Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bemol sostenido
Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

David Byrne nos llega bailando

Baila mal pero baila bien, David Byrne. Se mece con la gracia de un elefante –un elefante muy cool– internándose en largas coreografías que terminan por sacar sonrisas, pues al tiempo que exhiben un alto poder simbólico resultan sumamente entretenidas. Decimos esto y nos sentimos bien, pues ya tenemos boletos para verlo en concierto. Viene subiendo por el continente y quienes lo han interceptado en Argentina, Chile y Brasil siguen aplaudiendo y haciendo reverencias. Dicen –todos y a la par juntos– que se trata de un “acontecimiento histórico para la música” (La Nación de Buenos Aires).

¿Por qué comenzar así, lectora, lector? Porque no podemos hablar de la gira American Utopia (primer disco de Byrne en solitario desde 2008) sin señalar la extraordinaria participación de la coreógrafa estadunidense Annie B. Parson en un espectáculo que pisará las tres principales ciudades de México en estos días (martes 3: Teatro Metropólitan de Ciudad de México; jueves 5: Auditorio Pabellón de Monterrey; sábado 7: festival Corona Capital de Guadalajara).

Fundadora de la compañía Big Dance Theater de Brooklyn, Parson se ha dado a conocer colaborando con bailarines afamados (Baryshnikov) y compañías emblemáticas (Martha Graham), pero también con músicos notables como David Lang, David Bowie y St Vincent. Para el primero dirigió a mil coristas en el Festival Mozart del Lincoln Center; para el segundo realizó aportaciones a Lazarus, pieza teatral en el Off Broadway neoyorkino; para la tercera conceptuó los movimientos escénicos en su tour 2014.

Dicho esto, era lógico que el exTalking Head recurriera de nuevo a Parson, quien también lo ayudara en el diseño de la exitosa gira Love This Giant de 2012, ocurrida al lado de la propia St Vincent. Claramente fue allí donde se gestó lo que el músico galés presenta ahora sobre el tinglado. Hablamos de doce músicos vestidos con elegantes trajes Kenzo de color gris, todos moviéndose libremente por un espacio en el que no hay tarimas, atriles, bases de micrófonos, cables ni parafernalia que pueda ensuciar sus recorridos. Para lograr esta limpieza, todos los instrumentos cuelgan de arneses tipo marching band conectados. Así, no sólo la guitarra y el bajo penden de los hombros de sus ejecutantes; lo mismo sucede con el teclado y con una sección percusiva nutrida en la que conviven congas, timbales y una batería fragmentada.

Rodeándolos en perímetro rectangular, una cortina que parece construida con cadenas plateadas funciona como dinámico telón de entrada y salida gracias al cual el grupo cambia de tamaño y dotación constantemente, permitiéndole al músico una teatralidad sin precedentes. Claro, quienes conocen su trabajo de tiempo atrás imaginarán con estas líneas que Byrne no ha hecho más que evolucionar unificando sus múltiples intereses y observaciones en torno al arte contemporáneo, la moda y la música como vehículo performático.

Desde sus inicios al son de “Psycho Killer”, el autor del libro Diarios de bicicleta consigue mantenerse en una búsqueda adolescente en la que las limitaciones juegan a favor, acaso porque nunca intenta forzarse en pos de un falso intelectualismo. En eso se parece a Bowie. Digamos que se le ve cómodo sin la ambición de dar algo más de lo que puede controlar a partir de la soltura y la curiosidad poderosa, pero natural. Esto es independiente de la sofisticación musical y del surrealismo lírico, dos características fundamentales en su repertorio y que se manifiestan brillantemente en American Utopia.

Álbum en el que conviven perros, puercos, burros, políticos y reflexiones sobre el movimiento del cuerpo y la composición musical, en su producción notamos los mejores rasgos de Byrne, amante de ritmos afro que se mezclan con programaciones y teclados retro, todo a la luz de curvas dinámicas basadas en una dramaturgia que llega al clímax en el tinglado. Allí percibimos, verbigracia, la influencia de creadores como Tom Zé, leyenda brasileña a quien Byrne rescatara del olvido gracias a los esfuerzos de su mítico sello discográfico Luaka Bop, en donde también impulsó a Susana Baca y Os Mutantes.

Así las cosas, ojalá que terminando estas líneas saque su teléfono a toda velocidad y consiga boletos para el advenimiento (hace una semana quedaban pocos). Estamos absolutamente seguros de que la utopía se hará presente –por un momento, al menos– otorgándole a la buena convivencia los más grandes poderes del bienestar que tanto se nos escapa en el día a día. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

comentarios de blog provistos por Disqus