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Las estaciones contrapuestas
'Como si no existieras', Susana Corcuera, Penguin Random House, México, 2018.
Por Gonzalo Sánchez de Tagle

Cuando en el campo se mira a la distancia dos pueblos cercanos, iguales como espejos, se podría preguntar por qué son dos y no uno. Estando tan cerca, hubiera bien valido la pena, en sus remotos inicios, unir sus calles y sus tradiciones. Compartir la iglesia, la clínica, la botica y la plaza. Pero los motivos del hombre y sus causas no encuentran razones, sino sentimientos y pasiones, que se convierten en destino. De ahí, como si fuera barro, el origen moldea los pensamientos y, de estar muy cerca, el tiempo los hace remotos.

Así la mente y así la vida, que se conjuga en estaciones contrapuestas, dualidades que no se reconocen mientras se miran a la cara. El laberinto de los caminos andados y la memoria del tiempo que ya se vivió, se exhiben con mayor nitidez que el presente carcomido; el futuro se construye de lo que fuimos y lo que somos. Hasta que se asume la conciencia y entonces se decide, si acaso, una nueva ruta.

Como si no existieras, la más reciente novela de Susana Corcuera, es un tributo a la naturaleza humana que cabalga siempre en pareja, como los dos pueblos de la historia, Colutla y Santa Úrsula, que en su unidad doble se colocan frente a la vida de secretos de la hacienda, o como en la personalidad de su protagonista que no quiere ser invisible, pero se resiste a ser visible. O en Catalina, cautivada por el pasado que no la suelta y que no transige en olvidar; que le teme a la nostalgia y en ella vive. En la identidad que se nutre de recuerdos de infancia y de un padre pretencioso que, aun muerto, no la abandona y la somete desde allá. En la duplicidad de ella y de su hermana se halla la mujer, en su piel y libertad. Y en su esposo que encuentra exhalaciones de su padre inquisitivo, sin querer.

El tiempo transcurre en una hacienda que decae, en sus muros desgastados y en sonidos que producen los espacios viejos, con historia. En el olor a melaza y noches de luna. También en el clima inhóspito que empapa la ropa y la adhiere al cuerpo, que hace pegajosas las ideas, con miedo a los insectos que portan la malaria. Es acuoso en las evocaciones a presas desbordadas y la putrefacción de los cuerpos que flotan tras la lluvia. Pero hay otro tiempo, paralelo: el de las tradiciones y leyendas. El pasado que se inserta en vocales y consonantes que pronuncia la gente sencilla del campo, con los tonos y las rimas, con proverbios populares, de siempre. En las creencias que se miran y los milagros que se tocan en los pies de la virgen fervorosa. En el cadáver del niño que anticipa la tragedia.

La pasividad de la hacienda y las cañas y el campo se interrumpe por las realidades constantes, inescapables. La costumbre a lo ordinario se ve quebrada por un ojo ajeno, extranjero, que busca encontrar sentido en leyendas y es fácil preguntarse si el hombre hace la circunstancia o es al revés. La violencia de la época, la nuestra, se clava como aguijón que, de a poco, desgasta el horizonte y resta vidas indiscretas, ambiciones comprendidas; el muchacho asesinado y el matón de treinta vidas que es víctima de sí mismo.

En Como si no existiera, los símbolos se alteran en momentos que no se anticipan. La resistencia a soltar el pasado está en el clima y en los espacios que ocupan quienes habitan la narración. La obstinación del tiempo añejo que regresa para serrar los pensamientos. En una vida de anticuario, las leyendas propias y ajenas cobran una intención trascendente. Hasta que los fantasmas, como en Hamlet, son preludio de definiciones precisas que precipitan un futuro diferente.

Fantasmas vaporosos y de carne y hueso se presentan en la vida de la Hacienda de Colutla para cambiar las realidades. El extranjero que busca leyendas para comprender verdades y la hermana que escapó de su mundo, para sumirse en uno más trágico y, por ello, más humano, turban el orden que vive entre los enigmas de su historia. Es ella, Catalina, la protagonista de ojos grandes, quien procura sus memorias. Pero siempre en el combate por retenerlas u olvidarlas.

La dualidad que se vive en Como si no existiera, las periferias que definen el centro y los contrastes que significan algo más que lo aparente, se interrumpe en su ciclo, para que ella, Catalina, se asuma como es. Un proceso humano, arduo. Un alumbramiento que trastorna su intimidad y a su familia. Se ve ella, discreta, como un retrato de Schiele. Un fantasma que vive.

Los pueblos que se miran cercanos no son dos espejos, sino realidades disímbolas que pujan por imponerse, cada uno, con sus espíritus. Un camino terroso conduce a la nostalgia o a la vida de quien ha decidido ser en soledad. Perseverar en la leyenda que moldea o alumbrar una historia propia. En la dualidad de los símbolos y emociones que impone la existencia, está Como si no existieras.

 

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