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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Guadalajara 33 (I de II)

Leyenda o verdad, se cuenta que, luego del escándalo suscitado por su famosa declaración (por cierto mal difundida y peor entendida, ya que jamás comparó a los Beatles con Jesucristo), John Lennon dijo: “Con Jesús todo está ok, el problema son sus sacerdotes.” Valga la anécdota para ilustrar lo que ha sucedido con Guillermo del Toro en esta trigésima tercera edición del Festival Internacional de Cine en Guadalajara (ficg33): desde el comienzo, el pasado viernes 9 de marzo, y los siguientes tres días en los que impartió sendas conferencias multitudinarias, al director de La forma del agua se le dio un trato de superestrella con el que no se le veía incómodo, por cierto, pero del que también era muy claro que podía prescindir sin el menor empacho. El problema, diría Lennon, fueron sus adoradores, más que dispuestos a mirar en él a una especie de mesías fílmico –ahora que se puso de moda el término y aparecen “salvadores” hasta en el pri, hágame usted el favor– que, descendido del hollywoodense cielo, vino a revelar quién sabe cuántas verdades para la redención de las cinéfilas almas mexicanas. Sin importar que lo tachen a uno de hereje de la nueva fe, sea dicho una vez más y, hasta nuevos Oscares, por última ocasión: qué bien por Del Toro, que haciendo lo que más le gusta llegó adonde quería llegar, pero de ahí a que su éxito signifique las desproporciones que no dejan de repetir sus feligreses, hay un abismo en el que tarde o temprano terminarán por caer sus adoradores y, sobre todo, sus imitadores.

Inevitablemente, la conversión de Guadalajara en Deltorotlán opacó al resto de las actividades del ficg33 en su primera mitad, de modo que el homenaje a José Carlos Ruiz quedó casi en anécdota, además de que se perdió una oportunidad magnífica para exhibir una retrospectiva, así fuera sucinta, del cine en el que ha trabajado este extraordinario actor. Por lo demás, a fuer de sinceridad, no había mucho más que opacar, puesto que la programación del festival no ha ofrecido, hasta el momento en que estas líneas son escritas, nada que descuelle del resto. Lo que sigue es una ojeada breve a algunas de las cintas que este juntapalabras ha podido ver.

Tres, para empezar

Titulado Halley, el debut en largometraje de ficción del mexicano Sebastián Hoffman generaba expectativas de que Tiempo compartido, su segundo filme, podría tener osadía temática y formal equivalentes o quizá más altas, pero no fue así: esta historia de fracasados vengativos y paterfamilias removiendo cenizas de amor extinto, enmarcados en un hotel acapulqueño de ésos que venden felicidades de cartón por medio de temporadas vacacionales costosísimas, puede ser cualquier cosa menos asunción de riesgos. Se tiene permanentemente la sensación de que la historia daba para mucho más, pero que el director y guionista se decantó por un convencionalismo simplificante, ése sí bastante inesperado en su caso.

Ópera prima del también mexicano Ianis Alexis Guerrero, Juan y Vanesa recurre al bien conocido y muy explotado expediente argumental de reunir a dos personajes que no se conocen de nada y obligarlos a permanecer juntos, para que el espectador atestigüe el proceso de cómo pasan de la indiferencia y el rechazo, a la empatía e incluso al amor si no mutuo, al menos por parte de uno de ellos. Su chofer de tráiler y su adolescente escapada de casa funcionan de entrada pero, desafortunadamente, conforme se avanza hacia el final los hilos de la trama van deslavándose unas veces, otras atruculentándose, y todo acaba en un anticlímax que no le hace honor a esos personajes por lo demás fuertes, bien construidos y muy aceptablemente interpretados.

Arturo Díaz Santana se dio a la tarea, evidentemente intensa, de la recopilación iconográfica, a la de investigación y, cabe suponer, a la de escarbar hondo en sus propios recuerdos, para armar Rita, el documental, en torno a la actriz y cantante Rita Guerrero, esencia innegable de la banda Santa Sabina que, hacia la segunda mitad de los años ochenta del siglo pasado, irrumpió en la escena del rock mexicano con aires hasta entonces inusitados. Hecho siguiendo la estructura más ortodoxa del documental biográfico, Díaz Santana habló con todas aquellas personas de las que cabía esperar algo valioso respecto de su vínculo con Rita –desde su madre hasta sus compañeros/colegas/admiradores/críticos–, y organizó la información de tal modo que el resultado es un “retrato al video” en el que puede apreciarse, detrás de la figura llena de claroscuros de la tapatía radicada en cdmx, el espíritu mismo de aquella época, la de un fin de siglo en muchos sentidos marcado por figuras de iconoclastia pura como la propia Rita.

(Continuará.)

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