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Cinexcusas
Por Luis Tovar

El edén subvertido

A propósito de El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, Reino Unido, 2017), algo sucinto se mencionó en este espacio, a finales de octubre del año pasado, cuando fue exhibida como parte del más reciente Festival Internacional de Cine de Morelia, y fue apenas en el anterior fin de semana que la cinta tuvo su estreno comercial en México.

Nacido en Atenas, Grecia, en 1973, el director, coguionista –con Efthimis Filippou– y coproductor –con Ed Guiney– es Yorgos Lánthimos, que se hizo conocido a nivel internacional hace poco menos de una década por Diente de perro (Canine, 2009), pero sobre todo hace tres años, con La langosta (The Lobster, 2015).

En el filme, Colin Farrel encarna al cirujano y cardiólogo Steven Murphy; Nicole Kidman interpreta a Anna, cuya profesión también es la medicina –su especialidad es la oftalmología– y es esposa de aquél; Raffey Cassidy y Zunny Suljic desempeñan respectivamente los papeles de Kim y Bob Murphy, los hijos del matrimonio, ambos menores de edad; Barry Keoghan es Martin, un adolescente de dieciséis años y Alicia Silverstone es la madre de éste. En un análisis reducido a mínimos, podría decirse que la trama es absolutamente lineal, tanto en términos cronológicos como dramáticos, y consiste en describir la irrupción/intrusión de Martin, primero en la vida personal del cardiólogo Murphy y poco más tarde en el destino de la familia entera, para concluir con la descomposición total de dicho núcleo social.

 

El desasosiego

Vista su filmografía en conjunto –al menos los tres largometrajes mencionados–, tal pareciera que la principal intención de Lánthimos es provocarle al espectador un desasosiego que vaya creciendo lento pero imparable, surgido de la aparente nada o, mejor, precisamente de donde no se supone que podría surgir, con el propósito último de dinamitar todo tipo de convencionalismos, anuencias, seguridades e ideas preconcebidas que el género humano sostiene acerca de sí mismo, tanto a nivel individual como colectivo. No hay grandilocuencia en la definición: buen heredero moderno de su cultura milenaria, a Lánthimos –y a su coguionista de cabecera Filippou, también griego–, le atrae poderosamente trasladar al mundo contemporáneo las líneas esenciales de la tragedia clásica, con Eurípides por delante, de tal manera que Ifigenia en Aulis es el sustrato de este Sacrificio…, puesto al día, además por supuesto de los elementos concretos de la trama, a través de la incorporación formal de buen número de referentes fílmicos –y aquí se respiran aires de Michael Haneke, Pier Paolo Pasolini y, sobre todo, de Stanley Kubrick– que, a su vez, muestran una gran asimilación de la narrativa, pero sobre todo de la profundidad conceptual helénica.

A propósito de lo anterior, llama la atención que más de un comentador/glosador/cuentatramas haya confesado, pero sin darse cuenta en absoluto de las verdaderas razones, la indigestión que le provocó El sacrificio de un ciervo sagrado: acostumbrado a la complejidad aparente que puede conseguirse en la postproducción en general –con el manejo extradiegético del audio y la manipulación de los tonos en la fotografía, por citar sólo un par de recursos frecuentísimos–, pero sobre todo en la sala de montaje, Muchagente sintió que el tono lacónico en el desempeño histriónico, el ritmo pausado del relato, el gradualismo en la progresión dramática del filme, ¡son defectos!, cuando en realidad son los recursos ideales para provocar lo que el cineasta pretendía y que es, precisamente, esa “indigestión”, o mejor dicho el desasosiego antes aludido. De lo que se trata aquí es de revelar hasta qué punto eso que llamamos “normalidad” no es sino una mentira tácitamente aceptada, de nueva cuenta lo mismo a nivel individual que colectivo: el cirujano exitoso, económicamente desahogado y sin un solo problema emocional a la vista, se vincula de modo más bien ambiguo con un joven de quien lo ignora todo en realidad, a quien “adopta” muy informalmente, sin imaginar ni un instante que ese gesto de generosidad, también ambigua, habrá de acarrearle un infortunio de dimensiones insospechadas. Y lo anterior es sólo el comienzo, pues con su transgresión en un mundo aparentemente definitivo y terso –la familia, el bienestar material, el prestigio profesional– Martin, el joven “adoptado”, subvierte hasta la raíz todo aquello que ese mundo transgredido suponía inamovible.

Una delicia de filme, eso sí, poco apto para sensibilidades pulidas a puro golpe hollywoodense.

 

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