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Políticas públicas para el libro y la lectura

Desde que el surgimiento de editoriales literarias independientes se volvió un fenómeno cultural muy importante, a principios de los años noventa del pasado siglo, es llamativo que las políticas del Estado sobre el asunto sean tan fallidas. Ha pasado ya medio siglo y, mientras el número de editoriales independientes, así como su calidad, no cesa de crecer, la situación ante el mercado sigue siendo terrible. En el transcurso se publicó una Ley del Libro descafeinada, se implementaron en un buen número las salas de lectura y se hacen coediciones por convocatoria, se realizan todo tipo de ferias del libro, pero la situación no cambia porque no se ataca el verdadero problema: la distribución. Incluso la creación de lectores nuevos ha tenido cierto éxito, pero las condiciones de distribución para los sellos independientes no cambia: pocas librerías y rechazo de ese material en las pocas que hay, solicitud de descuentos leoninos, mala exhibición… en fin. Al no haber una distribución mínimamente aceptable, los esfuerzos anteriores se pierden en el vacío.

Se pensará que a las librerías privadas no se les puede obligar a recibir un material según ellas poco rentable. Pesa, por ejemplo, una maldición sobre los libros de poesía: no se venden. Por cierto, maldición equivocada. Y en parte es cierto. Pero se podría volver atractivo que exhibieran esos sellos a través de estímulos fiscales y leyes que protegieran la bibliodiversidad, apoyando proyectos de distribución y campañas publicitarias. Pero el asunto es bastante peor. De las librerías mexicanas, un sesenta por ciento son públicas (es decir, gestionadas por el Estado). Dependen de la Secretaría de Cultura Federal (Educal), de secretarías estatales y de universidades. En ellas todavía es más difícil que las independientes sean distribuidas: como en las privadas, hay una burocracia infernal para que reciban material y otra para cobrar cuando pueden cobrar, si es que pueden. Si esas librerías del Estado no dan el ejemplo a las privadas, el asunto se complica. Véase la paradoja: se apoya a escritores y artistas con becas, se apoya la edición de sus obras, pero no se las distribuye, no se las publicita ni se las promueve, no se compra ese material para bibliotecas y salas de lectura; se organizan coloquios y homenajes sobre un autor pero no se piden sus libros para que estén a la venta en el lugar, ni siquiera durante dicho homenaje. Cuando se editan autores de otras lenguas y regiones se prefiere exhibir la edición española, más cara y casi siempre en peor traducción.

Por otro lado, no se contempla a la edición independiente como un hecho específico con características propias y el Estado cede a los chantajes de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (caniem), complicando trámites, pidiendo cumplir exigencias no sólo innecesarias sino absurdas. La caniem piensa que defender la industria editorial mexicana es combatir los proyectos independientes. Así, los requisitos que solicitan en las convocatorias de apoyos y coediciones, en las librerías y en los listados de proveedores, son muchas veces imposibles de cumplir. Se aplica el criterio de exi-girles como a un corporativo, se dice, sabiendo que se miente, que es porque no tienen un nivel profesional adecuado y son poco eficientes. Una de las características de los editores independientes es no tener el personal para ocuparse de esos requerimientos burocráticos. El Fondo de Cultura Económica, que tuvo en su momento una actitud distinta, hoy se ha sumado a esa tendencia y, por ejemplo, suprimió la exitosa Feria del Libro Independiente en la librería Rosario Castellanos sin que mediara explicación alguna. Tampoco se normalizó la recepción de libros en esa y en sus otras librerías: se les envían novedades, las registran, aparecen en las computadoras pero nunca se hace un pedido.

Si a eso se suma una política del Estado de libro barato y constante saldo, la edición independiente tiene que optar entre cerrar el proyecto, cambiar de signo, volverse a veces maquiladores, a veces integrarse al modelo convencional de edición sin que tengan el éxito económico asegurado, o aceptar, no sin orgullo, sobrevivir en la marginalidad, a la vez que depende de los apoyos públicos para editar libros que terminarán a diez pesos en los saldos o en el molino, en el peor de los casos. Desde luego, la edición independiente no se va a acabar, es como un anticuerpo necesario para la salud de la cultura, pero es una lástima que el Estado no la comprenda ni la apoye adecuadamente, para que así la industria editorial mexicana, que llegó a ser la más importante de lengua española, vuelva a recuperar su lugar protagónico.

Pedirle a las librerías privadas o a la caniem que hagan su parte es, para mí, un esfuerzo inútil. El protagonismo del dinero público en la industria editorial mexicana –Escalante señaló hace diez años en su ensayo A la sombra de los libros, que era del setenta y ocho por ciento y yo creo que, desde entonces, antes que disminuir ha crecido al mismo tiempo que el Estado sigue manteniendo una política de libre mercado–, provoca que ésta no tenga que buscar lectores. Y ante eso las librerías prefieren no tanto no recibir ese material, sino privilegiar no lo que se vende sino lo que se vende mucho y –ninguneo de por medio– de preferencia editado en España. Pero el Estado sí tiene una responsabilidad en lo que ocurre, no sólo por su protagonismo y sus contradicciones internas, sino también por no crear condiciones adecuadas para que esas editoriales independientes, sin dejar de serlo, tengan un buen fun-cionamiento económico y comercial. Las ferias, por ejemplo. A Guadalajara van los independientes –unos cuantos– con una representación mínima pues es muy cara, en Minería los precios son impagables y en las ferias estatales no se cuenta por lo general con estructura para atenderlas. Sólo las ferias del Auditorio y el Zócalo son atractivas para el conjunto de editoriales independientes. Insisto: el diseño de los apoyos a las editoriales independientes debe ser pensado en el contexto que ellas representan, no mezclarlos con los corporativos ni acotados por la caniem, y para ello se debería escucharlas y atender más a lo que necesitan: distribución

 

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