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La otra escena
Por Miguel Ángel Quemain

María Alicia Martínez Medrano

en el corazón de las tinieblas

 

Para Jaime Casillas Ugarte

 

 

Hace treinta y cinco años, María Alicia Martínez Medrano fundó el Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena en Oxolotán, Tabasco, un ejercicio que fue resultado de la confianza amplia que venía de las instituciones culturales de Tabasco, de la escritora Julieta Campos y su esposo, el entonces gobernador Enrique González Pedrero, además de la complicidad de Cristina Payán, quien vinculó e hizo fluir la certidumbre de María Alicia en la viabilidad de un proyecto ambicioso que instalara en el mundo indígena un modo de hacer teatro que arraigara y lo hiciera imprescindible en las comunidades.

Julieta Campos justificó en lo académico la necesidad de un teatro comunal, que se asomara al mundo y de regreso a sus moradores, que le diera un techo y una estructura a la creatividad de una sociedad que cuenta con una tradición oral sólida con un modo totalmente mnemotécnico de articular el mundo en sus distintos tiempos verbales y experiencias sensibles.

Durante mucho tiempo, Tabasco fue uno de mis destinos obligados como reportero para ver los avances, la ruta, los trabajos, los estrenos del Teatro Campesino e Indígena. A finales de los ochenta, esas visitas hicieron posible la aventura de un programa de televisión para Canal Once que produjo Jaime Casillas Ugarte, de una cultura amplia y una sensibilidad que permitía hacer fluir sobre unos rieles originales una manera de hacer teatro que ahora las cámaras de Canal Once tenían el reto de grabar como uno de los mejores teleteatros, pero también hacer fluir como un documental, un testimonio.

Me tocó hacer el guión de ese programa, calificar y armar un rompecabezas de testimonios que María Alicia nos había permitido obtener con muchas dificultades, porque siempre sospechaba de nuestra ignorancia para entender a la comunidad indígena y campesina. No se equivocaba en muchas de sus previsiones, pero exageraba también. Trataba de proteger ese teatro incluso de ella misma, aunque había cierta actitud fundamentalista en sus planteamientos que, en muchos momentos, amenazaba con la idea de que no había más ruta que la suya.

Lidiamos con una necedad, por llamar así a esa mezcla de incredulidad y obcecación. Si las cosas habían funcionado bien 100 mil veces de un modo, ya era hora de desaprender y empezar a volar en otra dirección. Y así construyó un teatro, según ella, basado en las enseñanzas de Virgilio Mariel; incluso por ahí circulaba el nombre de Fernando Wagner, pero en realidad era su genio, su disciplina, su capacidad para escuchar las lenguas del sureste y la península lo que le permitió crear un teatro como si se tratara de una cocina que sólo emplea los ingredientes del lugar, pero que se ha apropiado del fuego y ha elaborado toda una batería alquímica.

Sin tratarse de una institución, tuvo la fuerza para trabajar instalada en las lenguas zoque, maya, náhuatl, chontal. Trató de que sus poetas locales no se “contaminaran” con la cultura de Occidente para que pudieran indagar en sus propias inspiraciones y mundos primordiales. Se enojó bastante conmigo cuando le acerqué a Auldárico Hernández (quien llegó a diputado, senador y líder del prd en la entidad), coautor de La tragedia del jaguar, un tomo de la antología Ómnibus de poesía mexicana y Muerte sin fin, de Gorostiza. Pero finalmente me disculpó cuando vio que no sólo estos sino otros muchos frutos de la literatura universal terminarían por expulsar definitivamente del paraíso a todos esos poetas con los que fundó fecundos valles de lágrimas en X’ocen, Yucatán, y en Yoreme, Sinaloa, en ambos casos en 1989, así como en Ciudad de México en 1990 y 1995, cuando fundó El Laboratorio de Teatro Santo Domingo.

Los años ochenta y principios de los noventa representan los momentos con mayores logros. Fueron años de festivales internacionales, de premios y múltiples reconocimientos. El Festival Latino de Nueva York, el Festival Iberoamericano de Teatro, tanto en Madrid, como en Cádiz y Sevilla, el Festival de Shakespeare en Nueva York y las múltiples giras para presentar un trabajo que abrió horizontes también hacia lo popular: en 2000 tuvo un escenario masivo en el Zócalo capitalino con un homenaje a Pérez Prado que tituló Concierto 42.

Ahora Delia Rendón está al frente del Laboratorio de Teatro Campesino e Indígena; quedan sus logros en casi todas las dieciséis delegaciones de cdmx, donde se fundaron pequeños “Laboratorios” en comunidades vulnerables; en Morelos, Michoacán, pero sobre todo en Yucatán, en la cultura maya, donde su última impronta quedó en esa obra de la ritualidad llamada Momentos sagrados de los mayas.

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