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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Sigue aquí el brevísimo recuento de parte de lo que este ponepuntos pudo ver en el reciente Festival Internacional de Cine en Guadalajara (FICG33), cuyos ganadores –puede usted consultar la lista en el sitio oficial del festival en @FICGoficial– fueron reflejo fidedigno de la tónica apreciada en esta edición: ninguna película pudo ser declarada triunfadora absoluta, tanto en el ámbito latinoamericano como en el mexicano, lo cual por un lado puede ser visto como un nivel parejo de calidad, aunque por otro no falta quien lo considere –y con cierta razón– síntoma de estancamiento regional.

No alcanzó para tanto, pero debería

Era más que previsible: la deltoromanía no alcanzó para que sus laicos feligreses volvieran asunto masivo –ni siquiera bajo la figura fugaz del trending topic– la exhibición en el FICG33 de Ayotzinapa, el paso de la tortuga, largometraje documental dirigido por Enrique García Meza y coproducido por TVUNAM, el Instituto Mexicano de Cinematografía (IMCINE), Bertha Navarro –productora de cabecera del célebre y dobleoscareado gordo tapatío–, así como el propio Guillermo del Toro. Ganador de los premios del Público y Guerrero de la Prensa, el documental será exhibido próximamente dentro de la gira documental Ambulante, así como en el Festival de Cannes, además de una corrida televisiva, por supuesto en el canal de la UNAM.

Sin estridencias ni osadías formales, sino más bien estructurado al modo más ortodoxo, el documental tiene como virtud más alta la cesión completa de la voz y, con ella, del punto de vista desde el cual es abordado el tema: los testimonios tanto de los sobrevivientes de aquella noche fatídica acaecida hace ya casi tres años en Iguala, estado de Guerrero, así como de los familiares de los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, son a la vez el centro y el eje del filme. No es el primer trabajo cinematográfico en el que se documenta el que, a querer o no y lo niegue quien lo niegue, es un parteaguas en la historia del México contemporáneo –y si no, que lo digan Enrique Peña Nieto y sus secuaces, quienes a partir de ese momento comenzaron a vivir una debacle que muy probablemente culminará el próximo 1 de julio–, pero sí es, a estas alturas de la impunidad, la simulación y las mentiras oficiales, el que de mejor manera expone la necesidad de alcanzar eso que pareciera una utopía en México: justicia.

De medianías

Entre los largometrajes mexicanos de ficción que exhibieron buenas facturas pero sin que les alcanzara para mucho más que el nivel de lo satisfactorio está Cría puercos, de Ehécatl García, la empática historia de una mujer de edad avanzada que se las ingenia para combatir a la soledad y lo consigue volcando su enorme capacidad de afecto en una marranita. Destaca la actuación de la septuagenaria actriz Concepción Márquez, en cuya capacidad histriónica se deposita el peso prácticamente total de la trama.

Por su parte, La negrada, de Jorge Pérez Solano, es un ejercicio fílmico en el que sucede algo atípico, pues hasta sus errores más crasos caen simpáticos, y la razón de que así suceda es que Pérez Solano decidió trabajar con un puñado de actores no profesionales que fueran verdaderos miembros de ese grupo étnico bien conocido, pero no reconocido y ni siquiera oficialmente nombrado, al que alude el título del filme: “la negrada”, nombre colectivo dado por ellos mismos, son los afrodescendientes que habitan sobre todo en las costas de los estados de Guerrero y Oaxaca, cuya cultura gregaria está a medio camino entre la asimilación al contexto mestizo y la preservación de ciertos rasgos particulares, manifiestos sobre todo en el habla, en la gastronomía y en ciertas usanzas maritales. Igualmente a medio tránsito entre la ficción pura y algunos guiños “documentalosos”, La negrada acierta, para empezar, por la frescura de su mirada hacia un México sempiternamente soslayado.

De bajada, como por ahí comentó un buen amigo cineasta y como coincidimos más de tres colegas de la crítica, el documental mexicano exhibe ahora claros signos de fatiga, repetitividad y obcecación en hacer del propio ombligo un asunto de imposible interés universal, verbigracia en los filmes Mi hermano, de Alana Simoes, que definitivamente no es más que la supuesta elevación a película de un archivo familiar videoasta, condición casi idéntica a la que balda otro trabajo titulado ¿Dónde estás?, de Maricarmen Merino Mora que, para peor, por momentos más pareciera pieza de proselitismo político.

(Continuará.)

 

 

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