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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

Adiós, Úrsula

Una de las cosas que me gustan de leer críticas literarias en inglés es el uso de la palabra beloved (amado) para designar a ciertos escritores. Me parece mucho más franca que “popular”, más expresiva que el burocrático “reconocido” y más precisa para calificar lo que ocurre cuando cierto tipo de lector se encuentra con los libros que le revelan el mundo. Ahora que murió Ursula Le Guin, en casi todos los obituarios se lee, justamente, beloved.

Ciertos lectores se enamoran de las palabras y las ideas del autor. Claro que a veces el libro es lo mejor que el escritor le puede dar a la persona que lo lee y deberíamos tener esto presente. No todos los escritores que amo podrían o querrían ser mis amigos.

Cuando leí el Borges de Bioy, tuve un ataque de melancolía debido a mi terquedad en concebir a Borges como una suerte de Homero equivocado políticamente. Y nada: era una persona maledicente, racista y algo misógina, además de ser un genio. Al final de esa amarga y divertida lectura lo volví a querer, pero no hay que confundir la gimnasia con la magnesia. No debemos idealizar a nadie. Es oneroso para el escritor, un espejismo para el lector.

Pero con Ursula Le Guin (1929-2018), cuyos libros –leídos pasionalmente al mismo tiempo que la obra de Tolkien– me convirtieron en escritora, me pasó algo muy distinto. Cada entrevista, cada aparición pública, cada línea de su blog me la acercaron durante los cuarenta años que fui su lectora a sabiendas de que vivía. ¡Y qué alegría me dio su vida!

Tuve divergencias con sus opiniones pero siempre se entendían sus poderosos argumentos. Era inclasificable, a veces feroz y siempre sensata, afable e impaciente. Su prosa es una rara combinación de diáfana claridad e inteligencia sostenidas por una singular armazón imaginativa. Le Guin fue hija de escritores y antropólogos: tanto su ciencia ficción como su fantasía están ancladas en el vasto océano del mito, en la frágil pregunta humana ante el universo. Su fábula Los que se alejan de Omelas es una de las parábolas más desafiantes que he leído. Esas breves páginas contienen una interrogante moral que todos deberíamos enfrentar. El mundo, para Le Guin, debía ser examinado constantemente bajo la luz de la compasión más perspicaz.

Así sus ideas sobre el poder y el cuerpo, nuestra relación con los animales y el planeta, nuestras múltiples servidumbres y los espejismos que gobiernan nuestro espíritu. Ahora que murió, entre los cientos de comentarios doloridos que aparecieron en cuestión de horas en el NYTimes, hubo uno que me gustó: el autor recomendaba leer La mano izquierda de la oscuridad para hacer una reflexión sobre el género, ahora que se libran tantas batallas por esas fronteras. Este libro, alabado de forma entusiasta por Harold Bloom, describe una sociedad donde no hay hombres ni mujeres sino personas que se definen sexualmente sólo en breves temporadas y pueden ser del género femenino o masculino, dependiendo de con quien se relacionen. De este modo, todos en ese planeta han sido padres o madres, hombres y mujeres. No hay tal cosa como la vanidad femenina o el valor masculino. Lo que queda es absolutamente humano.

También recomiendo La palabra para mundo es bosque, en el que resuenan los ecos de la conquista de América y la Controversia de Valladolid o Los desposeídos, una novela en la que Le Guin inventa un mundo donde florece una sociedad anarquista-taoísta que atrae, a pesar de su pobreza material, al físico Shevek. Éste, inspirado en Robert Oppenheimer, es un hombre empeñado en resolver el problema de unir la secuencialidad y la sincronía para crear una forma de comunicación instantánea, el ansible. Sólo diré que el ansible ya existe. Es un software y este homenaje es lo menos que merece el libro.

Eso, en el terreno de la ciencia ficción. También escribió ensayo, poesía, fantasía (me sé los libros, literalmente, de memoria) y libros para niños. Hoy, en Estados Unidos hay quien dice amargamente que se merecía el Nobel y que lo hubiera recibido con más gracia que Dylan. Pero era mujer y se dedicaba a los subgéneros. Lo asumía con una sonrisa irónica.

Pero glosando el poema de Milton sobre Shakespeare: ¿qué honores y mármoles necesita si vive en la memoria amorosa de sus lectores? ¿Ella, que con el asombro y deleite que nos dio, creó sus relicarios en nosotros?

Lo que siempre hará falta es que se lea. Ve, lector, busca sus libros. Verás.

 

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