Usted está aquí: Portada / Cultura / Siglo XIX mexicano: Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, la Reforma y otros dones
Usted está aquí: Portada / Cultura / Siglo XIX mexicano: Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, la Reforma y otros dones
Siglo XIX mexicano: Ignacio Ramírez, Guillermo Prieto, la Reforma y otros dones

La historia de México ha sido violenta y cruel. ¿La violencia? El libro rojo, de Manuel Payno y Vicente Rivapalacio la documentan desde la fundación de nuestro país. En la actualidad, los medios informativos la reportan diariamente y paso a paso. Mayor que nunca antes, el número de víctimas que genera alcanza cifras de dos dígitos cada día.

Durante el siglo xix México padeció todas las desazones y vaivenes que un país en formación puede arrostrar: luchas civiles, invasiones del exterior, dic-taduras, golpes de Estado, ensayos imperiales... Con todo, mantuvo momentos –escasos y breves– en los que florecieron páginas luminosas en la evolución del país, impulsadas por la acción de varios de sus mujeres y hombres más brillantes.

Cercanos a nuestros anhelos, dos entre ellos cumplen el presente año dos siglos de haber nacido, uno en San Miguel de Allende, Guanajuato, y el otro en Ciudad de México. Ambos formaron parte del grupo de los liberales. Aunque el término liberal ha evolucionado con el paso de los años, siempre ha estado vinculado con el concepto de libertad. Fueron los liberales quienes pugnaron por valores y derechos fundamentales de la nación que –a siglo y medio de distancia– aún padecen por incumplimiento o siguen dolorosamente ausentes.

¿Qué procuraban los liberales? La igualdad, el lai-cismo y el progreso. Defendían la democracia repre-sentativa, el federalismo, la separación de poderes, la independencia de la Iglesia y el Estado. Luchaban por la defensa de las libertades individuales en todos los ámbitos: desde el laboral y comercial hasta el educativo y periodístico, así como el progreso de la ciencia y de la sociedad a través de instituciones como el municipio y la escuela, establece Liliana Weinberg (Ignacio Ramírez, La palabra de la Reforma en la República de las letras. flm/ unam/ fce, 2009.)

La élite de aquel conjunto extraordinario de personajes estaba formada por los “dieciocho letrados y doce soldados”, a los que canonizó don Luis González en su relato sobre la “República restaurada” (Historia General de México, Tomo iii, El Colegio de México, 1977).

Eran, la mayoría, abogados, políticos y literatos. Mas, si bien la literatura constituyó un elemento de primer orden en su vida y obra, lo cierto es que en general eran magníficos versificadores pero no grandes poetas. Su prosa, en cambio, se cuenta entre lo más selecto de la literatura mexicana del siglo xx.

La prensa fue el conducto principal mediante el cual se expresaban. Desde la Guerra del ’48 proliferaron los periódicos, sobre todo en la década de los sesenta. El Renacimiento, El Monitor Republicano, El Siglo xix fueron los medios más recurrentes de los liberales.

Fue a través de la Constitución de 1857 como los liberales infundieron muchos de sus ideales y aspiraciones. Mediante la educación impusieron los propósitos más hondos de la Reforma, llevando su convicción hasta decretar la enseñanza libre, cuando Ignacio Ramírez se desempeñaba como Ministro de Justicia e Instrucción Pública.

Eran partidarios del sistema federal, impulsores de la igualdad, el laicismo y el progreso; buscaban dotar a México del sentido de patria. “Los liberales –escribió Carlos Monsiváis– conceden al Estado la formación de los mexicanos: la enseñanza e imponen a la nación un proyecto histórico y muy a medias un modelo de sociedad.”

Ignacio Ramírez (1818-1879)

Del gran héroe liberal casi todo se ha dicho; la mayoría de las veces con reconocimiento y elogio. Es uno de los mexicanos más brillantes que ha procreado el país y forma parte –asegura un juicio histórico– de los tres artífices de la Reforma: José María Luis Mora, Valentín Gómez Farías e Ignacio Ramírez. No deja de ser una contradicción que se apodara

el Nigromante, a él que era un iluminado, un hombre al que guiaban las luces de la razón, formado en el Colegio de San Gregorio y en el Colegio de Abogados de la Universidad Pontificia Nacional, además de ser miembro de la Academia de Letrán. Fue amigo y colaborador de Guillermo Prieto en varios proyectos; con él y Manuel Payno fundó el periódico Don Simplicio.

Jurista eminente y polemista agudo, no hubo asunto ni tema político que no tratara en su búsqueda por la emancipación, la libertad y el desarrollo del país. Orador y escritor dotado, recorría el territorio nacional proclamando el ideario liberal. En campaña permanente por impulsar los cambios que la nación demandaba, iba por todas partes dando discursos y conferencias y publicando artículos, decisivos para la Reforma. Más que un ordenado autor literario, fue uno de los grandes propagadores de la Reforma.

Electo Diputado Constituyente por Sinaloa en 1857, destacó en la Cámara por su arrolladora elocuencia. Aunque sólo fuesen períodos breves, sus opiniones lo hicieron padecer cárcel en varias ocasiones. Y no se ha destacado bastante que fue un radical promotor de la igualdad de género. En 1861 fue nombrado Ministro de Justicia e Instrucción Pública del gabinete juarista y en 1868, ya distanciado de Juárez, fue nombrado Ministro de la Suprema Corte de Justicia, cargo que mantuvo hasta su muerte, en 1879.

Los hombres de su época lo admiraban sin entenderlo, escribió Alfonso Reyes. No es imposible que así haya sido si un escritor tan escrupuloso y prolífico como fue Reyes hace un breve y encendido elogio “por este hombre fogoso y desigual... verdadero enigma para la crítica”, pero ni abunda ni escribe más sobre él. Por su parte, Octavio Paz lo ubica como: “Quizás la figura más saliente de este grupo –los Liberales– de hombres extraordinarios.”

No es improbable que quien mejor lo ha juzgado literariamente sea José Luis Martínez, al señalar con acierto que el héroe de la Reforma “tenía una personalidad política más definida y acentuada que su personalidad literaria”, que la “parte principal de sus escritos son discursos, estudios sobre materias políticas, cívicas, económicas y sociales”... y que el “drama intelectual de Ignacio Ramírez fue su dispersión, querer hacerlo todo”.

De su conducta y temple frente al poder –un fenómeno que embruja, enreda y marea a los latinoamericanos con naturalidad y sin excepción– dos episodios lo muestran con nitidez. Uno es su oposición a la reelección de Benito Juárez y otro su conocida reconvención al pre-sidente Porfirio Díaz: “Usted es casi omnipotente como lo son en México todos los triunfadores. Puede quitar sus grados a todos los generales y dárselos a otros sujetos que no hayan peleado nunca; puede abolir la Federación, unir la Iglesia y el Estado, nombrar diputados a los sujetos que le plazca, restituir los fueros, imponer el sistema monocamarista o el bicamarista y hasta acabar con las cámaras. Pero hay cosas que no están en su mano y yo deploro que no estén, porque me duele que sea limitado el poder de los generales triunfadores; por ejemplo, hacer que dos y dos sean nueve, cambiar el curso de las estaciones e improvisar sabios, aunque sean tan modestos como los que aquí tenemos.”

De haber vivido en la actualidad, acaso nada hubiese resentido más este hombre todo enjundia, todo inteligencia, todo honradez, como contemplar los niveles que ha alcanzado la corrupción en el país. Naturalmente, este hombre ecuménico, espíritu y motor de la Reforma, de probidad irreprochable, murió con menos de lo que proporciona la dorada medianía.

Guillermo Prieto (1818-1897)

Su admiración y cariño por Ramírez era sagrado. “Para hablar de Ramírez –escribió– necesito purificar mis labios, sacudir de mi sandalia el polvo de la Musa Callejera, y levantar mi espíritu a las alturas en que se conservan vivos los esplendores de Dios, los astros y los genios.”Prieto fue poeta, periodista, orador ferviente, político genuino, diputado constituyente, más de una docena de veces miembro del congreso y Ministro de Hacienda varias veces también. Menos fogoso, pero no menos radical y convencido que su amigo el Nigromante, Gui-llermo Prieto representa al héroe épico de la Reforma. Como casi ninguna otra, asegura Carlos Monsiváis, la trayectoria de Prieto expresa el valor, el talento, el entusiasmo, la indignación patriótica y la generosidad.

La invasión de Estados Unidos a México en 1847 lo resolvió a entrar de lleno en la política. Fue un gran patriota y protagonista de grandes transformaciones del país, sin que él hiciera alardes. Uno de tantos episodios anecdóticos que propició la audacia de Prieto fue la salvación de ser pasado por armas con un grupo de –unos ochenta– liberales encabezados por Juárez, en el que el carácter y la palabra de Prieto privaron sobre la soldadesca. Lo relata el mismo Prieto y a la historia ha pasado, convertida en leyenda, con una de las frases claves de su arenga: “Los valientes no asesinan.”

Con los hermanos José María y Juan Lacunza y Manuel Tossiat fundó la Academia de Letrán, una de las sociedades literarias más importantes del siglo xix me-xicano, a la que pertenecieron también Andrés Quintana Roo, José Joaquín Pesado, Manuel Carpio, Ignacio Rodríguez Galván, Ignacio Ramírez, José María Lafragua y Manuel Eduardo de Gorostiza, entre otros.

Hombre versado en un caudal de artes y disciplinas escribió sobre un sinfín de materias. Así, cuenta Juan de Dios Peza que Prieto es también autor de unas autorizadas Lecciones de economía política. A su vez, José Luis Martínez señala que Prieto es el costumbrista y el romancero de las gestas nacionales y, como el Nigromante, desbordaba sus convicciones en El Siglo xxi y el Monitor Republicano, los diarios proclives a los liberales.

Para Prieto también fue prioridad la acción política y sus escritos giraban en torno a la propaganda reformista. No obstante ello, algunas de sus obras rebasaron esa zona, como lo demuestran sus libros de viajes. Pero lo que sobrevive de él en literatura por sobre todo, es su monumental Memoria de mis tiempos, libro en el que relata “las costumbres de la época”. Cierto es que es esa una de sus características notables, pero son múltiples sus significaciones. Uno de los episodios que mayor de-leite produce es la lectura del capítulo relativo a la dieta alimentaria de cada día, tanto para las clases pudientes como para las menesterosas.

Prieto atendía en toda persona a sus cualidades y virtudes. Veneraba a Quintana Roo y a Morelos. Generoso y humilde, relata con simpatía su conocimiento de Lucas Alamán, su adversario en política. Conocer lo que opinaban de él sus amigos y contemporáneos es admirar su grandeza de ánimo, su buen humor y su simpatía. Ramírez lo describe como un hombre festivo, ingenioso y audaz. Sin ser condescendiente, era amable y gentil con todos. Al frecuentarlo, nosotros nos hemos creado la impresión de que por temperamento, Prieto era un líder natural.

A su entierro acudió todo el gabinete, incluyendo a don Porfirio. Los oradores en la ocasión fueron Juan de Dios Peza y Juan a. Mateos.

Legado

Si el grupo liberal lo constituía un volumen no escaso de personajes –brillantes y resueltos todos–, Prieto y Ramírez sobresalían por sus méritos y atributos personales. Sus contribuciones a la causa liberal no pocas veces trocaron en la ruta que tomó la historia patria. Si la Reforma creó el perfil de la nación, ellos la dibujaron con sus ideales. Herederos de la Ilustración, mantuvieron siempre la puerta abierta a la calle, al pulso de los acontecimientos cotidianos, participando de todos los aspectos de la vida. Los dos fueron hombres de acción y polígrafos naturales. Su asiduidad a publicar en la prensa diaria provenía de su convencimiento del poder de la frase escrita. Pero acaso reconocían que la inteligencia no debe aspirar al poder supremo, que no es ése su fin.

Si entre lo más selecto de la civilización destaca el espectáculo de una vida plena, estos dos Liberales la bordearon. A dos siglos de su nacimiento nosotros también –uno entre miles– les ofrecemos un modesto homenaje

 

1229
comentarios de blog provistos por Disqus