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Otro mosaico tolstoiano
'Así era Lev Tolstói (II)' de Selma Ancira, Acantilado, España, 2017.
Por Andrea Tirado

El segundo volumen de Así era Lev Tolstói cumple la promesa anunciada en el primero de esta serie dedicada al enorme autor ruso, pues se trata de otra pieza del mosaico que va completando el retrato del escritor. La traducción de Selma Ancira da voz a Sofía Andréievna Tolstaia, esposa de Tolstói; al pintor Ilyá Repín; al periodista y escritor Tokutomi Roka, y al escritor y dramaturgo Valeri Yákolevich Briúsov. Como en el primer volumen, el conjunto de textos, aunque diferentes entre sí, resultan complementarios y tienen en común ser testimonios que dibujan esta otra biografía, realizada por biógrafos nuevamente involuntarios.

El primer relato es el de Sofía Andréievna. Su testimonio comienza con el viaje que realizó con su familia a Ivitsy, donde conocerá a Tolstói. El relato, pincelado por la inocencia de la joven de dieciocho años, describe las sensaciones suscitadas por el paisaje: “el camino por los bosques era tan pintoresco y tan nuevo, tan vasto y tan inusual para nosotras”; así como momentos sencillos pero significativos en la construcción de una vida conyugal, como “el agradable e íntimo acto de tender una cama juntos”.

A pesar de enfrentarse a un Tolstói maduro de treinta y cuatro años y ya reconocido como escritor, Sofía es también testigo de un Tolstoí tímido e introvertido. Lev Nikoláievich tuvo que recurrir a la escritura para poder expresar lo que sentía por ella al ser incapaz de decirlo en persona: “Su juventud y necesidad de felicidad me recuerdan demasiado vivamente mi vejez y la imposibilidad de conquistar la felicidad.” Gracias a este relato, somos testigos del apasionado amor del escritor, quien transgredió la tradición rusa que ordenaba pedir en matrimonio a la hija mayor.

El texto culmina con el día de la boda; el lector sentirá las emociones experimentadas por Sofía ese día, y para saber cómo lo vivió Tolstói, bastará con prestar atención a la descripción de la boda de Kitty en Anna Karénina. Este relato inaugural es el recuerdo de una decisión tomada a los dieciocho de edad, que duró cuarenta y ocho años de vida conyugal.

El siguiente escrito es el de Ilyá Repin, destacado pintor y escultor ruso, a quien se le atribuyen varios retratos del escritor. De la intimidad matrimonial, el lector es llevado al dominio de lo artístico y espiritual. El testimonio de Repin revela otro tipo de intimidad, la del aura espiritual que rodea al escritor. El pintor describirá a un Tolstói que ya vivía en Yásnaia Poliana, y al cual pudo comparar con el Tolstói que conoció en Moscú. El escritor de Yásnaia vivía con sencillez y humildad, coherente con las ideas que preconizaba; pero es también un Tolstói que, a pesar de la sencillez, nunca dejó de tener una presencia imponente, inquietante y apasionante.

Repin acompaña a Tolstói durante una temporada, por lo cual es testigo de la preocupación que tenía el escritor por ayudar a los menos favorecidos; prueba de ello son los grandes comedores organizados por Tolstói durante la hambruna del invierno de 1892 en la provincia de Riazán. Es también un Tolstói que se entrega ante la belleza –la simplicidad– de la vida, como el sublime paisaje que la naturaleza ofrece y al cual no siempre se le presta atención.

Como en el primer volumen, Así era Lev Tolstói (II) también transcribe el testimonio de un extranjero, y en esta ocasión se trata del japonés Tokutomi Roka, seudónimo literario de Kenjiro Tokutomi, escritor y filósofo cristiano japonés. Tokutomi fue tan admirador de la escritura y enseñanza de Tolstói que decidió viajar a Yásnaia Poliana para conocerlo, aunque fuera “solamente una vez”. El Tolstói de Tokutomi, en continuidad con el de Repin, es el escritor de personalidad imponente pero sencillo en su manera de vivir. Es, sin embargo, un Tolstói más anciano y por tanto más consciente de la muerte, en la cual no encuentra miedo, sino una natural liberación.

Tokutomi describe a un escritor que, aunque aislado en su hacienda, no permanece ajeno al mundo en el que vive. La conversación transcrita por el escritor japonés manifiesta el vasto conocimiento de Tolstói, así como su insaciable interés, pues inquiere constantemente sobre la situación política en Japón, la relación entre agricultura, industria y comercio, la literatura y vida espiritual japonesas, entre otras cosas.

Los intereses primordiales del escritor se manifiestan en la discusión sobre los escritores contemporáneos rusos. Tolstói asegura que al que más aprecia es a Dostoievski; otros como Merezhkovski, Chéjov y Gorki, a pesar de tener talento, carecerían, según él, de “una mirada que penetre en la vida humana”, dando a entender que lo esencial en la escritura –quizás incluso en el arte y en la vida– es penetrar en lo más profundo del ser humano.

El volumen concluye con el relato Valeri Yákolevich Briúsov, quien junto con Iván Ivánovich Popov acuden al funeral de Tolstói en calidad de delegados del Círculo Literario-artístico de Moscú. Este es el único testimonio que no describe al escritor en vida. Se percibe entonces la trascendencia más allá de su estancia en el mundo, la huella de la escritura de Tolstói que hace que perviva cada que alguien lo lea.

Los relatos que componen este segundo volumen están organizados en forma cronológica, desde la boda de Tolstói hasta su funeral. Se retrata a un Tolstói que va cambiando y evolucionando en su manera de ser y de pensar. Por otra parte, al estar escritos en primera persona, el lector tendrá la impresión de ser él quien dialoga con Tolstói, quien lo ve cabalgar o bañarse en el río Voronka. De este segundo volumen solamente se puede esperar que siga otro para continuar construyendo el retrato de este grande de la literatura porque, en efecto, como se manifiesta en el último relato, es en su ausencia física, en esa suerte de presencia espiritual a través de sus escritos, que la memoria de Tolstói seguirán cautivando eternamente a quien lo lea.

 

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