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Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

La maduración de la obra literaria

Para Bere

No hay una fórmula para saber cuándo una obra literaria está lista para publicarse; casi siempre los procesos varían, incluso en un mismo autor, y comenzar un poema, un cuento o una novela son aventuras que habrán de plantear su propio ritmo. Quizá para un autor contemporáneo, acostumbrado a la inmediatez y aceleración, dejar “reposar” un texto más de cinco años sería impensable; la obsesión por hacer que el texto circule desde el momento en que se concibe ya es un hábito común en nuestros días. Raymond Carver, en un breve ensayo titulado “Lo que en esencia se requiere para escribir”, aborda críticamente la premura con la que se conducen ciertos escritores: “Algunos amigos me han comentado que han tenido que apresurarse a concluir un libro debido a que necesitaban el dinero, cuando no era su editor el que los estaba presionando o bien sus esposas amenazaban con dejarlos –algo, cualquier excusa por la que el producto no había resultado del todo bien–. ‘De haber tenido el tiempo, habría salido mejor.’ Cuando eso me dijo un amigo novelista, quedé perplejo. […] Pero si lo que se escribe no se puede hacer a la altura de las propias posibilidades, entonces, ¿para qué hacerlo? A fin de cuentas la satisfacción de haber realizado nuestro mejor esfuerzo, y la prueba de ello, es lo que podemos llevarnos a la tumba.” Obviamente no se pone en tela de juicio que alguien vea remunerado su trabajo (los casos en la historia de la literatura y las artes abundan), sino el hecho de concluir algo a medias, algo que (se supone) representa la expresión de nuestro espíritu. Tampoco se habla aquí sobre el “tiempo” que requiere una obra para ser creada, corregida y publicada, la “cocción” (término usado por Denise Levertov) no depende de un período de tiempo específico, sino del arrojo además de un condimento indispensable (difícil de escuchar): la intuición.

En todo caso, la intuición es la brújula que habrá de indicarnos el norte para trazar, paso a paso, una ruta que convenga a la obra (pero que no le sirve a nadie más que al propio autor). Ni el colega, ni el crítico, ni el “buen lector” podrán intervenir en este proceso que es íntimo y solitario porque, como decía William Faulkner, la escritura consiste en crear “a partir de los materiales del espíritu humano, algo que antes no existía.” Por eso es necesaria la intuición, porque nos advierte sobre el peligro que implica dejarse llevar por las múltiples e inagotables distracciones a las que el escritor está expuesto y que buscan uniformar no sólo el gusto, sino las motivaciones y anhelos de cada persona. Un autor inteligente y sensible sabrá identificar, gracias a la intuición, cuáles son sus mayores debilidades y virtudes para poder enfocar su talento y disciplina (su vida misma) en la construcción de una obra que lo represente como ser único en su tiempo.

 

 

 

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