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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Pobreza (cinematográfica) extrema

Este domingo tiene lugar la nonagésima ceremonia del Oscar, premio que la AMPAS, es decir la estadunidense Academy of Motion Picture Arts and Sciences –en español, Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas– entrega a lo que sus miembros consideran “la excelencia en la industria cinematográfica”. También conocido por ellos mismos como “el premio de la Academia al mérito”, con el paso de los años y lo mismo dentro que fuera de Estados Unidos, a nivel mediático y mercadotécnico esa denominación ha derivado a la tramposamente sencilla “los premios de la Academia”.

Desde la óptica de afanes hegemónicos en lo político, así como de preeminencia cultural pero, sobre todo, económica, tan caros a la sociedad estadunidense, no se trata de los premios de SU academia, y han sido tan hábiles para vender el truco que, desde la perspectiva de otras naciones y cinematografías, tampoco se trata nada más de los premios de ESA academia. En dicha lógica, por lo tanto, los Oscares no son los premios de UNA academia entre muchas otras, sino de LA academia.

Si en el ámbito de la crítica cinematográfica existiera algún premio a la terquedad –o un premio a lo que fuese, por lo demás–, es muy probable que esta columna no ganase nunca nada, pero nadie podría negarle su derecho a estar nominada todos los años ya que, a contracorriente de casi la totalidad de espacios dedicados a estos asuntos, aquí no se ha hecho ni se hará jamás la apología de ese premio tan sobrevalorado, tan mediáticamente inflado, tan distorsionador del fenómeno fílmico en su conjunto y tan pervertido por razones de diversa índole, sobre todo económicas, pero lo mismo políticas e incluso idiosincrásicas.

Conviene repetir algo que se ha dicho aquí mismo en ocasiones anteriores: la Academia gringa tiene, como todas las demás, el derecho absoluto a premiar lo que mejor le parezca. En ese sentido no vale menos, pero tampoco más, que la española dando el Goya o la mexicana dando el Ariel, por citar solamente dos. Másdeuno leerá estas líneas mientras se le dibuja en los labios un gesto sardónico, pero en términos estrictamente cinematográficos el Oscar no vale más que el Ariel, en tanto su naturaleza es idéntica: ambos tienen como propósito reconocer a lo más destacado de la producción fílmica anual de sus respectivos países, no sin incluir un premio extranacional, es decir, a una “película extranjera”. Para que las cosas fueran de otro modo, el Oscar debería ser un festival cinematográfico y no un reconocimiento “académico” y, por lo tanto, admitir en competencia producciones de cualquier país, previa selección, exactamente como lo hacen Berlín, Venecia, Cannes y todos los demás.

En ese contexto, es absolutamente erróneo tomar al Oscar como un evento equiparable a los festivales antes mencionados, pero lo verdaderamente deplorable, lo que escuece el ánimo, es el nivel colectivo de asimilación del equívoco, llevado al punto de considerar al Oscar como el más importante de todos los premios. Si ya de por sí es enojoso ver que Unosyotros casi babea cuando sus predicciones coinciden con lo premiado por ESA academia, lo es mucho más atestiguar el resto del año las secuelas de una visión del fenómeno cinematográfico tan limitada que alcanza cotas de pobreza extrema: para Esaboladeborregos todo ha de consistir en admirarse porque tal o cual miasma rompió un récord de taquilla, o porque tal o cual secuela –negado a la creatividad, para Hollywood ya casi todo es secuela de la precuela y viceversa– mantendrá vivo el negocio de la franquicia, o porque oootro superhéroe de cómic ya tiene su propia película y, si genera ganancias, tendrá más. Del cándido buensalvajismo que se alegra porque un paisano triunfe donde a muchos otros se les da trato de esclavos neoliberales, mejor ni hablar por esta vez.

Distorsión, malinchismo, pobreza y nada más, pero para que no se acuse a este juntapalabras de simple antiyanqui van dos pruebas de dato duro: al abrir la cartelera semanal, resulta que en las 6 mil salas comerciales sólo se ofrecen trece títulos, y si eso no le parece pobre, considere el porcentaje de producciones estadunidenses: de trece filmes nueve son gringos, e incluyen basura como Cincuenta sombras liberadas, apologías militares como Hostiles: violencia americana y alegorías políticas tipo Pantera Negra. Ahora eche usted un ojo a las nominadas al Oscar y sólo encontrará lo que, en el fondo, son pelos de la misma gata, es decir, aquello que al estadunidense promedio le interesa, le preocupa o le gusta. Pero si usted es ciudadano de ese país, le ofrezco una sincera disculpa por los anteriores exabruptos.

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