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Cine y memoria: Patricio Guzmán y 'La batalla de Chile'

A Luis Tercero Gallardo

 

Se encienden las luces y en la sala el silencio es pesado. A dos lugares de distancia una mujer en sus sesenta de edad se cubre el rostro y llora sin hacer ruido. Entre ella y yo se encuentra su hermana, que le extiende un brazo sobre los hombros. Acabamos de ver la primera de tres partes de La batalla de Chile, documental que Patricio Guzmán filmó en 1975.

Dos horas antes, en los minutos previos a la proyección, la hermana se encuentra a una amiga y su acompañante que se sientan en la fila de atrás. Ahí me entero de todo: que son chilenos, como muchos en la sala; que ella vio la película hace años, pero su hermana, que vive en Santiago y está de visita en Ginebra, “nunca la ha visto y quiere verla”. Hago el propósito de no per-derme la reacción al documental que pueda tener esa mujer venida de Santiago, cuya inclinación política no conozco y que poco importa. Calculo que era una adolescente cuando tuvo lugar el golpe militar que derrocó al presidente Salvador Allende en 1973 y es posible que haya vivido en Chile parte de los diecisiete años de la dictadura militar de Pinochet. Ahora la mujer vive en un país que, el 17 de diciembre del año pasado, acudió de nuevo a las urnas para elegir Presidente.

Se alarga el debate después del documental. Un hombre de negro y bufanda roja relata que a sus veintitantos años vivió la turbulencia social de los meses anteriores al golpe, precisamente el período que vemos en La batalla de Chile i, de mediados de 1972 –con la huelga de transportistas que paraliza Chile, seguida por la huelga del cobre y la de los pequeños comerciantes– a junio de 1973, cuando se produce el fallido levantamiento del regimiento blindado No. 2 que anuncia ya lo que ocurrirá el 11 de septiembre de ese año. El hombre afirma: “No se trata de hechos aislados en la historia de Chile. Ha habido y habrá civiles y militares de derecha que si se encontraran en una posición de poder, serían capaces de ejercer violencia contra la gente… La historia del pueblo mapuche es un ejemplo” y concluye: “No hay remedio. No va a cambiar, esto será así siempre.”

Otro espectador, entonces un joven obrero, par-ticipa en la huelga del transporte pues es miembro de uno de los sindicatos que muestra el documental, marchando por las calles de Santiago… Esta noche la Historia es de carne y hueso y tiene rostros concretos en una de las salas de la Maison Culturel du Grütli. Aquí se dan cita desde 1998 los cinéfilos locales y un gran número de latinoamericanos que residen en Ginebra –la internacional y multicultural Ginebra, sede de Naciones Unidas (onu), de la ompi (Propiedad Intelectual), la oms (Salud), la omc (Comercio) y otros organismos internacionales. En Suiza muchos chilenos han encontrado refugio y un hogar.

Al iniciar el debate, Vania Aillon nos informa que Patricio Guzmán, el invitado de honor, por una cuestión de salud no podrá acudir a la cita con el público, programada para el día siguiente. No será posible, por ahora, la conversación con el cineasta de setenta y seis años que esperábamos tener para nuestros lectores. Aillon lleva por primera vez las riendas de Filmar en América Latina –quizá uno de los festivales dedicados al cine latinoamericano más importantes en el circuito europeo– y comenta que la decisión de hacer una retrospectiva a Guzmán fue algo que ella y su equipo pensaron mucho. Y con razón.

Cine documental: la obstinación de la memoria

Con Patricio Guzmán –creo que podría resumir, con afecto, su posición con uno sus títulos: Memoria obstinada– esta retrospectiva resulta ser una apuesta afortunada, pues hace evidente el diálogo que sus filmes sostienen entre sí a pesar de las décadas que los separan. Nos damos cuenta de que el director chileno vuelve de manera distinta a temas que ya había tocado antes, lo cual invita a una mirada nueva sobre la historia reciente de Chile. “Es importante, porque hay elementos que no se tenían antes –explica Héctor Lesón, presidente de la Asociación de Chilenos Residentes en Ginebra–, por ejemplo, en Memoria obstinada, de 1997, aparece la foto, antes no divulgada, del cuerpo inerte del presidente Salvador Allende, la cual causó gran impacto en su momento y ahora se admite que confirma lo que pasó el día del ataque al Palacio de La Moneda.”

Muchos chilenos se preguntan ¿Para qué seguir con el tema? Tantos años… ¿Qué vigencia puede tener un documental de 1975? Esta noche resulta evidente que existe una necesidad de hablar del tema, dadas las reacciones de los chilenos de Ginebra y la de la mujer que vino de Santiago, quien se apresura, abraza a Aillon y reitera lo importante que es para ella ver que hagan algo así. La joven cineasta Lissette Orozco me dice en el pasillo: “Lo que vio Guzmán [en 1996] al mostrar La batalla de Chile a jóvenes universitarios en Santiago, eso yo lo vi en la generación de estudiantes de 2012 cuando hacía mi propio documental.”

Patricio Guzmán ha dicho que ver La batalla de Chile y otros documentales debería ser parte obligada del programa de estudios de las escuelas de su país. Durante más de cuatro décadas como cineasta y profesor, Guzmán ha insistido en que tanto quienes crecieron bajo una censura sistemática, durante diecisiete años de dictadura, como las nuevas generaciones de chilenos, merecen tener una visión más amplia de su propia historia. Guzmán participa también en otras áreas del cine, él crea el Festival Internacional de Documentales de Santiago de Chile (fidocs), en 1997. El 27 de enero, el 8° Festival Cineteca Nacional de Chile organizó un maratón de La batalla de Chile i, ii, y iii. En esos días, el cineasta da un seminario sobre dirección de documental en Barcelona.

Patricio Guzmán tenía treinta y un años de edad cuando filmó La batalla de Chile. Su olfato es agudo para lo esencial y cuenta con la enorme fineza de Jorge Müller Silva quien, con la cámara, lleva la mirada del espectador a pequeñas cosas que informan de la vida del hombre que responde a Patricio, a través de la ventanilla del coche, en el caos vial de una manifestación; o de la mujer y su hijo que entrevistan en la calma de su hogar. A veces Müller lleva en las manos la pesada cámara y no se detiene para hacer un encuadre “correcto”. Pasan veinte años antes de que filmar cámara en mano sea aceptado como un recurso del lenguaje del cine, gracias a Lars von Trier y el Dogma 95. Jorge Müller es detenido y desparecido en 1974.

Guzmán explica su idea de lo que será La batalla de Chile al cineasta y ensayista francés Chris Marker: “una película de forma libre, que utilice el reportaje, el ensayo, la fotografía fija, la estructura dramática de la ficción, el plano secuencia, todo empleado según las circunstancias, como la realidad lo proponga”. Sin saberlo, Patricio, Jorge y el resto del equipo estaban documentando para la Historia, pues perciben la seriedad de lo que acontece y mantienen la cámara rodando. En una escena vemos que Salvador Allende es un hombre que camina muy erguido. Este detalle cobra fuerza porque sabemos lo que viene después. Oímos la voz del presidente de Chile, electo democráticamente, al defender la posición de su gobierno. La importancia del documental como género es que nos coloca ahí, en los hechos, y así nutre nuestra opinión.

La estadunidense mano que meció la cuna

Recordemos que Salvador Allende gana las elecciones presidenciales de 1970, motivo por el cual Estados Unidos declara un embargo comercial a Chile. Años después, Edward m. Korry, quien fuera embajador de aquel país en Chile de 1967 a 1971, sonríe a la cámara (la entrevista aparece en Memoria obstinada) y, como si fuera una anécdota de amigos, explica con detalle cómo su país apoya con dinero a grupos de oposición. Los patrones del transporte pueden ponerse en huelga “por tiempo indefinido” y los alimentos no llegan a las tiendas, no hay transporte público… Se van dando las condiciones que llevarán a Chile a una dictadura militar. Golpea el contraste entre el relato del simpático Mr. Korry y lo que está diciendo. Ahí está, en la cinta, ¿el exemba-jador se daría cuenta, alguna vez, de que el costo humano fue inmenso?

Patricio Guzmán recuerda: “En Chile, la derecha logró crear una sensación de caos en la mayoría de las ciudades gracias a los propios opositores chilenos y la ayuda económica del gobierno de Richard Nixon y Henry Kissinger. Una situación de incertidumbre se apoderó del país.” Para sorpresa de los cowboys en Washington, la Europa postmayo de ’68 y de la Primavera de Praga no piensa como ellos: la gente en las calles de París seguía con interés la democracia chilena. Según Vania Aillon, “querían que eso funcionara”: el programa socialista de un presiden-te legítimo, conocido por tener un apego particular a resolver problemas dentro del marco de la ley. Mucho se debe a Chris Marker, quien en 1972 había llevado a Francia, Bélgica y Suiza la ópera prima de Guzmán, El primer año [de Allende], con una presentación para el público francófono. Tras el golpe, Marker difunde su versión (autorizada) de Compañero Presidente, de Miguel Littin.

Santiago de Chile, octubre del ‘72

El problema más urgente de Patricio Guzmán es el bloqueo estadunidense, que no le permite comprar material virgen para filmar. Guzmán escribe a Marker: “Nuestra situación política es confusa y el país está viviendo una situación de preguerra civil […] Hay que filmar […] Un reportaje amplio hecho en las fábricas, campos, minas […] Film muralista […] cuyos protagonistas son el pueblo, sus dirigentes, por una parte, y la oligarquía, sus líderes y sus conexiones con el gobierno de Washington […] Película trepidante realizada a partir de los hechos diarios, cuya duración final es imprevisible…” Marker responde al llamado de auxilio, pronto reúne dinero y compra el material directamente en la famosa fábrica de film de Rochester, Nueva York, desde donde envían al director chileno 43 mil pies de película en blanco y negro y 134 cintas magnéticas para sonido. Hay lo suficiente para filmar La batalla de Chile. Es el segundo momento de gloria para nosotros gracias a Chris Marker.

La batalla de Chile existe de milagro. “Se quemaron muchas películas y libros en el momento de la dic-tadura –confía Vania Aillon, la directora de Filmar en América Latina fue la primera bebé nacida de refugiados políticos chilenos en la Suiza italiana, sus padres eran estudiantes de sociología y de historia–. Las latas con La batalla de Chile salen de Chile en valijas diplomáticas de la embajada de Suecia. Los militares lo examinaban todo.” Los golpistas no imaginaron que varios emba-jadores asumirían una posición rebelde estando en territorio chileno, como el mexicano Gonzalo Martínez Corbalá, quien daría asilo a cientos de personas. Pronto la dictadura declara persona non grata al embajador sueco, Harald Edelstam. Hoy podemos ver el documental gracias a Marker y a la solida-ridad de Suecia con un joven cineasta de pelo largo, detenido en el Estadio Nacional.

Liberado dos semanas después del golpe, Guzmán edita La batalla de Chile en el exilio. Para Aillon, “Patricio Guzmán es un fundador, nunca ha dejado de hablar de la memoria y de lo que es importante para Chile. Él cuenta que a partir del momento en que hubo el golpe de Estado para él todo se paró. Era como que se quemó su casa. A partir de ahí él siempre siguió haciendo películas sobre eso.”

 

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