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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

El librero de David Foster Wallace

En las novelas policíacas, cuando alguien desaparece, los inspectores van a la casa de la víctima y miran el librero. El inspector Wallander, la popular creación de Henning Mankell, no sólo revisa el librero, también se fija en la decoración y la ropa con el fin de dibujar un perfil psicológico. Suelo hacerme cruces sobre lo que pensaría Wallander de mis libros en caso de que él existiera, yo desapareciera y le tocara investigar el caso. Como vivo en México esas disquisiciones no duran mucho porque me gana el miedo. No quiero desaparecer ni cinco minutos y tampoco quiero que ningún policía del universo toque mi librero.

Mi librero es una especie de retrato de mi alma. No me gusta mucho que la gente lo escudriñe. Allí están mis intereses, mis filias y mis fobias; los libros que me enorgullece haber leído, parafraseando a Borges, y otros que leo para dormir o por manía. Sentiría mucho más pudor si alguien se acercara a mis libreros con interés de analizar mi personalidad, que si se asomara al clóset (con todo y el cajón de los calzones) y al álbum de fotos. Después de todo, mi clóset está lleno de ropa preciosa que no me pongo jamás y el álbum está compuesto por fotos de mi marido y el gato.

Creo que David Foster Wallace me hubiera dado la razón en el asunto del alma y el librero. Como recordará el lector, el brillantísimo Foster Wallace se suicidó a los cuarenta y seis años de edad a causa de una depresión. No es necesario que diga aquí hasta qué punto este escritor era inteligente, compasivo y contradictorio. Votaba por los republicanos, experimentaba con cuanta droga pasaba frente a él, jugaba tenis pasionalmente y confesaba que tendía a racionalizar todo. Sus relaciones amorosas tendían al desastre y cuando se deprimía bebía como esponja. Era una tempestad. Me ha sucedido que, metida hasta las cejas en sus ensayos, siento una identificación total y luego, casi inmediatamente, leer algo que me irrita. Es fascinante.

Lo traigo en la cabeza desde hace unas semanas porque el gobierno suizo prohibió la costumbre de cocinar a las langostas vivas –ay, si los chinos fueran un poco así– porque es una crueldad innecesaria. Esto ya lo había señalado Wallace en Pensemos en la langosta, publicado por primera vez en 2004 en la revista Gourmet. Este ensayo está escrito sin la menor gana de quedar bien con la revista: es un texto al mismo tiempo hondo y divertido que me hizo ver con ojos de furia a los restaurantes que tienen peceras turbias donde las langostas languidecen con las pinzas atadas con masking tape.

Cuando leí Esto es agua, el discurso de graduación que dirigió a los estudiantes del Kenyon College en 2005, sentí como si cayera de cabeza en un lago cristalino. Fue como si Foster Wallace me sacudiera. No brutalmente; con energía. El discurso es una defensa de la empatía y la búsqueda de sentido que se diferencia muchísimo de la pose lánguida y blasé con la que se pavonean la mayoría de los escritores contemporáneos. El objetivo del discurso, según sus propias palabras, era hacer pública su preocupación sobre el poder del consumismo para crear muertos vivos, esclavos del ego, la vanidad, la búsqueda de poder. Es un alegato concebido, me parece, mientras Foster Wallace luchaba a brazo partido contra la depresión y el nihilismo que ésta suele traer bajo el brazo. Es horrible que la depresión le haya ganado la partida a este espíritu inteligentísimo; que se haya suicidado apenas tres años después de dirigir esta arenga eléctrica a un grupo de jóvenes a quienes imagino con la boca abierta.

Y escribo todo esto porque su biblioteca, sus libros llenos de anotaciones, sus notas y borradores –con conmovedoras calcomanías, tachaduras, subrayados, interrogaciones–, su radiografía espiritual, están en un fondo especial en la Universidad de Austin, más precisamente en el Harry Ransom Center. De los papeles personales son cuarenta y cuatro cajas y ocho fólders gigantes. La lista de libros es impresionante por el eclecticismo de sus intereses. Hay libros de autoayuda, profusamente anotados, libros de matemáticas, física, de terror, de físicoculturismo, de tenis, un inquietante Cómo desaparecer sin dejar huella, decenas de libros de gramática y un montón de literatura venerable.

Somos lo que leemos, me dije después de leer y releer la lista. Y si sabemos leer y no lo hacemos, quizás no somos. O somos menos humanos de lo que podríamos ser.

 

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