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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Guadalajara33 (III y última)

En este espacio no suele acudirse al cine comparado, pero hay ocasiones en que más allá de resultar inevitable –como pareciera ser en el caso de Mediomundo, aunque tantísimas veces lo haga sólo por el vicio de exhibir una memoriosidad sin mayor trasfondo, que muchos consideran lucidora–, asociar filmes deviene útil para lo realmente importante, es decir la película y no el discurso en torno a ella –contimenos el discursante.

Es posible que Másdeuno arquee las cejas, extrañado de que alguien pretenda hermanar, en cualquier sentido, a dos filmes tan aparentemente dispares como El caballo de Turín (Béla Tarr/Ágnes Hranitzky, Hungría, 2011) y Wiñaypacha (Perú, 2017), escrita, fotografiada y dirigida por Óscar Catacora. Para empezar, porque lo primero que un memorioso verá llegar a su mente sería la célebre, magnífica y hermosa Cuentos de Tokio, que el japonés Yasijuro Ozu filmó hace cinco décadas y un lustro, o bien alguna de las todavía escasas ficciones –el documental se cuece muy aparte al respecto– que América Latina produce en los tiempos recientes, donde el abordaje y la exposición del mundo y la cosmovisión indígena son al mismo tiempo el principal propósito de fondo y el primer punto de atracción visual y narrativo.

Este último es el caso del tercer filme largo de Catacora –los anteriores son El sendero del chulo, de 2007, y La venganza del Súper Cholo, de 2013–, quien fue apoyado por varios miembros de su propia familia: Hilaria Catacora es directora de arte, Tito Catacora es productor y, junto a Rosa Nina, Vicente Catacora es uno de los dos únicos intérpretes. Familia, colectividad y cultura ancestral tienen todo que ver aquí, pues los Catacora son campesinos que forman parte de la comunidad de Huaychani, en el alto Perú, donde Wiñaypacha fue filmada.

Para ser eternos, resistir

La información oficial del FICG33 indica “Eternidad” como la traducción del título, y puesto que uno desconoce el quechua tal vez sea correcto, aunque más bien viene a la mente el profundo concepto de “madre tierra” contenido en el vocablo pachamama, del mismo idioma. Y aunque “eternidad” no le viene mal como paraguas semántico a la historia que se cuenta, quizá le vendría mejor “resistencia”: de manera idéntica a como sucede con el padre y la hija de El caballo de Turín, el viejo matrimonio quechua de Wiñaypacha lo que hace de principio a fin del filme es resistir, y si bien la respuesta a la pregunta obvia sería “a la muerte”, no es nada más a la propia extinción física que esta pareja octogenaria opone su fuerza y su sencillez admirables sino, simultánea e inevitablemente, también a la desaparición de lo que ellos representan, es decir el mundo y la cosmovisión arriba mencionados.

Si además del padre y la hija, en El caballo de Turín los únicos seres vivos son una fugaz caravana de gitanos y el propio equino al que un día Nietzsche abrazara por el cuello, en Wiñaypacha los viejos sólo son acompañados por un pequeño rebaño de ovejas que un día infausto aparecen semidevoradas por algún depredador, así como por una llama a la que deberán utilizar como alimento en otra fase de la progresiva aniquilación a que la naturaleza está sometiéndolos. Por lo demás, en ambos filmes dicha naturaleza es elemento clave y no mero telón de fondo: agreste y reseca en el primero, fría en extremo pero deslumbrantemente bella en el segundo, el aspecto no altera su papel de ciego y neutro antagonista fundamental del ser humano, si como suele suceder abandona en cuestión de segundos el de proveedor munífico, aunque igual de neutro y ciego.

El resto no es ya sólo convergencia sino simultáneo juego de espejos, al menos en cuanto se refiere a las sensaciones que despiertan ambos filmes: desde la ansiedad subyacente en los dos casos, el primero se dispara –valga la paradoja– hacia el abismo, mientras los viejos de Wiñaypacha es como si cayeran pero hacia arriba, a la altísima montaña nevada que los tutela, los provee, los cobija y los ha preservado de un mundo exterior acaso más amenazante que las temperaturas extremadamente bajas, pero que también habrá de cobrarse, con sus cuerpos, un óbolo que ellos saben ancestralmente inevitable. Y si padre e hija de El caballo… apenas se dirigen la palabra y el rencor sordo puede asirse con las manos, la pareja quechua habla poco pero cada vez con el amor en la punta de la lengua, tocada por cierto de cuando en cuando, nada más lo indispensable, por la savia mítica de la hoja de coca.

Se dice de otras, pero a Wiñaypacha le aplica mejor que a muchas el término “entrañable” .

 

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