Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Acordeón

¿Su respuesta fue aire? Tal vez ¿botones, teclas, teclado? ¿Le vinieron imágenes de Los Tigres del Norte? ¿Llegó a su magín la figura de Celso Piña? No hay culpa que perseguir. Esto es México. Empero, tal vez tiene referentes más norteños y recibió la visita mental de el Flaco Jiménez o incluso, ya en plan más exquisito, del extraordinario Steve Jordan, oculto en la música Tex Mex más propositiva. O quizá atendió a la hermandad sudamericana y se conectó con el Chango Spasiuk, virtuoso de la argentina, o sintió que se transportaba a ese Río de Janeiro inundado por veloces choriños o, probablemente, y transformando el acordeón en bandoneón, convocó al enorme Astor Piazzolla entre sus parietales, apreciable lectora, lector. Sea uno u otro caso, dudamos mucho que haya pensado en autores o intérpretes del mundo clásico; artistas que experimentaron (y experimentan) sacando al acordeón de sus aguas folclóricas y populares para que se agite en aires de sobriedad donde no caben bodas ni funerales, donde no hay bailes ni vasos rotos.

Por ello es interesante el disco que hoy recomendamos: El acordeón contemporáneo/ México, de Sergio Robledo Acevedo. Un trabajo que permite revaluar las enormes posibilidades de tímbrica y tesitura que este instrumento tiene en contextos clásicos y experimentales. “Looped (Ah, déjame repetirlo)”, comisionada al compositor Jesús Lara Valerio, es una gran pieza para inaugurar la obra, pues de inmediato percibimos las posibilidades innovadoras del objeto. Basada en el giro de la repetición, deambula con éxito entre la textura abstracta y la formalidad melódica, lo que en manos de Robledo asegura el éxito. “El solista de Jaquet Droz”, por el contrario, es más plástica y cinematográfica. Desde su título (en alusión a los portentosos autómatas del relojero suizo que allí se nombra) entramos al mundo del movimiento forzado por la máquina y no por el hombre. Condicionado a la matemática temporal, el acordeón exhibe sus posibilidades como mueble expectante, obediente. Si al inicio regala golpeteos, pausas y notas de larga y altísima estirpe, luego llega a una convención musical sutil que sabe “regresar” al inicio.

De perfil catedralicio, “Aire sonoro” es una fantástica composición de Mario Lavista en la que conviven reflexiones de serena conducción armónica y pedales sobre tensiones singulares. Experimento que parece obsesionarse con las posibilidades del aire, cambia abruptamente sus ataques y dinámicas ofreciendo gran amplitud a un instrumento-pulmón dispuesto a recibir vibratos suaves pese al agudo filo con que corta y hiere. “Itzpapálotl”, de Alejandro Colavita, se inspira en la cosmovisión chichimeca. Más puntualmente, en un mito específico relacionado con esta “mariposa de obsidiana” que en la guerra asesina a sus rivales. Sumamente introspectiva, la composición lucha y aguarda con mesura hasta ser aniquilada en un largo silencio final. Por su lado, “Quantum” honra el nombre que la sustenta representando una mínima información en el sistema del disco. Sobre su partitura dice Robledo Acevedo: “Para esta pieza, Itzar Fadrique tuvo que valerse de técnicas y un lenguaje fuera de lo convencional para transmitir al intérprete una ‘no partitura’ que le indique el camino para recrear la obra.”

Ahora pensamos en el valor que se agrega a las composiciones con la explicación que su autor o ejecutante despliega en textos y conversaciones. A veces es demasiado. Lo mejor, en todo caso, es atender a ello después de una primera y limpia escucha. Ejemplo a favor de lo extra musical, sin embargo, es “Impresiones No. 1” del propio Sergio Robledo. Allí honra la memoria de su padre muerto mientras grababa el disco, lo mismo que celebra la imaginación de su hijo entre aviones de juguete. Una pieza bella, estricta en su desarrollo. La séptima y penúltima creación, “Cold-Wind Garden”, de Jorge Torres Sáenz, es la única que no fue escrita por encargo de quien firma el álbum. Existe desde 2006 y, según Robledo, la incluyó por ser un “gran referente de la composición para acordeón en México”. Multifacética y por momentos estridente, es notable por su espíritu orquestal y porque pone a prueba la lectura interpretativa del solista.

“Nanahuatzin” termina el álbum con broche de oro. Compuesta por Ariel Waller, nos recuerda al temperamento de Mussorgsky. Inspirada también en un mito prehispánico (mexica ahora), balancea con sabiduría las voces que la animan. Es encomiable como el trabajo entero. Y hasta aquí llegamos este domingo, no sin agradecer a Andrés de Robina y a Cero Records el seguir creando y compartiendo trabajos de esta especie. Bravo. Es bueno saber que hay otro mundo sonando en paralelo, al otro lado del aire. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

comentarios de blog provistos por Disqus