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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del futuro

Ya no soy el que solía. No hace mucho estaba al otro lado de las horas, en una lejanía visible a ras del horizonte y sin embargo fuera del alcance, al borde de la sombra vespertina de una cordillera, un risco o promontorio, en la cadencia de mareas y estaciones o en los bosques que de noche musitan profecías, presente a punto pero no, ahí donde uno se piensa y desvanece y no se sabe y se imagina, y era duda, augurio o titubeo, umbral en las ciudades que eran lentas, resonancia de los días que serían en los patios blancos y sonoros. En las madrugadas, cuando la vieja luz del sol recién me anuncia en el planeta y despiertan las gentes o dormitan agotados los que velan, en mí cristalizaba un secreto tibio y trabajado en duermevela, en el silencio primario de la vida. Y era una íntima promesa de sosiego o el miedo puro que presiente y conjura algún peligro; a veces el consuelo anticipado de una cura por ejemplo, un dolor que cede en el cuerpo y en el alma se atempera para que al fin revele su sentido, o el anhelo de un encuentro que habría de ser eterno por un instante al menos, la soledad serena y al cabo entonces compartida, esa espera y otras en racimos, en el afán de cada quien en la vasta multitud de lo posible. Pero ya no soy el mismo. Se ha estrechado de pronto mi infinito, ahora se parcela y se calcula el valor de mis dominios, y me ciñen y deducen relojes digitales luminosos con memorias y algoritmos infalibles, sordos al eco del tiempo que canta la ballena, que traza los profundos anillos de los árboles y escribe y reescribe con el viento los desiertos. Era sueño y balbuceo venideros, piedra pulida del deseo, vaga materia en que arraigaba humilde desde siempre la esperanza. Las resinas y vapores de mis templos cotidianos, las hierbas y las voces que cifraban en el alma mis presagios y destinos se han disperso. Ahora soy un artefacto, una tarjeta luminosa, madre de circuitos que todo lo concibe, lo acerca, pule y simplifica; que reitera sus funciones y promueve sin cesar su letanía de certezas inmediatas y perennes, al alcance de cada tesitura de la voz y de la punta de los dedos por supuesto. A espaldas del aire, del tigre, del hielo y los manglares, ya tienen número preciso, mapa y ruta crítica todos mis asombros. Así me ofrecen sin fisuras en los altos y suntuosos salones de la gran tecnología, la soberbia diosa que se abisma en el espejo y se enamora, y en discursos, arengas y campañas que destellan el titanio de sus dientes, el cromo de sus armas y los hilos incontables de sus sedas, soy el aliento saturado de rústicas promesas, la palabra que incita la sed y la sal que la conserva, el caballo de madera que se inserta en la miseria y la acaricia, la excita, la dilata, la administra. Soy coto de caza, zona de amenazas, ilusiones y pillaje. Me azuza el poder, me usan los mercados y conmigo difunde y pavimenta la fe sus paraísos. Sin embargo, en la avidez de lo posible de estos tiempos desasidos, en el viejo curso de la vida que renuevo con el polvo que fecunda y luego sedimenta la inmensa maroma del espacio, soy uno de los nudos de sus fibras esenciales. Sin mí la muerte no tendría sentido ni sustento; yo la alumbro, la nutro, la mantengo y alguna vez inexorable a todos desengaño, les devuelvo el peso y la hondura de su cuerpo, la primera conciencia de sí mismos antes de su nombre, a la altura de los ojos. Aquí la llamo. En este ruego convoco la verdad de su promesa, la salud de su recuerdo.

 

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