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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Dice el “carismático” José Antonio Meade que el muy “sangre liviana” Ricardo Anaya está bueno para otros oficios mas no para el de presidente. Lo señala tras preguntarle a una audiencia –“entusiasta” y “animada”– si la oferta del candidato enemigo, rostro de una alianza multicolor, es la adecuada. Así empieza su imitación de Anaya: “Yo sé hablar ingléeees.” Luego agrega ante lo que parece un jardín de niños: “Yo sé hablar francéeees, y yo sé de turismo.” Entonces pregunta: “¿Eso le alcanza para ser presidente?, ¿ustedes lo apoyarían?” La respuesta de la masa domesticada es inmediata: “Nooooooo.” Después, con ternura malograda y como quien olvida algo que ya es el “colmo”, “la gota que derramó el vaso”, dice: “Además… toca la guitaaaarra.” Lista la presa, según su estulticia, se tira a matar: “Como guía de turistas lo podría hacer muy bien.”

Por su lado, el señor Sonrisa Natural Anaya, efectivamente, insiste en mostrarnos sus dotes idiomáticas y musicales con anuncios en los que: o expone a sus hijos al ridículo (“mamáaaa, hoy quiero decirte algoooo”), o forma parte de un bochornoso ensamble de garage cuya boba selección incluye “La bamba” y el “ADO” (allí el frontman es el también candidato a senador Juan Zepeda), o tañe miedosamente la jarana en Veracruz con un grupo de marisquería, o medio rasguea la guitarra con wirikutas entusiastas entre los que baila el niño Yuawi López –talentoso y sin culpa–, famoso por lo chocante y pegajoso de un tema que usufructúa groseramente su ingenuidad. Sí… insoltin an unacseptabol.

En ambos casos, y aquí lo que nos motiva en este ojo de huracán llamado intercampañas, lectora, lector, es que tanto Meade como Anaya exudan una relación torpe e ignorante con artes y culturas, presumiendo –por descalificación o asunción– capacidades que efectivamente deberían darnos luz, pero que en el caso de sus personas terminan exhibiendo pobreza intelectual y oportunismo rampante, cosechas ambas de un sistema político basado en joder al adversario y maltratar la inteligencia colectiva, en desatender perennemente la esencia del xico creativo.

Músicos como somos, hemos pasado innumerables momentos tolerando la benévola ignorancia o el desprecio directo de quienes ven en nuestro oficio un estereotipo ligado al entretenimiento o la marginación, a la falta de preparación y desconexión con el mundo. Sea en reuniones familiares o presentaciones casuales, muchos esperan justificaciones que respalden su idea de éxito y que, al no llegar –hace mucho que las abandonamos– confirman el prejuicio. Acostumbrados como estamos, no deja de molestarnos que estas conductas maniqueas en torno a las artes y la cultura, en un sentido o en otro, se magnifiquen en campañas dando por hecho que hablar idiomas y saber tratar un instrumento musical son capacidades menores o, por el contrario, destellos excepcionales de la sensibilidad iluminada.

Y no. No es que apoyemos a AMLO. Sin meternos en honduras, pensamos que la relación de López Obrador con la cultura también decepciona. Él apuesta por validar su proyecto “intelectual” con figuras de esplendor jurásico, con la historia de Benito Juárez y las pirámides por delante, pero no con locomociones actuales que lo vinculen con creadores nacientes que igualmente creen en transformar a México. Él apuesta por esporádicos encuentros con gente de convicción dudosa, por confiar de más en la histórica alianza de la izquierda con el arte de los rebeldes… Aunque entendemos y compartimos sus resortes, son otros tiempos.

Ejemplo: parece anecdótico que en el documental Esto soy, de Epigmenio Ibarra, Andrés Manuel aparezca en un estudio profesional junto a su esposa, Beatriz Gutiérrez, mientras ella graba “El necio”, de Silvio Rodríguez. Pero hay otra lectura repasando la letra: “Para no hacer de mi icono pedazos, para salvarme entre únicos e impares, para cederme un lugar en su Parnaso, para darme un rinconcito en sus altares… Me vienen a convidar a arrepentirme, me vienen a convidar a que no pierda, me vienen a convidar a indefinirme, me vienen a convidar a tanta mierda.” Algo tan desmesurado como: “Yo quiero seguir jugando a lo perdido. Yo quiero ser a la zurda más que diestro. Yo quiero hacer un congreso de lo unido [...] Dirán que la gente es mala y no merece. Mas yo seguiré soñando travesuras (acaso multiplicar panes y peces)”. ¿Así se mira el tabasqueño en su reflejo?

Dicho esto, creemos que observar la relación de “nuestros” candidatos con la música –con las artes, con los animales, con los niños, con la igualdad de género, con los derechos de las minorías–, nos dice más de lo que son y de cómo se comportarían en la cumbre, que la inmensurable basura que sale de sus bocas alrededor de temas “prioritarios”. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

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