Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Monólogos compartidos
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Monólogos compartidos
Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Ominosa lotería

Bajo asedio la vida cotidiana. En el umbral de las puertas hacia adentro y hacia afuera, al subir al autobús o caminar a la farmacia; a la vuelta de la esquina y en la esquina, en la tienda, la oficina pública o privada, en un puente, una calle saturada, una plaza, a la orilla de un andén. A cualquier hora ondea la sombra rugosa del peligro, en cualquier lugar por encima del hombro el recelo de la luz. Cada vez más nos toca con el filo de sus dados el azar, cada tumbo en el aire de sus cifras nos acierta y nos prodiga como nunca sus múltiples violencias. Porque ya no es el azar que era sólo raíz de lo posible, el viejo ciego y afanoso que era juego y acertijo, el engrane oculto de un destino, una salvación en la cresta del instante, una decisión final por su inocencia. Hace tiempo que ha perdido el poder de su equilibrio y anda ahora desatado y tendencioso, a flor de nuca la bestia de su aliento tibio con los bordes fríos y su hedor. Ya es otro en todas partes, sus caprichos calculados, pactados sus absurdos. Lame los muros de la casa, trama encierros y recónditos temores, y de arriba abajo, desde el centro y a los lados retumba el zumbido de su cerco, el vacío de su silencio, el tableteo de sus armas de pólvora o de lino. Hace tiempo que somos cada uno por su parte y todos juntos el botín de sus apuestas, el cuerpo que saquea, su dieta de abundancia. Somos la rifa, lo que rifa y lo que gana. Nos pone el sobresalto en los talones, nos agrietan la lengua sus amagos, nos escarcha de sudor el cuello y las palmas de las manos, nos crepita en las rodillas el temblor de su contorno siempre a punto del asalto, el secuestro, el manoseo, el arrebato, la punta, el picahielos, el tajo, la cacha repujada y el cachazo, el incendio, el dolo, la injuria y la insolencia, impasible el rostro, descarada su íntima persona si tuviera. O en pleno púlpito o templete, escaño o tribunal; en la corte, el estrado, el ministerio público o de fe, seguros y arrogantes sus modos de jerarca o alto funcionario que traga a gusto su saliva, truena los dedos anillados, adorna sus discursos con bucles de pureza y compromiso mientras salta sin tropiezos la cuerda deshilada de la ley. De puerta en puerta viene, en uniforme, en mangas de camisa, a pie, en bicicleta o limusina cuando quiere, a sus anchas su acechanza en camellones y avenidas, escuelas, mercados y hospitales, y colecta derechos de piso y paso, rompe cráneos, tobillos y palabras, quebranta niños y muchachas. A nadie rinde cuentas y nunca le falta una coartada. Ya puede lo que sea y sin estorbo este azar con su violencia maquinada, escrita con plumilla de oro en folios de papel texturizado o en mantas sucias su grotesco garabato. Pone y dispone, corta y arrebata en su ruleta el tiempo que tenemos pues ya es de sus dominios y peculio. En la amplia lotería que maquilan sus cómplices sabidos, va gritando nuestra carta. Somos el músico, la dama y el soldado, el periodista, la luna y el catrín, el árbol, la sirena y el doctor, el valiente, el pájaro y el perro, la actuaria, el estudiante y el juez, la guapa, el alto y el feo, la empleada y el obrero, el taxista, el migrante, el corazón y la bandera si algo queda del país, tú, contigo yo, conmigo ustedes aquí a su merced…

 

comentarios de blog provistos por Disqus