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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

La música de la inteligencia es especial y, tristemente, no tan escuchada en estos días. Compuesta por la curiosidad, la sed de verdad y deseo hacia un futuro mejor, se proyecta esforzadamente desde el pasado para darnos luz en el túnel del Tiempo. Los trazos de su tejido son esenciales, juegan en forma de cánones y contrapuntos pródigos en ejemplos para darse a entender. Así es la música de la inteligencia: perro que juega y busca contacto, nace en el genio elevado que contribuye a la belleza del mundo, supera en número y fuerza a la que proviene de la maldad, tan inclinada a destruir y destruirse.

No. No necesitamos ser inteligentes para que nos conmueva, ni intentaríamos clasificarla. La música de la inteligencia –al menos la que alcanzamos a escuchar en la cotidiana estulticia que nos gobierna– proviene de múltiples personas y no sólo de músicos o artistas. Hablamos de quienes se dedican a cualquier actividad desde la que son capaces de hallazgos y acciones portentosas, siempre gustosos de diálogo. Esa música, no la inescrutable, no la egoísta sino la que se da generosamente a la mayoría, es la que aligera conceptos inmensurables para que podamos pasearlos como globos amarrados a un listón. ¿Ejemplo? El “¡eureka!” de Newton llegando a las escuelas en forma de manzana.

Atendiendo a esa música, lectora, lector, le proponemos algunas “partituras” del enorme y recién desaparecido astrofísico inglés Stephen Hawking. Así es, además de divulgador de la ciencia a quien debemos nuevas perspectivas sobre Dios, el Tiempo –real o imaginario–, el Universo y la posibilidad de una Ley General del Todo; además de ello, el señor Hawking también pudo escuchar su voz, verbigracia, en música de Pink Floyd y de los cómicos británicos Monty Python. Figura indiscutible y bien querida de la cultura popular, partícipe en múltiples cameos televisivos (The Big Bang Theory, Star Trek), de cine (A Brief History of Time, The Theory of Everything) y animación (Los Simpson, Futurama), su pensamiento fue muchas veces poético y no pocas humorístico.

Tributo del guitarrista David Gilmour, “Keep Talking”, pieza del álbum Division Bell (Pink Floyd), incluye a Hawking abordando un tema asombroso: el del lenguaje. Luego de una introducción de corte sideral, se escucha la voz robótica del genio: “Durante millones de años la humanidad vivió igual que los animales; entonces algo pasó que desató el poder de nuestra imaginación: aprendimos a hablar.” Inmediatamente después comienzan los versos de la canción, tan poderosos en su duda como el revelador resorte inicial: “Un silencio me rodea. No creo que pueda pensar bien. Me sentaré en la esquina donde nadie puede molestarme. Creo que ahora debería hablar. Mis palabras no suenan bien. Me siento como si me ahogara. Me estoy sintiendo débil pero no puedo mostrar mi debilidad. A veces me pregunto ¿a dónde iremos desde aquí?”

Entonces regresa la voz del doctor Hawking para consolar a quien tiene miedo de expresarse: “No tiene por qué ser así. Todo lo que necesitamos es asegurarnos de seguir hablando.” Se desata allí un extraordinario solo de guitarra que –precisamente– conversa con un sintetizador. Vuelve la voz sufriente y, rodeándola, maravillosos coros femeninos que exigen respuestas. Llegando al final reaparece la inconfundible voz del científico repitiendo su última sentencia, pero espaciadamente: “Todo lo que necesitamos es asegurarnos de seguir hablando.” (Nada más cierto ni más contemporáneo.) Años después, y tributando a su fallecido colega de teclados Richard Wright, Gilmour revisitó esas sesiones del Division Bell y volvió a la carga con el álbum Endless River, en donde la voz de Stephen Hawking vuelve a aparecer, ahora en el track “Talkin’ Hawking”.

De Pink Floyd a los compositores clásicos Rolf Riehm (“Hawking”) y Philip Glass (“The Voyage”), quienes también homenajearon al científico con sendas obras, nada es más llamativo que la colaboración de don Stephen con el legendario colectivo de cómicos ingleses Monty Python, en la canción “Galaxy Song”. Allí “canta” lúdicamente llevando al máximo su computadora IBM mientras vuela en la mítica silla de ruedas: “Ahora el Sol, y tú y yo, y todas las estrellas que podemos ver, moviéndonos un millón de millas cada día en un brazo exterior en espiral, a 40 mil millas por hora, en una galaxia que llamamos Milky Way”. Una maravilla que puede verse en internet, allí donde también vive la extraordinaria conversación que en 1988 Hawking sostuvo con Carl Sagan (Cosmos) y el escritor Arthur C. Clarke (2001, una odisea del espacio), moderados por el extraordinario Magnus Magnussen. Una verdadera oda a la inteligencia –la que motivó esta columna– en la que caben Dios, los extraterrestres, la creatividad, la Guerra fría y, claro, el Tiempo. Imperdible. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

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