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Biblioteca Fantasma
Por Eve Gil

Woody londinense

 

si uno está destinado a la grandeza resulta preocupante

que esta haya pasado de largo…

Adam Thirlwell, Estridente y dulce

 

 

Jorge Luis Borges decía que toda novela, en el fondo, es una novela policíaca. Adam Thirlwell, que con seguridad leyó al argentino, le da un ligero vuelco a la frase: en el fondo, toda novela es una novela cómica. En su nombre podría agregar: no toda comicidad tiene como fin la carcajada… mucho menos si se es de origen inglés, cuna mundial del humor fletico. A eso habría que agregar que tanto Thirlwell como el protagonista sin nombre de la novela Estridente y dulce (Anagrama, Panorama de narrativas, Barcelona, 2017, traducción de Aleix Montoto), son judíos. Eso justificaría la sensación de estar ante una versión londinense de Woody Allen… millenial, además… Nacido en 1978, el mismo Thirlwell correspondería a esa generación que, como todas las generaciones, se define más por sus deficiencias que por sus logros, ignoro el motivo.

Thirlwell publicó su primera novela, Politics, a los veinticinco años y obtuvo el Betty Trask Award a la primera mejor novela británica de 2003. Las revistas Granta, del Reino Unido, y Lire, de Francia, lo incluyeron en sus respectivas listas de los mejores jóvenes novelistas europeos. El que nos ocupa es el quinto título de su producción, cuyo protagonista y narrador es la quintaescencia del treintañero de principios del milenio, casi una parodia cruel y, no obstante, con una gran capacidad de observación e interiorización que escapa a la filosofía. Más cercano a los cuarenta que a los treinta, Nuestro Héroe –por llamarle de algún modo, ya que nunca conocemos su nombre– no sólo continúa viviendo con sus padres, al estilo de sus predecesores (Generación X, nos llamaban): se ha llevado con él a su esposa Candy, que debe tener más o menos su edad. Al instante de arrancar la trama, Nuestro Héroe ha abandonado un empleo estable para consagrarse a una recién descubierta vocación artística. La situación alcanza el máximo nivel de absurdo cuando, ya muy avanzada la narración, caemos en cuenta de que Nuestro Heroe no ha mencionado cuál es esa vocación. Pareciera, por momentos, que es escritor…o pintor…o un poquito de todo. Nunca lo vemos escribiendo una novela, pintando un cuadro, componiendo una sinfonía. Pasará mucho antes de que confiese que su máxima aspiración es hacer de su propia vida una obra maestra. Y las obras maestras, las literarias al menos, son complejas, caóticas…trágicas, de preferencia, y esta novela comienza segundos después de que su existencia, que transcurre como un riachuelo, se trastorna. Acaba de despertar al lado de su mejor amiga, en la cama de un hotel. Sale a tomar aire, a despejarse la mente con un café. Trata de recordar cómo llegaron ahí. Habrá de pasar un rato antes de que se percate de que la joven ha dejado un charco de sangre sobre la almohada.

No se trata de una novela negra, como pudiera suponerse. Romy no muere, nadie ha encajado un cuchillo en su cabeza… ha sufrido una hemorragia nasal como consecuencia de una infortunada mezcla de sustancias, porque los personajes no emplean las prototípicas mariguana o cocaína –parecen como pasadas de moda– sino cocteles de fármacos diversos en dosis muy específicas. La consecuencia del incidente con Romy, es que Nuestro Heroe se obsesiona con ella… se enamora, aunque sin dejar de querer a Candy, que sin ser una yonqui se porta como tal, como quien contempla la vida desde un palco. Candy y Nuestro Héroe coinciden con Romy y con su novio, Epstein, en lo que pareciera una fiesta de parejas, nueve personas donde sólo sobra Hiro, el mejor amigo del narrador, que siempre va solo. Es Hiro que, con lo que pareciera una inocente y hasta jocosa propuesta, le da una segunda vuelta de tuerca a la historia, “¡hagamos una orgía!”, y dos chicas no lo piensan dos veces para quitarse la ropa. N. H y Candy terminan participando en un cuarteto con Romy y Epstein, y presenciar cómo Romy “interactúa” con Candy incrementa la obsesión del narrador por aquélla.

El narrador, melancólico y aburrido –más lo segundo– se deja llevar como un niño de la mano del bonachón Hiro, que llega a ser truculento cuando está aburrido o muy drogado. Una espiral de sucesos habrá de trastocar irremediablemente la existencia del protagonista, que es capaz de exponer y justificar cada acto con prístinas claridad y convicción, más propias de un rabino que de un filósofo. El principal talento de Adam Thirlwell consiste en la infinita capacidad de impregnar de sentido los hechos más vacuos, cualidad que Enrique Vila Matas ponderó en su faceta de ensayista.

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