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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

#Epecho

 

Para Humberto Mussachio

 

Michel de Montaigne, el padre del ensayo, tenía una medalla en la que había grabado su fecha de nacimiento y su lema: Epecho, una divisa griega usada originalmente por los escépticos y que se ajustaba perfectamente a la forma en la que este pensador se colocaba ante la vida. Epecho es prestar atención y también, abstenerse de actuar.

Montaigne dedicó su vida y su trabajo a pensar por sí mismo y, según la medalla, a abstenerse. Confieso que no siempre comprendí lo que Epecho significaba, pero ahora quizás, por fin, lo he entendido.

Ante el debate en el que se ha convertido el #MeToo he estado callada y atenta. Siempre me he considerado feminista y reivindico mi postura, pero algunas de las ideas expresadas a raíz del movimiento en el que se convirtió el hashtag me parecían todavía proteicas. La mayor parte de estas posturas fueron manifestadas, y lo recalco, por mujeres que no viven en este país y que militan y trabajan en atmósferas mucho más seguras: estadunidenses y europeas. Son aquellas que tacharon a Margaret Atwood, una escritora que ha hecho mucho más que cualquiera de sus detractoras por las mujeres y por el mundo, de ser machista. Esto porque Atwood defendió al también escritor Steven Galloway de una campaña que lo hacía ver como “un violador en serie” por haber tenido una relación amorosa con una alumna. La posición de Atwood era, me parece, razonable. No considerar culpable al acusado hasta que se demuestre que lo es.

Como vivo en México, el país del “góber precioso”, donde miles de culpables de tráfico y violencia contra niñas y mujeres andan pavoneándose por la calle y algunos con mil guaruras, esto se oye como algo sensato y, por desgracia, lejano. De nuevo me quedé callada pero todavía más incómoda porque hubo mexicanas contra Atwood. En México hay que movernos, pero en dirección de #Niunamás, pensé. Cuando el clamor digital obligó a Catherine Deneuve a retroceder y disculparse –aunque jamás justificó la violación– por haber escrito que hay que distinguir la torpeza en el cortejo con el acoso, me retraje para tratar de asimilar la ira que muchas mujeres manifestaron. Me sentí rebasada. Ya no entiendo, me dije. Creí que lo que se reclamaba era una nueva forma de relación, pero hasta donde se me alcanzaba, no veía qué cualidades debía tener. Justo por esos días apareció una crónica escrita por una mujer que firma como Grace, relatando una cita con el comediante Aziz Ansari y acusándolo de no haber sido sensible a su rechazo. Lo que recuerdo con más claridad de esta crónica era la queja de que Ansari no era un buen amante y que la mujer se molestó porque insistió en seguir fajando. No la asustó, ni la molestó. Simplemente a Grace no le pareció un amante delicado. Y quería meter a Anzari en el mismo saco donde se pudre Harvey Weinstein.

Ahí sí que me hice bolas. Para mí, la piedra sobre la que se erige esta demanda es la coerción. Esa coerción que deshace carreras y voluntades, pero que comparada con la violencia mortal que se ejerce todos los días en este país contra miles de mujeres, me parece un asunto digno de atención, pero menos urgente que meterle en la cabeza a un ejército de sicarios, entre los cuales hay, lamentablemente, personas que forman parte de la policía o el ejército, que la vida humana es sagrada. Y aquí sí, las mujeres llevamos las de perder en México lindo y machín. Los crímenes violentos contra mujeres van en aumento y casi todos son perpetrados por hombres.

Ya en esos días la discusión estaba a tope. Platiqué con amigas y algunas estaban como yo, aunque había otras que se extrañaron por mi falta de entusiasmo: casi todas hemos tenido un #MeToo y son cosas horribles de vivir y recordar. Me aparté del asunto.

Pero hace unos días Humberto Mussachio envió a sus amigas un artículo firmado por Marta Ferreyra titulado “Sanar después de la tormenta”. Mussachio pedía que lo leyéramos y opináramos. Pues resulta que Marta Ferreyra dice todo lo que yo deseaba expresar y más. En resumen: para que exista un #MeToo, tiene que haber vida de por medio. Y que eso pide #Niunamás. No se niega ninguno, pero para que exista el primero, debe antes darse el segundo.

En el país de Ecatepec, de Ciudad Juárez, de Veracruz, hay que luchar por no permitir que la violencia de género se normalice todavía más. Recordemos que hay gobiernos, como el de esta ciudad, que no admiten que existe. Y de ahí partimos.

 

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