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El 'I Ching': la lectura de Salvador Elizondo

Salvador Elizondo me obsequió, apenas salido de imprenta en 1969, el I Ching o Libro de las mutaciones, traducido al español de la versión alemana de Richard Wilhelm, cotejada con la inglesa de Cary f. Baynes, por Malke Podlipsky.

Desde tiempo atrás, pues tuve la suerte de conocer a Elizondo apenas cumplidos mis quince años, y en múltiples ocasiones, Salvador me había hablado del I Ching con un entusiasmo contagioso. La escritura china, el erotismo, el horror, la tortura, la adivinación y el I Ching fueron las obsesiones que lo llevaron a escribir Farabeuf o la crónica de un instante, publicado por don Joaquín Diez Canedo en 1965. Por ello aceptó escribir una Introducción al libro traducido por Malke Podlipsky.

Poco a poco, contagiada por la pasión de Elizondo, iría descubriendo los caminos y motivos por los cuales Salvador se adentró hasta el extravío en los vericuetos eternamente fluidos y mutantes del I Ching. Como él mismo señala, este libro canónico es doble: Su “exégesis se divide en dos grandes tradiciones interpretativas. Quieren aquéllos que estudian la historia de la cultura en China considerarlo como un libro de sabiduría; quienes estudian la historia de las tradiciones en China como un libro de oráculos. Esa diferencia no modifica su sustancia. Con cualquiera de esas formas, la validez de su contenido está avalada por una tradición inmemorial que las abarca a ambas y que se sustenta, por lo demás, en configuraciones que, en el orden de una clasificación lingüística son representaciones de universales. Basta para comprobar esto echar una ojeada a la historia de la evolución de la escritura china para hallar en sus orígenes la presencia de un principio organizador de líneas”.

Salvador, creo no equivocarme, accedió al I Ching y a la escritura china a través de otra de sus pasiones: la obra de Ezra Pound. El poeta estadunidense, en busca de un caleidoscopio poético y universal, había utilizado los ideogramas chinos en su obra poética. Con Ernest Fenollosa, escribió El carácter de la escritura china como medio poético. Tradujo también poemas de Li Po. Para Pound, el I Ching era un libro sobre la escritura china, como llegó a serlo para Elizondo.

Si al principio yo me limité a leerlo y consultarlo como un libro de oráculos, con el tiempo fui descubriendo su escritura, descifrando sus ideogramas, leyendo la escritura de la escritura en formación, su historia. Me atrevería a decir que de esta visión nació en el espíritu de Salvador su libro Escribo que escribo.

Como todos los libros fundadores de una civilización, el I Ching se fue formando a través de los siglos. Podría decirse que el período de conformación hasta su organización canónica final abarca un lapso aproximado de mil 700 años anteriores a la construcción del Partenón y el nacimiento de Platón. Tal vez más, si se toman en cuenta las intervenciones de los discípulos de Confucio, después de la muerte de éste, en los comentarios a las líneas individuales según su lugar en el hexagrama.

El I Ching es el único de los cinco grandes libros canónicos de China que sobrevivió a la quema decretada por el déspota Ch’in Shih Huang Ti en el año 213 antes de Cristo. Sus orígenes son tan vagos como las fechas aproximativas de su nacimiento. Su creación es atribuida por algunas tesis a héroes protohistóricos. Posteriores a ellos, la tradición, eminentemente sincrética, cita en general a cuatro personajes como los autores: Fu Hsi, hombre legendario, amante de la caza y la pesca, inventor de la cocina y de los signos lineares que componen los hexagramas, el rey Wên, su hijo el Duque de Chou y King Fu Tze (Confucio), quien llevó a cabo gran parte de las interpretaciones de las líneas.

El principio del I Ching se basa en la dialéctica del binomio yin y yang, lo luminoso y lo sombrío. No debe olvidarse que la dialéctica china es la manifestación de elementos, no opuestos como en Occidente, que constituyen un número infinito de correlaciones cambiantes en un solo momento dado. El emblema esencial, Tai chi tu, “El supremo último” es un círculo dividido en dos partes separadas por una “S” que parte de la orillas y no del centro: juego de curvas dinámicas que forman y deforman, de manera musical, un eslabonamiento rítmico de números originados en los procedimientos oraculares. Indicio fundamental para estudiar la matemática china: de ahí el interés de Leibniz, quien vio en el I Ching la primera formulación de la aritmética binaria.

Lenguaje y escritura chinos son sintéticos y concretos, a diferencia de Occidente donde son analíticos y abstractos. Yin y yang no son antagónicos sino complementarios. Como señala Liou Kia-hazy en L’Esprit Synthétique de la Chine: “el juicio paradójico en la China antigua tiene por fin restaurar la naturaleza en sus totalidad indivisa, naturaleza que ha sido fragmentada por la inteligencia práctica de todo hombre empírico”. Es un orden sintáctico –observa Salvador Elizondo en su Introducción–, por la naturaleza misma de la lengua china, el que subyace al pensamiento chino.” De ahí otra posibilidad interpretativa del I Ching, piensa el mismo Salvador, si se le considera una sintaxis, es decir “un instrumento de co-ordinación, de un habla”, siendo la “sustancia de la que está constituida esta habla eminentemente escritural”. El I Ching es, así, no sólo un libro de sabiduría o de oráculos, es también un libro de escritura.

Líneas quebradas, yang, líneas continuas, yin, donde se manifiesta un esquema esencial del universo, su cosmogonía y su ritmo astral: “la manipulación de estas configuraciones es, en cierto modo, la manipulación de las posibilidades del mundo”.

No debe extrañarnos, por lo anterior –concluye Elizondo, que sean algunos sinólogos europeos, cuya probidad desde luego es incuestionable, quienes han afirmado, como Granet, a propósito del contenido relativo a la teoría de los números del I Ching– que es en estos 64 símbolos gráficos donde están contenidos una sabiduría, un poder total.”

 

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