Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Cinexcusas
Cinexcusas
Por Luis Tovar

Normalidad y redención

El próximo fin de semana, cuando los premios Oscar sean entregados, muy probablemente se cumplirá de nuevo una de las reglas no escritas de dicho reconocimiento: la que consiste en no galardonar algo de lo más –o sin el “algo de”: lo más– galardonable, confirmando así la percepción de que se le nominó porque no había de otra o, más claramente, porque ignorar en términos absolutos determinada película hubiera sido una chapucería demasiado grande, incluso para una academia cinematográfica de tan dudosas decisiones como siempre ha sido la estadunidense.

La cinta en turno al respecto es Tres anuncios por un crimen, originalmente titulada Three Billboards Outside Ebbing, Missouri, escrita, dirigida y coproducida por el Martin McDonagh. Inicialmente dramaturgo y director teatral, este realizador angloirlandés nacido en 1970 comenzó su trayectoria cinematográfica en tiempos relativamente recientes: apenas en 2005 filmó Six Shooter, con el que al año siguiente obtuvo el Oscar al mejor cortometraje, y hace poco menos de una década debutó en largoficción con In Bruges (2009), que también obtuvo numerosos reconocimientos.

LO INCÓMODO Y LO POSIBLE

La narrativa y el enfoque dramático de McDonagh –quien antes de volverse cineasta ya gozaba la buena fama de ser un dramaturgo enemigo de la edulcoración, los ambages y las perífrasis emocionales– hacen de Tres anuncios por un crimen uno de los filmes más directos, diáfanos y honestos que este juntapalabras ha tenido la suerte de ver en los años recientes. Si de influencias reconocibles se tratara, es fácil identificar aquí la clara impronta del cine de los hermanos Cohen –aspecto en el que Frances McDormand es naturalmente la primera prueba–, aunque ya no tanto la de Quentin Tarantino, cuyo trabajo McDonagh ha declarado admirar. Empero, más sencillo sería rastrear guiños provenientes del ámbito teatral, de donde el autor de El hombre almohada –su pieza más representada y premiada– ha sabido extraer elementos de forma y concepto que le dan a su cine un carácter distintivo y reconocible, totalmente ajeno por cierto a lo que suele denominarse “teatro filmado”.

En consonancia con lo que sucede en su dramaturgia, de la que suele afirmarse amalgama el espíritu del inglés Harold Pinter con el del estadunidense David Mamet, Tres anuncios… es una pieza narrativa surgida de la mente de alguien que, no obstante ser angloirlandés, tiene una notable capacidad para captar y reflejar entera la que bien puede ser el alma profunda de Estados Unidos: Mildred Hayes –encarnada de modo insuperable por esa actriz extremadamente talentosa que es McDormand–, habitante de una pequeña ciudad en un estado que se sitúa en el corazón mismo de ese país diverso y contradictorio al norte del nuestro, de ningún modo quiere ser famosa sino sólo que su petición a las autoridades sea atendida como debe ser; no infringiría las reglas si nada ni nadie, ya sea por acto u omisión, la orilla a esos extremos; no quiere venganza sino justicia, y aunque no es algo que se diga explícitamente en el filme, su conducta se rige por el principio protestante de la decencia, expresable asimismo en ese lugar común que habla de “lo que es normal”. Es sólo que a principios del siglo xxi la normalidad ya no es lo que era… o tal vez todo lo contrario, pero alternándose una y otra normas de tal modo que a una persona como Mildred le resulta por completo inaceptable algo como la resignación.

Ebbing, la pequeña y aparentemente apacible ciudad en la que tiene lugar la historia, representa bien el conjunto del que se hace eco –es decir, Estados Unidos mismo–: en ella conviven el racismo, más o menos soterrado, más o menos sobrellevado; la prepotencia y la inefectividad de las autoridades, también más o menos aceptada y más o menos protestada; y lo mismo sucede con la criminalidad, la impunidad y el abandono emocional de los hijos pero al mismo tiempo con la dignidad personal y, sobre todas las cosas, una capacidad empática que alcanza inclusive para brindársela a quien sólo circunstancialmente se convirtió no en su enemigo sino en su antagonista.

En el fondo, si no le dan el Oscar a Tres anuncios por un crimen poco importa en términos cinematográficos, por la simple razón de que el Oscar no es un premio importante cinematográficamente hablando. Mucho más relevante es que ese pueblo, el estadunidense, y con él todos los que tanto quieren parecérsele, tengan a la mano espejos como el que les ofrece esta historia de normalidades incómodas, pero también de redenciones posibles.

comentarios de blog provistos por Disqus