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Cuarenta y siete mundos*
'Prolongación de la noche', Ignacio Solares, Alfaguara, México, 2018.
Por José Ramón Enríquez

Pocos meses faltan para que se cumplan cincuenta años de mi primer encuentro con Ignacio Solares. En otras ocasiones me he referido a ese momento mágico en el cual un joven dramaturgo (Ignacio) invita a un actor joven (yo mismo) a encarnar dos personajes suyos en la escena. El ritual teatral deja marcas indelebles, sobre todo cuando comienza a vivirse. Habíamos nacido ambos en 1945, lo cual estrictamente nos situaba en la misma generación, compartíamos la misma fe en mucho de lo relativo tanto al más allá como al más acá y se trataba de dos obras breves (El problema es otro y El jefe), las primeras de su autor, que señalaban ya algunos de los derroteros por los que habría de transcurrir toda su obra en las décadas siguientes.

Por eso, al leer su recientemente aparecido volumen de relatos Prolongación de la noche, la memoria me traslada a aquellos días. Sobre todo porque uno de los textos, hoy en versión narrativa, ya había sido llevado por mí a escena en su versión dramatúrgica con dos actores extraordinarios. Uno, de nuestra generación, el maestro Miguel Flores, que sigue brillando y haciendo brillar el teatro mexicano, y otro que prometía muchísimo, Xavier Rosales, pero que se cruzó a destiempo con la muerte. Como aquella obra teatral, Los mochos, en esta versión, se refiere a lo que hubiese ocurrido si José de León Toral, en lugar de dar el balazo fatal al general Obregón, hubiera atravesado el dibujo que le había hecho y en ese momento le mostraba. El gusto por modificar la historia en su imaginación y replantear el país desde otras perspectivas es una de las constantes de Ignacio Solares.

El realismo aparente, subrayado por su oído para el habla cotidiana, suele ser reventado desde dentro con un giro, con una sola palabra, con un guiño al lector, con las trasposiciones a mundos paralelos que fascinaran al recientemente desaparecido Stephen Hawking tanto como a uno de los autores que más han influido en Solares: Julio Cortázar.

Por ello creo válido parafrasear (así como Cortázar en homenaje al otro Julio llamó a uno de sus libros La vuelta al día en ochenta mundos), jugar al cambio de título de Prolongación de la noche de Solares por “Cuarenta y siete mundos”. Porque son cuarenta y siete los relatos y cada uno es un mundo en sí mismo.

Pero no iría más allá del juego porque el insomnio, como condena a un Sísifo contemporáneo, es el espacio y el tiempo para la creación de los cuarenta y siete relatos. Cada uno de ellos es, por lo tanto, una Prolongación de la noche, como atinadamente nombra el autor a su volumen. Quizás los sueños del insomne sean los más punzantes, como la asfixia del enterrado vivo en una pesadilla que se convierte de pronto en la apnea de quien despierta incapaz aún de respirar.

Desde el relato breve cuyo humor nos recuerda las greguerías ramonianas que tanto gustan a Solares hasta el relato desgarrador, de largo aliento, donde se cruza el alcoholismo (otro de los temas centrales de quien es el autor de Delirium tremens) con la búsqueda del padre más allá de los confines de la muerte. En todos, la irrupción de la otredad, ya sea la que nos habita, ya sea la encontrada al viajar, como Alicia, hacia el otro lado del espejo.

Prolongación de la noche son cuarenta y siete mundos que forman la galaxia personal de un escritor imprescindible en nuestras letras.

 

*Reseña originalmente publicada en La Jornada Maya, el 28 de marzo de 2018

 

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