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Artes visuales
Por Germaine Gómez Haro

Virginia Chévez: la espiral que se une a sí misma

 

Claro, oscuro

Vacío, lleno

Un respiro como suspiro

Al final, movimiento

Sumi-e, el Arte de la pintura japonesa

 

La pintura de Virginia Chévez (Ciudad de México, 1961) es la expresión silenciosa de un mundo interior de profunda espiritualidad. Es un camino de meditación a través del cual la artista busca aprehender las formas de la naturaleza para representarlas desde su esencia más profunda. “Antes de pintar un bambú, tiene que crecer dentro de uno”, evoca el poeta chino Su Dongpo. La pintura no figurativa de Virginia Chévez me remite irremediablemente a las tradiciones orientales del paisaje que reflejan el espíritu de contemplación más que el objeto contemplado. Pienso en el pintor chino-francés Zao Wou-Ki, el gran maestro de la abstracción lírica del siglo XX que dedicó toda su vida a “inventar la ligereza”, según sus propias palabras. Para él, la “ligereza” que buscaba estaba vinculada a la posibilidad de captar lo etéreo y plasmarlo en sus lienzos plenos de poesía. Intuyo en los trazos de Virginia, a un tiempo contenidos y explosivos, ese ritmo poético de la ligereza que hace hablar al silencio en un diálogo de colores y evanescencias. Sus finas pinceladas y brochazos gestuales son soplo y vida, uno y múltiple, yin y yang: mar-tierra-aire-fuego… Expresión de sus cosmogonías internas que devienen una prolongación de su búsqueda filosófica.

En el Museo de Arte Abstracto Manuel Felguérez en Zacatecas se presenta la exposición Azul tierra, de Virginia Chévez, como parte del homenaje por el noventa aniversario del maestro y las dos décadas de la fundación del museo. Las treinta y tres piezas reunidas en esta muestra son el resultado de años de trabajo riguroso que han dado como fruto un lenguaje pictórico muy personal que se caracteriza por la complejidad técnica que se percibe en cada pieza: capas y capas de pintura aplicadas con arrojo y delicadeza, con soltura y precisión, con la mente y con el corazón. Se palpa la voluntad de la artista por dedicarse intensamente a la experimentación y a la búsqueda incesante de variaciones sobre la misma técnica. Sus pinturas son mesuradas, sutilmente equilibradas y armoniosas, sensuales y elegantes en sus ritmos pausados y en su vaivén melódico de colores que se entreveran y denotan “cierta unidad del mundo visible con el invisible”, como canta un haikú de Matsuo Basho. Sus blancos satinados y suntuosos son destello lunar, en tanto que los naranjas y dorados sugieren el resplandor solar. Los azules que dan nombre a sus pinturas más recientes son rumor callado del vaivén de las olas que se confunde con el horizonte celeste. Virginia Chévez invita al espectador a emprender un viaje hacia la profundidad de sus lienzos. Bien decía Rothko que “el espectador debe moverse con las formas del artista, hacia adentro y hacia afuera, abajo y arriba, en diagonal y en horizontal […] adentrándose en huecos misteriosos y, si el cuadro es acertado, hacerlo a intervalos variables y relacionados entre sí. Sin emprender el viaje, el espectador se pierde realmente la experiencia esencial de la pintura”. Virginia nos presenta un mundo numinoso, cargado de una energía refulgente que salta a la vista del espectador-viajero que se aventure a explorarlo. Cada cuadro es una travesía por los paisajes sensoriales de esta artista que consigue impregnar de misticismo sus lienzos nimbados de gozo por la vida.

En la filosofía zen, la contemplación es la única vía de relación igualitaria entre el ser humano y la naturaleza. Dicen los filósofos zen que el instante en que el hombre contempla la naturaleza es el instante en que la naturaleza se hace consciente de sí misma. El arte de Virginia Chévez deambula por esos senderos: no es una línea recta que une mundos diversos, sino una espiral que se une a sí misma.

 

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