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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Esteban tenía razón… sobre Spinetta

Hay un amigo cubano –gran músico, por cierto– que cuando nos visita fastidia invariablemente con la misma cantaleta: “Te hace falta escuchar más a Luis Alberto Spinetta.” Se llama Esteban. Usualmente le decimos que sí, que ya lo haremos, pero no sucede. Claro, es su ídolo personal. Dice que cuando ya no cree en nada, que cuando lo abandonan las ganas de tocar, lo único que lo salva es poner un disco de el Flaco Spinetta. Nosotros, por supuesto, siempre hemos sentido admiración por el compositor argentino. Claro, conocemos varias de sus piezas insignia (“Bajan”, “Barro tal vez”). Claro, entendemos su relevancia en el cancionero latinoamericano y sabemos de su originalidad extrema… Claro… pero… la verdad-verdad… es que Esteban tiene razón… nos falta entrar a fondo en su peculiar universo. ¿Por qué no lo hemos hecho?

Sentándonos disciplinadamente para la sobredosis prometida –con nuestro amigo hablando de bulto entre manotazos y pinchazos de índice–, fuimos razonando de a poco el porqué de nuestro distante y desidioso respeto hacia Spinetta. Lo primero, creemos, es que nunca nos gustó del todo su producción técnico-sonora en el estudio de grabación. Nos referimos a que no se entienden completamente sus letras y a que algunos de los sonidos que eligió para teclados y efectos de guitarra suenan anacrónicos, mal añejados. Además, la mezcla (el volumen de los instrumentos) nos parece continuamente desatinada. Esteban dice –y no le falta razón– que eso pasa porque la humildad del compositor lo hizo sumergir su voz en la prioridad instrumental. No olvidemos que es muy su fan.

La segunda molestia que identificamos es la tesitura de la voz. Parece que el Flaco eligió permanentemente la zona alta más extrema e incómoda para sus limitadas capacidades vocales. Esteban dice –y no le falta razón– que eso pasa porque una vez nacida la creación no acepta modificación. Dice, sonriendo, que a él le pasa lo mismo… que es cosa de genios. Esto es: si una pieza surge en una escala ya no se debe transportar a una tonalidad distinta, aunque sea más cómoda vocalmente. No olvidemos que es muy su fan y que, digamos lo que digamos, argumentará algo que justifique las decisiones del ídolo sudamericano. Y siempre tendrá algo de razón.

Así las cosas, ¿cuál fue la novedad que vivimos escuchando a Spinetta a seis años de su muerte y sin mayor resorte que la insistencia de nuestro amigo caribeño? Los que antes nos habían parecido momentos pasajeros de genialidad armónica, se acumularon ahora canción tras canción mostrando su laboriosidad destellante, su búsqueda de arreglos finos que compás tras compás sacuden las convenciones del rock. Inclinado a lenguajes jazzísticos, progresivos y culteranos, el artista consiguió que la sobre-argumentación fuera su bandera. En la mayoría de los casos las novenas y oncenas en acordes alterados, los obligados rítmicos entre versos, son un obstáculo para la conexión con audiencias masivas. No para él.

Lo más sorprendente de nuestra sesión, empero, fueron las letras. Pocas veces literal, muchas veces arriesgada, su poesía evade la forma canción y provoca melodías con débil gancho en la memoria. Esa rareza, sin embargo, la hacen tan atractiva como paisaje lunar visto desde un tren. Llena de agua, luz de sol, árboles y gente que sueña, su pluma relampaguea en mecanismos de precisión: “Cuento las notas de las horas, tengo la piel de tu llovizna.” Leyéndolo en el aire recordamos al poeta Vicente Huidobro en su decálogo creacionista, cuando señala: “Al poeta debe interesarle el acto creativo y no el de la cristalización.” Así era Spinetta.

Luego dice Huidobro: “En todas las cosas hay una palabra interna, una palabra latente y que está debajo de las palabras que las designa. Ésa es la palabra que debe descubrir el poeta.” Una vez más, el Flaco es de esos perfumistas que cree en el aroma del lenguaje más allá del cuerpo sólido. Verbigracia: “Hay un gran doberman verde en el iris de tus ojos.” Huidobro agrega: “Un poema sólo es cuando existe en él lo inhabitual. Un poema debe ser algo inhabitual, pero hecho a base de cosas que manejamos constantemente.” Nada mejor para describir al Flaco: “Una pelícana, con su ala partida, se echó a volar y se perdió en la tempestad, fue hacia la tierra donde habita el androide.”

Según Huidobro, “la vida de un poema depende de la duración de su carga eléctrica” y “un poeta debe decir aquellas cosas que nunca se dirían sin él”. Ambas sentencias cuadran con los atrevimientos de Spinetta, capaz de fabulaciones infantiles (“Un jabalí engordó pensando en el dinero, el muy pillín”) lo mismo que de reflexiones intelectuales (“Tengo tiempo para saber si lo que sueño concluye en algo”). Sea como sea, apenas metimos dedo en la piscina del creador de Las bandas eternas. Lo sabemos. Pero tiraremos el clavado entero. ¿Nos acompaña, lectora, lector? Sí: Esteban tenía razón. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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