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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Algo suena en San José

Este mae habla con entusiasmo. Dice que lleva veintiocho años recibiendo “milagros”. Se refiere a los turistas que diariamente llegan al lobby del hotel como pisando la Tierra Prometida. Él, como tantos de sus paisanos, está seguro de algo: en San José de Costa Rica suena un cambio. Conservador y católico, este buen gerente espera advenimientos divinos. Algo similar a lo que sucede con un enorme porcentaje de la población tica que se muestra renuente a transformaciones progresistas y que impulsa en las encuestas presidenciales a Fabricio Alvarado, pastor cristiano cuya esposa –Laura Moscoa– se autonombra profeta, sanadora (con ayunos de nueve días) y practicante de la “lengua” ramasheka talamasoa, vehículo de “trances” que se han viralizado en internet.

Luchando contra el reciente veredicto de la Corte Interamericana de Derechos Humanos –conocida como el Pacto de San José, con sede en la propia Costa Rica– en lo referente a los matrimonios igualitarios, la pareja consiguió una segunda ronda electoral que definirá el futuro de su país el próximo 1 de abril. En una entrevista llamada Las 20 preguntas flash, el líder del partido Restauración Nacional compartió información que para muchos resulta alarmante. Verbigracia: sus películas favoritas son Rápidos y furiosos y, por su trama, No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez. Afirmó que si recibiera un millón de colones los invertiría en el crédito de su casa. Dijo que su música favorita es cristiana y que se arrepiente de no saber inglés. De ganar la presidencia, señala, su primer mandato sería una amnistía para reformar el control migratorio, en particular con Nicaragua. Reafirmó que no bebe y que modificaría la ley de arresto por no pagar pensión alimentaria, una de las más modernas del continente sobre protección a la mujer y sus hijos. Por supuesto, no repartiría condones en las escuelas y ha amenazado con sacar a Costa Rica de la Organización de Estados Americanos.

No somos quienes para opinar sobre política internacional y menos tratándose de vecinos a los que queremos y respetamos tanto. Empero y efectivamente, en nuestra última visita a San José sentimos un sonido distinto en el que también hay frecuencias positivas. Su vida nocturna está viva. Hay más música sonando en bares y cafés aun y cuando los covers anglosajones mantengan la hegemonía. En algunos parques el alumbrado y la limpieza ganan terreno y los festivales parecen ampliar perspectivas. Pronto ocurrirá el FIA (Festival Internacional de las Artes), pero hay también el Transitarte o uno pequeño que nos tocó atestiguar y que parecía emocionar especialmente a sus visitantes: el Open San José del Parque Nacional, allí donde los camiones de comida se aliaban a cervezas –que normalmente no pueden consumirse en espacios públicos– servidas por modelos de lenta belleza.

Tristemente, incluso quienes allí tomaban el tinglado preferían repertorios ajenos. De Luis Miguel a Radiohead pasando por Sting, un cantautor abría la tarde antes de que sucediera un curioso desfile de moda y, luego, la aparición de la interesante rapera Nakury, a quien no pudimos ver a causa de la lluvia. Lo que sí logramos fue visitar el Jazz Café en donde la estruendosa banda Mustang 65 –sí, de covers– abordaba música de los noventa cumpliendo ingenuos clichés con cerveza en mano y ojos cerrados, así como El sótano, espacio ambivalente en el que pueden escucharse palomazos de jazz lo mismo que bandas de rock originales. Igualmente pasamos por el Acapulco, bar de carácter diáfano y austero en donde sólo suena el choque de los vasos –a la manera de La fuente en Guadalajara–; al restaurante turco Sofía en cuya pantalla cantaba un joven Serge Gainsbourg; a uno de los casinos inundados por el peor Top 40. Nunca, eso sí, nos topamos con músicos callejeros ni encontramos algún congal de baile... Será para la próxima.

Ahora bien. ¿Qué fue lo más interesante que escuchamos en este breve paso por San José? Sin duda la presentación en el teatro Eugene O’Neil de Viaje etéreo, disco debut de Elena y la Orquesta Lunar. Hablamos de una cantante y chelista dotada cuyas composiciones oscilan entre el pop, el jazz y la música clásica. Acompañada por cuatro coristas, tecladista, contrabajo, batería, percusiones, DJ y saxofonista, Elena tocó piezas de curiosa arquitectura en que juegan el espíritu cinematográfico y el cabaret. Con escenario, vestuario e iluminación bien diseñados, el conjunto mostró grandes posibilidades que, ojalá, evolucionen prontamente para alcanzar dinámicas y dramatismo de mayor fuerza, pues el cuidado y la delicadeza terminaron por convertirse en monotonía, además de que las capacidades del espléndido combo fueron desaprovechadas en pos de tímbricas demasiado oscuras y una pálida armonía (habría que pisar el acelerador a fondo). Dicho esto, aplaudimos a Elena y a tantos costarricenses que conocimos en el fluir de un río que suena a mudanza luminosa y que, esperamos, no tuerza sus meandros hacia la ceguera de lo inhumano. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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