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Renato Leduc perseguido por sus “leyendas” / Entrevista con su hija

Refiriéndose a Mariano Azuela, Juan Rulfo sentenció hacia 1956: “En México, sólo los solitarios han podido hacer obra hasta ahora y quizá seguirán siendo ellos los únicos creadores de conciencias.” Nuestro más grande escritor no se equivocó en su diagnóstico ni en su predicción. La obra, la verdadera obra literaria, está muy lejos de la llamada “vida literaria”: está en la escritura concentrada, en la soledad del autor que, gracias al rigor, la disciplina y el genio, se transmuta en conciencia colectiva, en diálogo, en arte imperecedero.

Desde su primer libro de poesía (El aula, etc.), publicado en 1929 por Efrén Hernández, en Pachuca, Hidalgo, Renato Leduc ironizó justamente en la misma sintonía que Rulfo, en su poema “Temas”. Ahí leemos: “No haremos obra perdurable. No/ tenemos de la mosca la voluntad tenaz.” Para Carlos Monsiváis, Renato Leduc (1895-1986) “le añade un público a la poesía”, pues la torna “popular”, pero a partir no del desaliño, sino del rigor formal y los ecos clásicos. Compulsivo lector de los más grandes autores (los clásicos antiguos y modernos), Leduc invoca la gran creación literaria incluso en sus textos más humorísticos (en realidad, satíricos). Se ha hablado de su maestría, de su originalidad, pero también se le ha rodeado de “bohemia” y “leyendas” (producto de esa “bohemia”) que, sin ninguna duda, han obstaculizado la valoración justa de su obra, tal como lo observa, atinadamente, su hija Patricia Leduc.

En 1966, en el prólogo de Poesía en movimiento, Octavio Paz caracteriza a Leduc como excéntrico y francotirador, además de sentimental, erótico y sarcástico; un anarquista, a su manera, un descendiente de Laforgue “condenado a vivir entre nosotros”. Acierta Paz en emparentarlo con Laforgue, por lo que respecta a su vocación autoparódica, anticanónica y en cierto modo pesimista, pero, desafortunadamente, estas características, propias de la obra excéntrica, hay quienes las trasladan al autor para convertirlo no en un poeta sino en un “personaje”. Paz mismo cae en este error, y Monsiváis, otro tanto. De su rechazo al medio literario, de su vocación de solitario (como lo entendía Rulfo para el caso de Azuela), se desprenden “leyendas” que van de la “bohemia” a la “antiintelectualidad”, sin comprender que el carácter antisolemne, desenfadado y paródico le viene a Leduc de su plena asimilación de la cultura clásica.

Acierta Monsiváis cuando afirma que “en Leduc la devoción por la musicalidad del idioma se enlaza con la (genuina) indiferencia por el prestigio, y el desdén hacia el tótem cultural de su infancia y adolescencia, el Poeta, con las mayúsculas de la obligación”. A ello se añade, dice Monsiváis, “un impecable oído literario [que] se consagra a la descripción de sensaciones que es gozo de la forma”.

Por todo lo anterior, cada vez se hace más necesaria una valoración justa del poeta, el prosista y el periodista Renato Leduc, más allá de la imagen facilona en que se le ha encasillado y que ha impedido que su obra literaria (especialmente la poética) sea apreciada como se merece. Para aportar elementos a esa valoración, pero también al conocimiento real del autor, este acercamiento con su hija, Patricia Leduc, estudiosa de la obra de su padre y preservadora del gran archivo periodístico y literario de uno de nuestros más grandes poetas. Tal es el sentido de esta conversación.

¿Cómo lees, a la distancia, la poesía de tu padre? ¿Cuáles son las virtudes que encuentras en ella?

Mi opinión sobre la poesía de mi padre es la de una lectora que tiene predilección por algunos poemas en los que se percibe cierta cadencia y cuya temática hace aflorar diversas emociones. De la obra poética de Leduc, “Los buzos diamantistas” es mi poema favorito: lo encuentro luminoso y musical. Alguna vez escuché decir a mi padre que su poesía, más que imaginativa, era vivencial por lo que intuyo que cada poemario corresponde a una etapa de su vida. Aunque en 1935, en una carta dirigida desde París a Amalia Fernández Castillón, comenta: “No quiero hacer las glosas aquí, porque si el papel es barato en cambio la mano de obra es fabulosamente cara; por otra parte es un libro en el que ya no tengo ningún interés y no lo publicaría si no fuera por el compromiso que tengo con Lolita. No sé por qué los versos me causan ya una repugnancia casi fisiológica; cuando leo versos me pasa exactamente lo mismo que cuando como arroz de leche: siento náuseas y se me afloja el estómago.”

Creo que una virtud de la poesía de Leduc es que, a pesar del tiempo, su temática es actual: el amor es un tema universal y siempre vigente. En 1963 publicó Catorce poemas burocráticos y un corrido reaccionario para solaz y esparcimiento de las clases económicamente débiles, donde hace una crítica mordaz de algunos especímenes de la vida política nacional tales como el líder, el diputado, el cumplido funcionario, el señor magistrado. Este poemario aún hoy puede considerarse actual, porque tales personajes no han cambiado desde hace cincuenta y cinco años.

Leduc escribió la mayor parte de lo mejor de su obra poética en su juventud y madurez: El aula, etc. (1929), Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (1933), Prometeo (1934), Breve glosa al libro de Buen Amor (1939), La odisea (1940) y Desde París (1940, 1942).

Dime algo de la vena autobiográfica de algunos poemas de tu padre. ¿Hay poemas que parten de una experiencia amorosa que es posible reconocer?

Algunos poemas deliberadamente románticos y un prólogo en cierto modo innecesario (Alcancía, 1933) los escribió Renato para Amalia Fernández Castillón, mujer de la que estuvo profundamente enamorado; para decirlo de manera coloquial, fue el amor de su vida. El poema titulado “Té” que forma parte del poemario, en la versión original dice: “i/ Cuando vino Amalia y Leonor se fue/ nos quedamos viendo/ con esa mirada que no dice nada,/ las frágiles tazas/ y un terrón de azúcar/ y las ambarinas burbujas de té.// ii/ Índice y pulgar/ tan finos, tan finos,/ que al verlos alzar la taza de té/ me digo:/ Esos dedos se van a quebrar…// iii/ Dónde está Leonor?.../ Índice y pulgar levantan la taza de té/ Amalia me mira con aquellos ojos/ hondos, prodigiosos,/ que según afirma le dio el niño-dios// iv/ Índice y pulgar/ bajan poco a poco la taza de té/ ¿Leonor…?, ¿y Leonor…?/ y la voz de Amalia: ¿sabes? –me quemé.”

Cuando en 1933 se publican Algunos poemas... la relación amorosa entre Amalia y Renato estaba rota, y el poema “Té” aparece con algunos cambios: “i/ Cuando vino usted –cuando ella se fue,/ miramos ¿miramos?/ con esa mirada que no dice nada/ las frágiles tazas/ y un terrón de azúcar/ y las ambarinas burbujas de té.// ii/ Índice y pulgar,/ tan finos, tan finos,/ que al verlos alzar la taza de té/ me digo:/ esos dedos se van a quebrar…// iii/ ¿Dónde estaba usted?.../ Índice y pulgar levantan la taza de té./ Usted me contesta con aquellos ojos/ hondos, asombrosos,/ que según afirma le dio el niño-dios.// iv/ Índice y pulgar/ bajan poco a poco la taza de té./ ¿Dónde estaba usted?.../ Y la voz de usted: ¿sabe?... –Me quemé…”

Una lectura de este poemario nos revela a Leduc como un romántico malgré lui –Francisco Liguori dixit. “Inútil divagación sobre el retorno” y “Alusión a los cabellos castaños”, entre otros poemas, son una muestra del cúmulo de sentimientos que Leduc experimentó por Amalia Fernández Castillón, quien por cierto rompió su relación con Leduc por un nuevo amor llamado Alejandro Gómez Arias.

Como lo señalé antes, la poesía de mi padre proviene de vivencias; tal es el caso del poema “Epístola a una dama que nunca conoció elefantes” –el cual, por cierto, era de sus predilectos. Asiduo asistente los domingos a las corridas de toros en México, a falta de este espectáculo durante su estancia en París, paseaba por el zoológico de Vincennes y vio a una anciana que observaba con inusitado interés a los elefantes, intrigado le preguntó si nunca había visto uno: ella le comentó que vivía en un pueblo de los Alpes adonde jamás había llegado un circo, que no conocía los elefantes, y que la habían impresionado. En xv fabulillas de animales, niños y espantos (1957) aparece el poema “Se explica a María la condición de una vaca sentada” que, según narra María Félix, se gestó así: “Viniendo de Guadalajara, estuve a punto de chocar con una vaca tumbada en la carretera. Llamé a Renato y le dije que por poco me mataba por culpa de una vaca sentada. Se carcajeó en el teléfono y me dijo: ‘–Las vacas no se sientan, María’. ‘–¡Eso lo dirá usted! La que yo vi estaba sentada y mirándome directo a los ojos’.”

Al día siguiente, mi padre publicó en su columna “Cinco minutos” del Esto un poema titulado “Donde se explica a María la condición de una vaca sentada”. Dice así: “María: las vacas sentadas/ son vacas que hablan inglés/ aunque usted las haya visto/ –las ubres des-parramadas–/ mugiendo y dándose pisto/ en Guadalajara… pues.// Explíqueme usted, María,/ si la vaca susodicha/ cruzando estaba la pierna/ honestamente, o tenía/ ese impudor que delata/ al casto perro-salchicha.// ¿La vaca llevaba anteojos/ montados en la nariz/ y los belfos exhibía/ más bien exangües que rojos…?/ Pues en tal caso sería/ una vaca institutriz.// Aunque se encuentre ocupada/ la vaca sentada es/ por definición, vacante./ Toda persona sentada/ es sedente o es sedante/ según sea dama o sea res.// Mugiendo van por lo bajo/ –ojo al parche y cuerno gacho–/ las vacas por la pradera./

Y cual peones a destajo/ devoran la carretera/ como andaluz el gazpacho.// Las vacas se dicen cosas/ –chismes de establo y ordeña–/ por las noches y en secreto./ Por tal razón, perezosas,/ siéntanse a modo de reto/ cuando les hace uno seña…// Por eso, tal vez, María,/ vio usted sentada a la vaca/…/ o a lo mejor estaría/ pues estaría haciendo caca.”

¿Cuál es la diferencia entre el Renato Leduc real y el Renato Leduc de su “leyenda” o “leyendas”?

–Renato Leduc durante su larga existencia vivió muchas vidas: telegrafista, estudiante universitario, burócrata en la Secretaría de Hacienda y, posteriormente, empleado de la Delegación Fiscal de México en París, y finalmente periodista. Esta diversidad de actividades le permitió recorrer el país y el mundo y conocer una serie de personajes pertenecientes a los más diversos ámbitos. En alguna ocasión leí en la revista Siempre! un artículo de un periodista cuyo nombre no recuerdo, el cual afirmaba que Leduc construía de manera deliberada su propia leyenda, cuestión absolutamente falsa, pues el Renato Leduc real dista mucho del de la leyenda; desde luego que no era un bohemio, poseía una vasta cultura, de la que nunca alardeó, departía lo mismo con un trabajador que con un intelectual o un po-lítico, era un hombre más bien solitario que no perteneció a ningún grupo intelectual ni político, aunque desde luego tuvo su muy personal línea de pensamiento inclinada siempre hacia la izquierda, y por sobre todas las cosas fue honesto y congruente en su manera de pensar y actuar.

¿Esta “leyenda” o “leyendas” han afectado la valoración de Renato Leduc como uno de los grandes poetas e intelectuales de México?

Desde su juventud la leyenda persiguió a Leduc –como bien lo señaló José Alvarado–; su condición de telegrafista en épocas turbulentas en el país lo obligaba a ausentarse de la capital por largos períodos, durante los cuales se especulaba sobre su paradero. Lo mismo sucedió cuando, trabajando en la Delegación Fiscal de México en París, estalló la segunda guerra mundial. Estos hechos, aunados a su personalidad, han contribuido a crear una “leyenda”. Octavio n. Bustamante, en el prólogo a Los banquetes, escribió: “Quien conoce a Renato –¿quién conoce a Renato– sabe que en realidad no lo conoce mucho. Sólo el que lo conoce cree tener de él un concepto preciso, una definición… Pero, como el agua… parte de él se va por miles de intersticios, de invisibles ranuras, o se derrama cuando acontece en su vida un temblor de grado siete, o cuando, en fin, se rompe el vaso que lo contiene todo: entonces se fuga el todo de Renato, con todo y Renato, para volver poco después.”

El bohemio, el personaje mal hablado, el señor que rechazó la propuesta matrimonial de María Félix, son “leyendas” que han perseguido a Leduc y no han permitido valorarlo en su justa dimensión.

Renato Leduc estuvo siempre del lado de las causas nobles y tuvo un compromiso social inocultable. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

En efecto, Renato Leduc se comprometió siempre con los movimientos sociales y militó del lado de los sectores progresistas del país. Defendió siempre a los más desposeídos desde su trinchera periodística y demostró que la ironía y el sentido del humor son letales como armas de la crítica. En su archivo existe un cúmulo de cartas de denuncia de obreros, campesinos, maestros y trabajadores de diversos sectores a los que Leduc dio voz. Desde la poesía también asumió un compromiso social; a este respecto Alfonso Yáñez Delgado señala: “Al estallar en Puebla la reforma universitaria de 1961, Leduc criticó acerbamente los intentos de los sectores derechistas y clericales del estado tendientes a sofocarla, y pugnó desde diversas trincheras por la libertad de lí-deres estudiantiles como Enrique Cabrera.” En apoyo al movimiento universitario, escribió su célebre poema “Puebla 1961”: “El Señor Obispo predica en el atrio…/

La gente le escucha este día domingo/ Bajo la amenaza de Jenkins el gringo./ Exhibe el obispo un fervor tan patrio…/ tan patrio… tan patrio…/ que ni el padre Hidalgo jamás exhibió…/ ¡Cristianismo sí! - ¡Comunismo no!// Lanza monseñor bombas incendiarias/ contra las impías reformas agrarias…/ ¡Comunismo no! - ¡Cristianismo si!/ Y en Chihuahua, Puebla y San Luis Potosí/ los santos varones/ realizan acciones,/ piadosas acciones bancarias…// Seráfica ayuda al módico diez/ al menesteroso y buen feligrés./ Diezmos y primicias a cargo del mismo…/ ¡Viva Cristo Rey! - ¡Muera el comunismo..!// Beatíficamente/ –bien nutrido el cuerpo, serena la mente–/ El señor obispo guarda sus millones/ en la caja fuerte…/ No es que tenga suerte…/ Son sus oraciones/ que Dios escuchó…/ ¡Cristianismo sí! - ¡Comunismo no…!”

¿Cómo juzgas la obra de Renato Leduc periodista?

Renato Leduc ejerció el oficio periodístico por más de cuarenta años. En 1948 colabora con Jorge Piñó Sandoval en el semanario Presente en el que se denuncia la corrupción y voracidad del grupo gobernante; la consecuencia de ello es la represión, por lo que Presente se publicó únicamente por treinta y seis semanas. En mayo de 1951, conjuntamente con el caricaturista Antonio Arias Bernal, inicia la publicación de El Apretado en contra los propósitos reeleccionistas de Miguel Alemán, y de la pretensión de Fernando Casas Alemán –entonces regente de la ciudad– a lanzarse como candidato a la Presidencia de la República. En 1954 dirige el semanario Momento de México cuyo primer número aparece el 10 de mayo y en él se señala: “Intentamos hacer de este Momento un órgano de información, de crítica y de análisis de los problemas económicos, sociales y políticos del pueblo de México. Para tales efectos consideramos pueblo de México a todos aquellos sectores de la población que viven exclusivamente del producto de su propio trabajo. Y, por consiguiente, no consideramos pueblo de México a aquellos sectores cuyos miembros medran en forma abusiva y se enriquecen a costa del esfuerzo o las necesidades de los otros.” El último número aparece el 28 de septiembre de 1956. A lo largo de esos cuarenta años escribió en diversas publicaciones columnas que fueron emblemáticas al volverse referentes, tal es el caso de “Semana Inglesa” en la revista Siempre!, “En Cinco Minutos” en el diario Esto, “Banqueta” en Últimas Noticias de Excélsior, y “Semana Escocesa” en el semanario Órbita, entre otras.

¿Sus notas autobiográficas de Cuando éramos menos nos lo revelan tal como era?

Cuando éramos menos es una recopilación de ar-tículos que aparecieron en la revista Interviú y en In-terviú en Lucha, donde Leduc narra con un estilo desenfadado sus memorias desde la infancia hasta la invasión de los estadunidenses a Veracruz, cuando tenía die-cinueve años. La publicación de estos textos animó a descendientes de algunos personajes que Leduc mencionó, a escribirle, para corroborar sus dichos o bien para pedirle información sobre algún pariente del cual se había perdido la pista.

En los archivos que dejó, y en las hemerotecas, ¿hay obra de tu padre que es necesario rescatar y poner a circular nuevamente?

–La mayor parte de los archivos de Leduc son ar-tículos periodísticos en los que se comentaron su-cesos del momento, por lo que habría que hacer una revisión del material existente y localizar textos intemporales o bien que puedan considerarse actuales por la similitud de circunstancias

¿Qué diría la hija, no la lectora, de Renato Leduc sobre su padre? ¿Cuál es tu recuerdo más profundo de él?

–Diría que fue un padre sui generis: hombre de la calle, poco hogareño, pero consentidor y cariñoso. Mi recuerdo más profundo se remonta a mi ya lejana infancia: cuando mi madre se encontraba de viaje, fui a vivir temporalmente con mi abuela materna cuyo domicilio se ubicaba en Avenida del Rastro, hoy Eduardo Molina; cursaba yo la primaria en el Colegio Hispano Americano ubicado en la calle de Ciprés en Santa María la Ribera, escuela que estaba cercana a nuestro domicilio, así que de manera provisional fui inscrita en el servicio de transporte escolar. El primer día, al no estar familiarizada con la logística para abordar el autobús, éste partió sin mí. Desconcertada salí a la calle y, para mi sorpresa, mi papá estaba ahí, esperando a que yo subiera al camión. Acto seguido abordamos un taxi que nos condujo a la casa de mi abuela. A partir de ese día mi papá diariamente llegaba a la puerta de la escuela a supervisar que yo subiera al autobús

 

 

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