Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bitácora bifronte
Usted está aquí: Portada / Arte y Pensamiento / Bitácora bifronte
Bitácora bifronte
Por Jair Cortés

Escuchar el silencio: Garcilaso de la Vega y Simon y Garfunkel

El silencio, la ausencia de sonido, o “la abstención de hablar” (como lo describe el diccionario), es uno de los temas que más nos seducen por su complejidad y su (aparente) carácter contradictorio: ¿cómo escuchar lo que no se oye? En una de sus famosas Églogas, Garcilaso de la Vega (¿?-1536) escribía: “Movióla el sitio umbroso, el manso viento,/ el suave olor de aquel florido suelo;/ las aves en el fresco apartamiento/ vio descansar del trabajoso vuelo;/ secaba entonces el terreno aliento/ el sol, subido en la mitad del cielo;/ en el silencio solo se escuchaba/ un susurro de abejas que sonaba .” Escuchados (más que leídos) con atención, los últimos dos versos endecasílabos presentan una imagen clara y precisa de la profunda calma que se alcanza en el locus amoenus, el tópico grecolatino que describe una fracción del Edén en la Tierra. Pero más allá de su ilusoria sencillez, los versos logran captar y reproducir musicalmente el sonido de esas abejas en pleno vuelo gracias a la utilización de palabras cuyo fonema predominante es la S. Resulta impresionante la sensibilidad que Garcilaso de la Vega poseía, así como su capacidad para representar por medio de las cualidades melódicas del español un suceso natural contenido en esta figura retórica conocida como aliteración.

Cuatro siglos después Paul Simon, en la década de los sesenta escribió “The Sounds of Silence” (“Los sonidos del silencio”), una de las canciones más famosas y representativas de la cultura occidental moderna en cuyo título, coincidentemente, también encontramos (en inglés y en español) el fonema S, que se convirtió en un melancólico himno de una generación que fue testigo de una utopía abatida por el sistema y que buscaba arengar al pueblo estadunidense para no perder la esperanza después del asesinato de John F. Kennedy: “Gente hablando sin hablar, gente oyendo sin escuchar […]/ Pero mis palabras, como silentes gotas, cayeron, haciendo eco en los pozos del silencio/ […] Y la señal dice: las palabras de los profetas están escritas en las paredes de los trenes subterráneos/ y en los callejones/ y susurradas en los sonidos del silencio.” También, en el final de la canción (“whispered in the sound of silence”) registramos la aliteración que reproduce el sonido de un susurro. Es esto lo que Ezra Pound llamó melopea, esa cualidad sonora de la lengua, la cual no se puede traducir pero puede ser compartida, como en este caso, por dos idiomas revelándose como una de las partes medulares de la poesía.

Ya sea en el siglo XVI o en el siglo XX, el arte nos recuerda algo que se olvida de manera recurrente: sólo si ponemos atención, sólo si volvemos a buscar en el silencio un estado consciente más que una carencia de ruidos, podremos escuchar su mensaje: aquello que queremos decirnos a nosotros mismos más allá de las palabras.

 

comentarios de blog provistos por Disqus