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Tomar la palabra
Por Agustín Ramos

Clásicos contraclásicos

La filosofía, más que una disciplina es un género literario. Así lo dicen las formas asumidas en toda o en parte de la obra de Benjamin, Nietzsche, Deleuze y Guattari, entre otros. Así lo sugería el recién desaparecido Ramón Xirau y así se puede argumentar considerando que el objeto de estudio de la filosofía es el ser: algo que no puede definirse, asediarse o permitir aproximaciones sólidas mediante el lenguaje científico y menos mediante el lenguaje cotidiano –aunque algunos refranes populares sean epifanías. Por eso Platón es considerado un clásico, no sólo de la filosofía sino también del arte.

En el primer tomo de Contrahistoria de la filosofía, cuyo subtítulo es Las sabidurías de la antigüedad, Michel Onfray se dedica, al mismo tiempo, a demoler la visión oficial de la filosofía de Occidente y a reconstruir, rescatar y elaborar una visión alterna y hasta contraria, más creativa y estimulante, extraoficial, con los fragmentos que dejó la mezquindad del canon prevaleciente. Para ello, Onfray se acerca a una figura que antes de alcanzar el estrellato filosófico se preparó en la dramaturgia y en la lucha, y que de esta última disciplina aprendió cierto antideportivismo, el cual lo deja mal parado como dramaturgo en sus Diálogos.

Sí, Onfray se está refiriendo nada menos que a Platón, ocupante de todo un libro, el tercero, de los diez en que dividió Diógenes Laercio su estudio sobre “los filósofos más ilustres”. Sólo otro le merece trato similar, Epicuro, cuya membresía del club de clásicos será tachada por la cristiandad. Entonces, si vemos que los libros primero y segundo contienen veintiocho biografías, entre ellas las de los siete sabios y las de Jenofonte y Sócrates, nos daremos una idea de la importancia que Diógenes Laercio tributó a Platón. Y si bien es cierto que la modernidad fue descubriendo inexactitudes y otros defectos en la obra de Diógenes Laercio, resulta innegable la avasalladora influencia que tuvo esa labor de erudición tanto en su siglo como en los posteriores, o sea en la Edad Media, y que será determinante para consagrar a Platón, junto a Aristóteles y Sócrates, como las fuentes griegas de pensamiento más aceptables para la compañía distribuidora de luces y sombras en este y en el otro mundo, la Iglesia de Cristo, a la que no debió simpatizarle la sabiduría de Epicuro, tan distante de intrigas terrenas y celestiales, tan maestro de los placeres de la mente y el cuerpo: de la vida.

Para Onfray, la formación inicial de Platón fue clave cuando ejerció su magisterio. Eso explicaría que como hombre de escena recurriera a los diálogos y, para mal de la tradición que lo entronizó, pensara como luchador rudo. También explicaría que sus personajes fueran portavoces de tesis a veces simplistas y que uno de ellos –por lo general Sócrates– actuara en el papel de muchacho chicho para ilustrar el triunfo del bien sobre el mal y de la inteligencia sobre la imbecilidad. Después, aquel dramaturgo mediocre pasó a ser el más aplaudido en la escena de la filosofía contemporánea, no se diga en la Edad Media.

Sin embargo, continúa implacable Onfray, si no se pierde de vista esta imagen del Platón, que piensa como deportista mañoso y escribe como polemista ávido de vencer, podrá verse cómo a todas luces inventa unos adversarios inferiores, muy por debajo de su medida, a fin de ganarles sin dificultad. Por ello es imprescindible tomar algunas precauciones a la hora de preguntarse por los interlocutores del Sócrates personaje de los diálogos platónicos. Por ejemplo, Filebo y Protarco, que le sirven como costal de box, apenas se parecen a los filósofos hedonistas dignos de tal nombre. En resumen: “De una persona crea un personaje; con ayuda de un rostro construye un comediante. En el escenario filosófico, Platón crea tragedias con Sócrates. Con los otros actores, muy a menudo, comedias e incluso bufonadas.”

La figura de Platón es apenas un indicador del temperamento y los propósitos de la Contrahistoria… Otro indicador reside en el análisis de las fuerzas que desde la Grecia antigua sentaron las bases del canon filosófico que aún rige a la filosofía de Occidente, análisis que desmonta la arbitraria división entre filósofos socráticos y presocráticos, división que va contra la cronología, la lógica y la más simple objetividad, porque el prefijo “pre”, asestado a los presocráticos, no pretende significar anterioridad sino inferioridad.

 

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