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'El tráfago del mundo'. Notas sobre un epistolario de Octavio Paz

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Era previsible que una de las vetas posteriores a su muerte en el estudio de la obra y la persona de Octavio Paz fuera el trabajo sobre sus epistolarios, en especial los que estaban en archivos oficiales, tanto de la Secretaría de Relaciones Exteriores como de instituciones, editoriales y organismos con los que él tuvo relación. En el caso de los oficiales, es probable que estén en los archivos y se tenga acceso a ellos y, en la medida en que la heredera de los derechos, Marie José Paz lo autorice, se puedan ir conociendo. Como ocurre con Alfonso Reyes, el tiempo irá mostrando el valor de ese material como parte de la historia cultural, literaria y política de México. Actualmente se han publicado en libro los de Reyes-Paz, las cartas de Paz a Segovia, Jean Clarence Lambert y Pere Gimferrer (han aparecido muchos en revistas y suplementos parciales que no se pueden considerar sino muestras de futuros estudios. En esa multiplicidad hay diferencias de grado e importancia y también en la preparación de las ediciones, a veces sin una mínima notación).

Es el caso de los dos epistolarios aparecidos recientemente, con José Luis Martínez y con Jaime García Terrés, dan el tono de lo que se puede considerar ya un aspecto atmosférico general de esas correspondencias: la asombrosa actividad y capacidad de trabajo de Paz en relación con la promoción de la cultura mexicana y de su propia obra, así como su búsqueda para abrir ventanas para nuestra literatura, presentando a personas, introduciendo y traduciendo obras, haciendo publicar textos, promoviendo publicaciones y exposiciones. Es evidente que Paz es un motor activo e intenso de nuestra cultura como tal vez no ha habido otro en la historia del país (otra vez la comparación inevitable: Alfonso Reyes fue, creo yo, menos generoso y amplio de miras, menos “moderno”, y por lo tanto menos multidisciplinario).

Paz en su periplo viajero está atento a las culturas de sus lugares de residencia –ya conocemos la importancia de sus estancias en Japón e India–, lee las re-vistas a su alcance, promueve el arte mexicano, sugiere invitar artistas, escritores y pensadores, provoca afinidades, facilita surgimiento de amistades, polemiza, crítica, afirma y colabora en prácticamente todo proyecto de importancia en México en los años cincuenta y sesenta (cuando está fuera) y es factor revulsivo cuando regresa al país. Evidentemente –y los dos epistolarios, el de Martínez y el de García Terrés, son ejemplo de ello–, la actividad a través de la correspondencia es mucho más intensa cuando está fuera del país, porque es la manera en que puede seguir no sólo en contacto sino incidiendo en el devenir cultural.

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Se ha dicho innumerables veces que Paz, cuando regresa al país y planea Plural, hace equipo con una generación más joven. No Alí Chumacero, José Luis Martínez o el propio García Terrés, sino Carlos Fuentes, Tomás Segovia, y –sobre todo– la generación de La Casa del Lago. Sin embargo, García Terrés sí está cerca de la revista a través de sus colaboraciones y, después de Plural, en Vuelta, a través de la participación activa de su mujer, Celia García Terrés, pieza clave en la organización de la publicación desde su fundación. De hecho, García Terrés realizó, desde la Universidad Nacional Autónoma de México, la mejor revista mexicana oficial que ha existido, y ha fijado el modelo para muchas de las revistas del último cuarto del siglo xx. Y más allá de su independencia Plural primero, y Vuelta después, siguen muchas de las pautas marcadas en los años sesenta (más de la mitad de las cartas del volumen giran en torno a la colaboración de Paz con la revista y con la imprenta universitaria).

Ese es un detalle subsidiario de lo señalado líneas arriba: la relación de Paz con sus editores a partir de cartas –es el caso de, Orfila, Lambert y Gimferrer. ¿Existirán las cartas con Diez Canedo? La construcción paralela de una obra y una figura pública surge de esos documentos. Y, no poco importante, la manera de ganarse la vida como escritor. Paz estuvo muy lejos de ser un escritor profesional, en el sentido en que lo es ahora, por ejemplo, Mario Vargas Llosa. Sus libros nunca se vendieron tanto como para permitirle vivir de escribir ni los premios, que llegaron tarde, lo liberaron (aunque ayudaron) de la necesidad material de ganarse la vida. Por eso es importante entender el contexto en el que en sus cartas constantemente habla de lo que se le pagará por textos, traducciones y libros. La situación entonces era distinta y en cierto sentido mucho mejor que la actual: el escritor cobraba, poco o mucho, por sus textos, por sus traducciones, prólogos, colaboraciones y libros. Ahora casi siempre es trabajo gratuito. Por otro lado, Paz pide a la Revista de la Universidad un pago, cosa que no creo que hiciera a la Revista Mexicana de Literatura (publicación independiente), pues dis-tingue fácilmente entre las condiciones de una y otra. Lo que ahora puede mal que bien cobrar un escritor se debe en buena medida a la lucha por dignificar el oficio que Paz realizó en aquellos no tan lejanos años sesenta del siglo pasado.

Por ejemplo, son sintomáticas las menciones de Ínsula y Papeles de Son Armadans en España y de Sur en Argentina, revistas activas y con alguna, aunque mínima (sobre todo las españolas) incidencia en la cultura panhispánica. Paz envía sus colaboraciones a varias revistas con la finalidad tanto de ser mejor remunerado por sus escritos como de tener una presencia que exceda las fronteras mexicanas. Por un lado, se daba cuenta de los altos niveles cualitativos de la literatura escrita en español –Borges es el caso más evidente– a la vez que lo desesperaba el papel secundario que tenía en el panorama internacional (y que el boom no solucionaría). En García Terrés ve un escritor con ambiciones, un funcionario de altos vuelos y, tal vez lo más importante, un cosmopolita capaz de traducir a los griegos, de leer en varios idiomas y de estar “enterado” de asuntos diversos más allá de la esfera literaria. En ciertos momentos habla, y es una lástima que no lo desarrolle, de la diferencia ética del escritor y el funcionario. Llama la atención, al menos me la llama a mí, que Paz nunca viera que en él también había esa contradicción latente, pues ser miembro del servicio diplomático era también ser funcionario, y –dicho sea en su honor– que el arte mexicano le debe mucha de su presencia internacional a su labor.

Esa contradicción reventó de manera visible en 1968, con la salida de Paz de la embajada de México en India y su protesta contra la represión contra los estudiantes. Mientras Paz estuvo fuera del país, las cartas fueron una manera de estar aquí sin estarlo, y no sería errado ver en su carta de renuncia a la embajada el cierre de su período epistolar. No es que después no las siguiera escribiendo cartas, seguramente lo hizo, sobre todo a escritores de otras latitudes e idiomas (que espero que vayan apareciendo con el tiempo), sino que tenían una intención inversa: seguir presente allá cuando estaba acá. El Paz epistolar es la vez un hombre del siglo xviii y un hombre contemporáneo, un moralista y un creador de su tiempo, y ambas cosas convergen en la carta de renuncia.

Aventuro una hipótesis difícil de demostrar: Paz fue visto, en sus años de itinerancia fuera del país, si no con desconfianza, sí con distancia por los estamentos políticoculturales del México de entonces; a la vez, los escritores más jóvenes, que lo admiraban y lo respe-taban (Fuentes, Segovia, García Ponce) parecían es-perar de él un gesto de distanciamiento definitivo e independencia con el sistema político que él describió tan bien en El ogro filantrópico. Ese gesto fue su protesta contra la represión y se materializo, más que en su ensayo Posdata, en la carta mencionada.

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Ahondemos un poco en la carta no como instrumento reflexivo sino en su parte más evidente de comunicación elemental: se piden y se ofrecen cosas. Colaboraciones para una revista, textos para una editorial, se pone en contacto con intelectuales y escritores a los amigos que pueden dar alguna ayuda, se solicitan favores. En ciertos epistolarios, Paz parece estar sólo preocupado por obtener esos favores y ayudas para sí, pero también, y esto se ve bastante bien en El tráfago del mundo, pide ayuda para otros –es buen ejemplo el caso de José Bianco, a quien admiraba y quería y con quien hay un epistolario. Paz pide, pero también da, libra una lucha individual pero también una colectiva. En una de las cartas menciona a Jaime García Terrés una visita a Roma, acompañado ya de Marie-Jose, donde pasa un día hablando con Diego de Mesa, Juan Soriano, Carlos Fuentes y su mujer de entonces, la actriz Rita Macedo. ¡Lo que uno daría por haber asistido o tener grabada esa conversación! Las cartas de Paz dan pistas evidentes de los aconteceres políticos y cultu-rales, para poder reconstruirlos, pero también deja pistas de esos otros aconteceres más personales y que más que reconstruir tendremos que imaginar.

De esos segundos aconteceres, más importantes para la literatura que los primeros, da alguna cuenta el apéndice, que incluye algunos textos públicos –es decir: publicados– entre Paz y su interlocutor. La edición de El tráfago del mundo se debe a Rafael Vargas, que la compiló, anotó y prologó con tino (al menos para mi gusto, que no suele coincidir con la metodología académica al uso). El apéndice se abre con un texto en el que Paz tercia en una discusión sobre el estudio que García Terrés dedicó a Gilberto Owen, Poesía y alquimia. Dicho texto, junto con la respuesta de García Terrés, puede ser visto de distintas maneras. La más superficial es que Paz lo haya escrito para mediar entre las opiniones de amigos y colaboradores de Vuelta, directamente Aurelio Asiáin (durante años jefe de redacción de la revista) e indirectamente Tomás Segovia (fundador de la revista), con lecturas que rechazan la interpretación propuesta en el libro. Lo importante es que Paz señala una verdad meridiana: el estudio sobre Owen es el más ambicioso hecho hasta ahora sobre una figura particularmente elusiva de la literatura mexicana y el menos comprendido de los Contemporáneos. Es cierto, como dice Paz, que el lamento de Segovia por el olvido en que se le tiene es más fruto de esa tendencia a plañir que tenemos los críticos, y que Owen no ha sido y nunca fue olvidado, pero yo creo que, a pesar de los esfuerzos divergentes de Segovia y García Terrés, no ha sido bien comprendido. No me detendré en el asunto sino para señalar algo para mí evidente: el esoterismo que García Terrés propone en su lectura de Owen tiene raíces en la propia obra del sinaloense por su lectura de Eliot (pero esa es materia de otro momento).

Rafael Vargas no señala dónde se publica el texto de Paz, y sí el de García Terrés, pero supongo que ambos fueron publicados en Vuelta. La hipótesis de que Paz tercia en una discusión no me parece descabellada; muchas veces lo directores de revistas tienen que hacerlo para limar asperezas y resquemores por ideas encontradas entre sus colaboradores. Debo agregar que la literatura mexicana es, en muchas de sus figuras centrales, de piel muy delgada; lo fue Alfonso Reyes y lo fue el propio Paz, que no aceptaban con facilidad las críticas. En todo caso, la amistad entre Paz y García Terrés no parece haber sufrido gran cosa y él siguió co-laborando en la revista. El apéndice se cierra con un poema-traducción (de Blake) hecho por el último mencionado en homenaje a Paz por sus setenta años, una afectuosa reseña de la poesía reunida de García Terrés por Paz y una última página en la que el autor de Piedra de sol lamenta la muerte del amigo.

El conjunto ¿cambia la perspectiva de lectura sobre la obra de Paz? No, en todo caso la reafirma, pero le aporta matices. Como sucede con la mayoría de los epistolarios publicados de Paz después de su muerte, incluyen sólo las escritas por el gran poeta y no las de sus corresponsales. Si es una decisión editorial es una lástima y un error. Habrá que esperar la publicación de las cartas-respuesta de García Terrés, si es que se conservan, para preguntarse lo mismo sobre el autor de Las manchas del sol

 

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