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Artes Visuales
Por Germaine Gómez Haro

Tarsila Do Amaral y el modernismo brasileño

 

Hacia finales del siglo XIX y principios del XX, numerosos artistas latinoamericanos viajan a Europa y se vinculan con los movimientos de vanguardia, especialmente en París, Barcelona y Berlín. Es ahí donde abrevan en las nuevas propuestas, como el expresionismo, el cubismo, el dadaísmo, el futurismo y el surrealismo. Sus obras y manifiestos insisten en la autonomía del arte y se alejan de la pintura y escultura como modos de representación de la realidad. De regreso a sus países de origen devienen protagonistas de las escenas artísticas locales y creadores de las modernidades regionales latinoamericanas. Tal es el caso, por ejemplo, de Diego Rivera y Roberto Montenegro en nuestro país; en Brasil, Tarsila Do Amaral (1886-1973) es la pintora emblemática que por primera vez ha sido motivo de una gran exposición individual en Estados Unidos, en el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA): Tarsila Do Amaral. Inventando el arte moderno en Brasil.

El arte moderno y contemporáneo brasileño goza de prestigio y reconocimiento a nivel mundial por sus valiosas aportaciones estéticas y plásticas. Sin embargo, llama la atención que nunca antes se haya puesto la merecida atención en Tarsila quien, sin duda, fue la piedra de toque de la vanguardia en ese país, al lado –o más bien, por encima– de sus también célebres contemporáneos: Anita Malfatti, Emiliano Di Cavalcanti y Cândido Portinari. Por esta razón, la actual exhibición en el MoMA ha dado mucho de qué hablar. Tarsila creó un lenguaje propio que no tiene parangón, toda vez que su arte abrió la brecha al debate sobre la diversidad racial y la revaloración de los valores autóctonos en ese país, en un momento en el que la sociedad tenía puesta su mirada en los modelos europeos y reinaba la discriminación y el rechazo a lo propio. Temas que un siglo más tarde penosamente siguen vigentes en algunos ámbitos de los países latinoamericanos.

Tarsila creció en el seno de una acaudalada familia de terratenientes que producían café en plantaciones cercanas a Sao Paulo. En 1920 viajó a París a estudiar arte en la Académie Julian y tuvo la fortuna de ser pupila del grabador Émile Renard y de Fernand Léger, cuyas figuras tubulares se vislumbran en sus pinturas tempranas, las cuales son evocación de los paisajes idílicos y exuberantes de su tierra natal, plasmados en un lenguaje naif, diríase casi folclórico. Pero París la “contaminó de ideas revolucionarias”, según sus propias palabras, y en 1923 pinta La negra, retrato estilizado y simbólico de una trabajadora de la hacienda familiar que rompe con todos los cánones convencionales de representación, e inaugura el tema de las raíces autóctonas hasta entonces vetado por la sociedad brasileña que inclusive lo consideraba de “mal gusto”. Se trata de un desnudo femenino de proporciones exageradas que lo dotan de una fuerza física descomunal, lo que se podría interpretar como el deseo de la pintora de poner en evidencia la fuerza de la raza negra. El rostro más bien grotesco, totalmente alejado de los cánones de belleza clásica, recibe los elogios de Léger quien la considera una artista atrevida y original. En la exposición que reúne un nutrido corpus de su quehacer artístico, sobresalen sus tres pinturas más destacadas, obras maestras paradigmáticas del modernismo brasileño: La negra, Abaporu (1928) y Antropofagia (1929). Abaporu (que significa en la lengua tupi-guaraní “el que come personas”) fue pintada como regalo a su marido, el poeta Oswaldo de Andrade; es una inquietante figura desnuda en actitud meditabunda cuya cabeza es muy pequeña y sus manos y pies totalmente fuera de proporción. Inspirado en este misterioso personaje que Tarsila considera la fusión de las lecciones aprehendidas en Europa y su necesidad de rescatar sus raíces indígenas para propiciar la emancipación racial y política, De Andrade lanza el Manifiesto Antropófago, que pugnaba por el resurgimiento de la cultura brasileña a partir del “consumo” y la “digestión” de las influencias externas. De esta propuesta revolucionaria y renovadora surge la también multicelebrada pintura Antropofagia.

“Quiero ser la pintora de mi país”, escribió Tarsila en los inicios de su carrera y su sueño se hizo realidad. Cuando murió, a los ochenta y dos años, se había convertido en una de las creadoras más importantes en la historia de su país y, por ende, de toda América Latina.

 

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