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Nieve ardiendo
'La ciudad blanca', Karolina Ramqvist, traducción del sueco de Carmen Montes Cano, Anagrama, Barcelona, 2017.
Por Eve Gil

Una joven madre primeriza se encuentra completamente sola con su bebé en una amplia y preciosa casa que muestra prematura señas de deterioro, como si aquella moderna belleza arquitectónica estuviera a punto de aplastarlas. Conforme avanza la narración de La ciudad blanca, de la autora sueca Karolina Ramqvist (Gotemburgo, 1976), que con la puntita de los dedos coge los gruesos hilos del suspense, vamos descubriendo que Karin, la protagonista, es la mujer de un prófugo de la justicia, que está a punto de perderlo todo, no nada más las casa y los muebles, también el auto y todos los costosos obsequios que le hizo John, cuyo paradero desconoce.

La mayor cualidad de esta novela perfecta es la asombrosa capacidad de la autora para dejar en claro lo que ha sucedido con esta joven, no mayor de veinticinco años, a la que conocemos mientras explora sus pechos abultados, estriados y rasguñados por el frenesí de su lactante, recurriendo apenas a flash-backs. La de Karin frente al espejo parece una circunstancia cotidiana. Pero los cambios en su cuerpo se mimetizan en las cuarteaduras y la herrumbre de aquella casa ridículamente grande para una joven y un bebé, como también en el desmoronamiento de la vida a la que se habituó al lado de su novio, de seguro joven e inmaduro como ella misma, al que le cumplió el capricho de concebir un hijo, sin suponer por un instante que sus negocios turbios, que jamás se nombran, podrían fracasar, por decir lo menos. Lo único “nimio” en que se posa la sutil voz narrativa es en las reacciones emocionales y fisiológicas de Dream, la hijita de Karin, pero no es gratuito que consagre varias líneas a describir el lamentable estado de su pañal o su constante babear. La soñadora inconsciencia propia de los bebés, su absoluta dependencia de la madre, acentúan la soledad y la vulnerabilidad de Karin, para quien su hija es, a un tiempo, motor y dique. Aunque es realmente poco lo que llegamos a conocer a Karin como persona, dos cosas nos quedan perfectamente claras: su principal motivación para salir de ese profundo agujero es su hija y si bien no le queda más remedio que acarrear a Dream doquiera que va a falta de un cuidador, lo último que busca de las personas a las que recurre, relacionadas con los asuntos de John, es compasión.

Y es justo en este punto donde vale la pena detenerse. Los comentarios de conocidos escritores y prestigiadas publicaciones que suelen acompañar la contratapa o el cintillo rojo de los libros, tienden a lisonjear el producto hasta la comicidad. Eso pensé ante la comparación que el tabloide sueco Expressen establece entre esta novela y La carretera, de Cormac McCarthy, una distopia en la que un padre se ve forzado a acarrear a su hijo en un carrito de supermercado a través de un mundo semidesértico donde campea la violencia. Pero dicha equiparación no pudo ser más atinada, a pesar de que el apocalipsis de La ciudad blanca es exclusivo de la joven madre que acarrea el carrito del bebé por las calles que la conducen hasta los amigos –y cómplices– de John, que no sólo podrían conocer su paradero, sino guardar “algo para ella”; algo que John, en su infinito amor hacia Karin y la hija que se empeñó en concebir con ella, pudo dejar para rescatarlas del inminente desalojo. Salvo la piedad de Therese, quien fuera su amiga antes de conocer a John y actualmente vive con Alex, “socio” de aquel, Karin obtiene reacciones no sólo contrarias a la esperada, sino innecesariamente violentas, como la del antes citado Alex que no tiene reparos en estrellar contra la pared el carrito de bebé, irónicamente lujoso en contraste con la posición de Karin, y casi destrozarlo. Pero Karin no suplica, no se permite exhibir su humillación. “Las ruedas menudas dejaban huellas profundas en el arcén, por donde iba caminando. A cada paso le costaba más avanzar, y las ruedas no tardaron en atascarse. Quitó a patadas la nieve que se había apelmazado entre ellas, pero al cabo de solo unos metros estaba otra vez igual, así que en vez de llevar la sillita rodando tuvo que ir empujándola.”

Algo semejante ocurre cuando Karin enfrenta a Abbe, de quien también se omite información aunque salte a la vista que es algo así como “el jefe”. Nunca se menciona su edad o su aspecto, pero por su forma de dirigirse a la mujer de John es casi un hecho que se trata de un hombre maduro. Contrario a Alex, Abbe ofrece “hacerse cargo”, aunque no será su buen corazón o su conciencia –después de todo es culpable directo de la situación– lo que lo lleva a brindarles protección a la chica y a su bebé. A estas alturas ya sabemos que Karin no reaccionará como se esperaría de una joven en semejantes circunstancias… pero ante lo que pareciera pasividad –que no sumisión– no imaginamos, una vez acorralada por las circunstancias, hasta dónde es capaz de llegar con tal de proteger a su criatura, en especial de esa otra amenaza que es el gobierno que quiere arrebatársela. Y su respuesta podría ser tan extrema como la del protagonista de McCarthy, con un toque de Thelma y Louise.

 

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