de panceta, cruzando rauda el camino por donde el fino sol motea las hojas rojizas de los hechos del año anterior.

Cuando oyó el aullido de un lobo distante, la experta mano de la muchacha buscó el mango del cuchillo; pero no vio indicio de lobo ni tampoco de ningún hombre desnudo. Entonces, oyó un ruido entre los arbustos y un hombre completamente vestido, uno muy joven y apuesto, con casaca verde y sombrero ancho de cazador, cargado con los pájaros que acababa de cazar, saltó al camino. Ella tenía la mano en el cuchillo desde el primer chasquido de hojas, pero él rió con un destello de dientes blancos y le dedicó una cómica aunque respetuosa reverencia. Ella nunca había visto a un sujeto tan elegante; no entre los rústicos payasos de su pueblo natal. Así que se fueron juntos, bajo la luz cada vez más tenue de la tarde.

Poco después, ya reían y bromeaban como viejos amigos. Él le ofreció llevarle la cesta y ella aceptó; había dejado el cuchillo dentro, pero él le dijo que su esco-peta los protegería.

El día siguió muriendo y la nieve volvía a caer. La jovencita sintió que los primeros copos se posaban en sus pestañas, pero sólo quedaba un kilómetro y pronto tendrían un fuego, un té caliente y una bienvenida, una cálida, sin duda alguna, tanto para el gallardo cazador como para ella misma.

Aquel joven llevaba un objeto extraordinario en el bolsillo. Era una brújula. Ella miró la diminuta esfera en la palma de su mano y observó la temblorosa aguja con asombro. Él afirmó que aquella brújula le había permitido cazar sin perderse porque la aguja siempre señalaba el norte, con absoluta precisión. Ella no le creyó; sabía que si dejaba el camino, se perdería al instante. Él se volvió a reír y barbas brillantes colgaban de sus dientes; dijo que, si abandonaba el camino y seguía por el bosque, llegaría a casa de su abuela quince minutos antes que ella porque la brújula le encontraría un atajo entre la maleza mientras ella continuaba por el largo y sinuoso camino.

–No te creo. Además, ¿no te dan miedo los lobos?

–¿Quieres apostar? – preguntó a la muchacha–¿Nos jugamos algo? ¿Qué me das si llego a casa de tu abuela antes que tú?

–¿Qué quieres que te dé?

–Un beso.

Tópicos de una seducción rústica; la muchacha bajó la mirada y se ruborizó.

Él se alejó por la espesura, llevándose la cesta. La luna ya estaba saliendo, pero ella olvidó sus temores porque tenía la intención de entretenerse para estar segura de que el apuesto caballero ganara el envite.

La casa de la abuela estaba algo apartada del pueblo. La nieve reciente formaba remolinos en el jardín de la cocina cuando el joven subió por el sendero nevado de puntillas, como para no mojarse los pies, llevando la cesta y los pájaros muertos y tarareando una canción.

Tiene un débil rastro de sangre en la barbilla: le ha pegado un bocado a una de sus presas.

Llama a la puerta con los nudillos

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