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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Lodos de aquellos polvos

El aspecto cuantitativo de la producción cinematográfica nacional, pingüe hoy en día, no ha marcado ninguna diferencia respecto de un déficit particular que, proporcionalmente hablando, no disminuye a lo largo de los años: siguen siendo demasiado escasas las revisiones al pasado reciente, entendido –quizá de modo un poco arbitrario, ya que sus fronteras son obvia materia de discusión– como el período que comprende las décadas de los años sesenta, setenta y ochenta del siglo anterior.

Habida cuenta de la abundancia fílmica que caracterizó a las décadas previas –es decir los cincuenta, cuarenta e inclusive los treinta–, puede tenerse la impresión de que hacia atrás del referido primer lapso no hace falta echar un ojo contemporáneo ya que, por decirlo así, el primer siglo mexicano cinematográfico se ocupó de sí mismo a suficiencia.

Errónea por principio, la idea de que una época dada, sea cual sea, es simultáneamente capaz de estar sucediendo y ser narrada y comprendida a cabalidad, ha provocado que las referidas décadas de los sesenta, setenta y ochenta –con énfasis mayor en las dos últimas– acabaran convertidas en una suerte de tiempo fílmico ignoto del cual se suponen cosas más que saberlas y, por ende, son más las imaginadas/deseadas que las filmadas. Añádase que fueron precisamente los años setenta y ochenta los que padecieron con mayor severidad, de manera creciente y sostenida, una crisis de producción que poco más adelante tocó fondo al no producirse ni siquiera dos decenas de filmes en un año entero, y el balance es desolador: lo que caracteriza a esta época son la escasez, el desconocimiento y la consiguiente incomprensión.

La perspectiva histórica

Dentro del medio, las dificultades para sacar adelante La 4ª compañía se volvieron proverbiales: años de preparación, arranque incierto, involuntarias interrupciones en el proceso, pausas que parecían interminables, huecos recurrentes en el presupuesto… pero finalmente la cinta quedó terminada y se exhibió por primera vez, hace un par de años, en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, donde obtuvo buen número de premios. Un año más tarde, es decir el pasado 2017, en la entrega de los Arieles, se convirtió en la ganadora indiscutible.

Codirigido por Amir Galván Cervera y Mitzi Vanessa Arreola, al filme le tocaría no obstante correr la misma suerte que otros galardonados nacionales, a nivel local o internacional: no importa qué tan buena pueda ser –y siempre será mejor que los petardos hechos pasar por cine “entretenido”, “para divertir” y demás justificaciones baratas con las que se le perdona la mediocridad a las martahigareadas y similares miasmas–, hace falta tener la paciencia de Job para llegar a cartelera comercial.

Resultado del buen funcionamiento en conjunto de un diseño de producción –vestuario, ambientaciones, props, etecé– más que eficiente para reproducir a nivel visual la época de los años setenta capitalinos de México, así como de un guión fiel a los modismos en particular y el habla en general de aquellos tiempos, la clave fundamental de la eficiencia de La 4a compañía es la perspectiva histórica que ofrece: visto desde el presente acanallado en extremo como éste que hoy vivimos, el fondo de la trama parecería materia de candidez: todo versa sobre el modo en que los reclusos del penal de Santa Martha Acatitla viven su internamiento punitivo, los delicados y potencialmente explosivos acomodos sociales que suelen generarse al interior de una cárcel –y, aquí, entre fajinas, vejaciones y constantes sueños de fuga, la conformación del entonces famoso equipo de futbol americano, “los Perros de Santa Martha”–, así como la utilización de las dotes delincuenciales de los internos por parte de las autoridades policiales, con el agriamente célebre Arturo el Negro Durazo por delante, para beneficio de estos últimos y mejor control de los primeros.

Exactamente al revés de lo que sugiere la frase “polvos de aquellos lodos” para hablar de los escasos restos de algo que un día fue y ya no es, hoy es fácil adivinar, en la complicidad pervertida entre una policía venal y un cuerpo de reclusos persistentemente envilecido, el germen del amasiato mayor entre la llamada clase política y el crimen organizado.

No está de más, entonces, insistir en la necesidad de que el cine adopte –para asumir así una pertinencia mucho más amplia que la elemental de “entretener”– una perspectiva histórica sin la cual los hechos del presente parecieran surgir de la nada.

 

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