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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Otra temporada en el infierno (II de III)

La tarde del 6 de julio de 2006 había elementos suficientes para anticipar la consumación del fraude electoral. Desde entonces y hasta el primero de diciembre de 2006, el candidato despojado repitió lo que todos sabían, sin proponer otra cosa que movilizaciones de protesta y denuncia culminadas en un plantón perfectamente desvirtuado y muy mal defendido. El presidente sería Felipe Calderón porque así convenía a los cortesanos de la política, a los amos nativos y a los restantes estamentos, sectores, sectas y clases sintonizados con los lineamientos geopolíticos hegemónicos, y estos últimos no querían en América Latina más gobiernos como los de Lula, Evo, Chávez y demás. Porque otra vez, como en 1988, el partido de oposición le quedaba chico al dirigente y el dirigente le quedaba chico a un electorado dispuesto a defender su voto más allá de las urnas. Y porque, cuando apenas comenzaba aquella profusa, confusa y difusa resistencia, ya los eternos cae-bien-del- lado-bueno proclamaban, en todas las tribunas y en diferentes tonos que casi se había obtenido la victoria pero ni modo, sería para la otra, la esperanza moría al último, la experiencia, los avances, la autocrítica blablablá.

Sin democracia ni representación, con influencia simbólica de los votantes, una elección define un gobierno pero no la permanencia en el poder o el acceso a éste. El poder local se estructura en los centros globales de control financiero y mercantil, y se negocia en términos políticos o bélicos mediante consensos volátiles, en contextos inestables y tensos, mediante batallas por territorios, áreas de influencia y mercados. Lo que se juega en 2018 no es pues el gobierno de un país desposeído sino la garantía de que la renta siga fluyendo hacia las mismas arcas. Lo dice el cuestionario catequístico del sinodal Salinas de Gortari, formulado para exclusiva y exhaustiva respuesta de dos candidatos predispuestos a gobernar a México de acuerdo con los intereses de una patria adoptiva profetizada por el secretario de Estado, Robert Lansing, en la segunda década del siglo XX. De ahí las batallas para contener, debilitar, tirar y tundir a quien durante tres lustros ha tenido de parte suya a la mayoría ciudadana. El odio y las antipatías de clase, los intereses económicos, culturales y políticos de los sectores dominantes constituyen los motores de una guerra en donde lo último en salir a relucir es la suciedad fast food para consumo masivo.

Las críticas rabiosas de la aristocracia ilustrada y de los ladinos armados que no cargan resorteras constituyen actos reflejo de individualidades que siempre reservan sus ataques más duros a un candidato presidencial de popularidad envidiable. Las estrategias descalificadoras con toda su palabrería (populismo, mesianismo tropical, autoritarismo chavista, injerencia putinesca, retorno al priismo antañón y racismo al revés), no son sino eyecciones de los capos de las mafias intelectuales, y su destino es dotar de contenido conceptual los reflejos condicionados de quien no digiere ninguna oposición al tránsito de una soberanía demodé a un sometimiento moderno: los Goebbels transnacionales de la industria mediática aderezan ese alimento para que los asimile mejor la infame turba… Sin embargo, en la esquina contraria tampoco escasea el fuego amigo, como se desprende de la euforia avivada por las encuestas madrugadoras, como se advierte en los trasiegos de la prensa y como lo muestra el sectarismo hacia (y de) las luchas sociales de objetivos no electorales. Así, una revista de prestigio incuestionable propaga las encíclicas del hacendado de antier –lagartijo pomposo con instintos de chacal y jeta más dura que la momia de Maximiliano– quien retoma el púlpito en momentos clave y en el sitio justo, otra vez. En el mismo lapso una abrumadora cantidad de periódicos nacionales saca en sus primeras planas el mismo encabezado y casi con idénticas palabras; quien pone de relieve esta triste anomalía se pregunta si la coincidencia es casual, si obedece al dictado de una misma línea editorial o si todos andan ahorrando en “independencia y dignidad”. ¿Les dieron a escoger plata o plomo, patada o pomada? Como sea, el hecho es que la venalidad abyecta y el dolor digno ante el agravio convergieron contra un movimiento que –pese a las objeciones que adelante se recuentan– contenía un caudal latente capaz de acabar ahogando al pri u

(Continuará).

 

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