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Monólogos compartidos
Por Francisco Torres Córdova

Plegaria del (dis)capacitado

 

No todo el cuerpo está en mi cuerpo. De la lisa blancura de la nada o del súbito relumbre del prodigio, no llegué completo al relieve infinito de la vida. Un orificio inesperado en la membrana de una célula, un tropiezo de aire en los pulmones, la oscura ausencia de una proteína, un severo grumo en la tersura de la sangre, un nudo diminuto en una fibra que hace o deshace el pensamiento, una letra ausente o turbia en la doble espiral de lo posible, me dieron este cuerpo inacabado, suspendido en la distancia de sí mismo, apartado apenas un suspiro del centro que sería. Fue en el vientre de mi madre o más allá, tal vez en el agua inicial que pulsa en la materia, en el borde de esa lejanía, que no cerraron los arcos de mi espina y llevo adentro desde entonces la intemperie, atrapadas las rodillas, dura de agua y grande la cabeza; fue ahí también que no brotaron mis brazos sino una sola mano izquierda con un dedo siempre inquieto y curvo con su uña amarillenta, resuelto a todo sin embargo y al cabo poderoso; o los ojos sanos en sus cuencas, pero roto o deshilado el nervio lazarillo de la luz que no la vierte en la mente y la memoria. Incluso estos huesos que a veces no resisten siquiera el peso de sí mismos y uno a uno se desprenden o se quiebran, palillos de cristal mis piernas y costillas que se agolpan en mi pecho, me triangulan el rostro, me hunden el cuello, me sesgan la mirada. En ese cuenco delicado de atmósfera rojiza, en ese mismo cántaro de hoy y de milenios, disipó el silencio las primeras resonancias del mundo en mis oídos y canceló en mi lengua las palabras que diría. Fue ahí, tal vez cuando era en ciernes un contorno transparente a la deriva, o más tarde ya quizás el vago rumor de una persona, que ocurrió el temblor que haría los espasmos de mis miembros y mi voz desatinada, por una cicatriz o dos o tres que dejaron un minuto o dos o más de asfixia en mi cerebro, esa precaria eternidad que aún me paraliza. Tantos cuerpos inconclusos soy y tanto me llenan cada uno sus carencias. Los vivo a todo corazón, atado a una silla soberana en el portento de sus ruedas, o al ritmo blanco de un bastón que marca mis pasos en banquetas, muros y pasillos, al mismo compás que aflora en la punta de mis dedos y el prisma del olfato la escritura de las cosas; o ceñido en un corsé de yeso, acero y voluntad, confiado a las poleas, argollas y palancas que de día despliegan la tramoya necesaria a los sueños que me sueñan. Poco a poco y mucho vengo de lejos en la hondura de mi cuerpo trastocado y tan despacio jamás podrás saberlo, de la sombra incesante del dolor que encarna en el alma su instrumento, el arco que me tañe, la gubia que labra minuciosa el caos de mi figura, a no morirme adentro en la red de mis vacíos; de la madeja de sondas, bacinicas y paños, embudos y escalpelos; de trombos y caídas y parches, arneses, soledades en racimo y desahucios en cadena tramados en un tiempo múltiple y sinuoso, recóndito y oblicuo al tiempo que conoces, a ponerme a salvo de mi lástima y la tuya. Porque soy capaz de la vida ya lo ves a pelo y contrapelo, te convoco la mirada y me acerco a que te acerques. Sé que si me miras de frente crees que no te reconoces, y si me miras de lado soy tu imagen contrahecha en el ángulo secreto de tu espejo. Soy lo que a ti no te falta y si te palpas y lo sabes te sosiega. Soy entonces yo quien te completa.

 

 

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