Usted está aquí: Portada / Cultura / 'Fábulas fantásticas' (fragmento)
Usted está aquí: Portada / Cultura / 'Fábulas fantásticas' (fragmento)
'Fábulas fantásticas' (fragmento)

La trágica vida del Lexicógrafo del diablo se fraguó desde su infancia. Uno de sus hermanos se convirtió en el fortachón de un circo mientras que otra hermana misionera fue devorada por antropófagos en África. A pesar de esta información pintoresca, Ambrose Bierce despreció a su familia casi tanto como odió al resto de la Humanidad.

Gozó de fama y reconocimiento; sin embargo, no atemperaron la desgracia: su esposa le fue infiel, sobrevivió a sus dos hijos varones y padeció de asma y de las heridas de guerra que le dejó la experiencia militar en la Guerra de Secesión.

Reconocido como periodista, fue amigo cercano y admirador de Mark Twain. Su carácter pesimista y misántropo se plasmó en la literatura –Julio Cortázar se declaró admirador de sus cuentos–, ensayada ante todo mediante la sátira.

En 1899 publicó Fábulas fantásticas que incluyen las secciones de “Esopo enmendado” y “Sierras viejas con nuevos dientes”, en que ridi-culiza la corrupción y la estupidez política estadunidense. Se le reconoce sobre todo por su Diccionario del Diablo.

Ambrose Gwinett Bierce desapareció en algún lugar del norte de México sin dejar rastro –se dice que siguiendo a las tropas de Francisco Villa. Sus últimos años inspiraron a Carlos Fuentes la novela Gringo viejo.

Conmino a mis contemporáneos a que sigan el ejercicio de contrición de uno de los personajes caricaturizados –y no menos real– por El amargo Bierce, como (e)lectores y disfruten de estos textos breves y rabiosos, ¡ay, tan actuales y premonitorios!: “El Elector Soberano, arrepentido, se privó a sí mismo de la influencia política aprendiendo a leer.”

 

El Tesoro y los Brazos

Un Tesoro Público sintió Dos Brazos extrayendo su contenido y exclamó:

–Señor Tesorero, exijo una compensación.

–Pareces saber algo sobre el discurso parlamentario –dijeron los Dos Brazos.

–Por supuesto –respondió el Tesoro Público–, estoy familiarizado con el desvío de recursos legislativo.

 

La Sombra del Líder

Un Líder Político paseaba en un día soleado cuando observó que su sombra lo abandonaba y se alejaba rápidamente.

–¡Vuelve aquí, canalla! –le gritó.

–Si hubiera sido una canalla –respondió la Sombra, aumentando su velocidad–, no te habría abandonado.

 

Los Políticos y el Saqueo

Varias entidades políticas se dividían el botín.

–Administraré las cárceles –dijo un Respeto Decente de la Opinión Pública– e implementaré un cambio sustancioso.

–Y yo –externó el Escudo Manchado– retendré mi actual conexión general con los asuntos, mientras que mi amigo aquí presente, el Armiño Sucio, permanecerá en el poder judicial.

La Olla Política afirmó que no herviría más a menos que la llenaran nuevamente con agua de la Alberca Mugrosa.

El Poder Cohesivo del Saqueo Público destacó con tranquilidad que ambos jefes estarían a su disposición.

–No –refutó la Profundidad de la Degradación–, ya están bajo mis órdenes.

 

Un Hombre de Estado

Un Hombre de Estado que asistía a una reunión de la Cámara de Comercio se puso de pie para hablar, pero se le objetó argumentando que no tenía nada que ver con el comercio.

–Señor presidente –intervino un anciano miembro, levantándose–, considero que la objeción carece de sustento; la relación entre el caballero y el comercio es cercana e íntima. Él es una mercancía.

 

El Congreso y el Pueblo

Sucesivos Congresos empobrecieron enormemente al Pueblo, que se desanimó y lloró copiosamente.

–¿Por qué lloras? –preguntó un Ángel que se había posado sobre una valla cercana.

–Se llevaron todo lo que tenemos –respondió el Pueblo, señalando al sugerente visitante–, con excepción de nuestra esperanza en el Cielo. ¡Gracias a Dios no pueden privarnos de eso!

Pero al final llegó el Congreso de 1889.

 

Dos políticos

Dos políticos intercambiaban ideas sobre las recompensas del servicio público.

–La recompensa que más deseo –estableció el Primer Político–, es la gratitud de mis conciudadanos.

–Eso sería muy gratificante, sin duda –confirmó el Segundo Político–, pero ¡ay! para obtenerla tienes que retirarte de la política.

Por un instante se miraron el uno al otro con ternura inexpresable y después el Primer Político murmuró:

–¡Hágase la voluntad de Dios! Ya que no podemos esperar una recompensa, contentémonos con lo que tenemos.

Y sacando sus respectivas manos derechas del erario, juraron conformarse.

 

El Buen Gobierno

–¡Eres un país muy feliz! –le dijo una República Gubernamental a un Estado Soberano. Sé suficientemente bueno para permanecer quieto mientras camino sobre ti, cantando las alabanzas del sufragio universal y elogiando las bendiciones de la libertad civil y religiosa. Mientras tanto, puedes aliviar tus sentimientos maldiciendo el poder de un solo hombre y las decadentes monarquías europeas.

–Mis servidores públicos son unos tontos y canallas desde que accediste al poder –respondió el Estado–; mis cuerpos legislativos, tanto estatal como municipal, son bandas de ladrones; mis impuestos son insoportables; mis tribunales son corruptos; mis ciudades son una vergüenza para la civilización; mis corpo-raciones asfixian a los intereses privados. Todos mis asuntos están en desorden y confusión criminal.

–Eso es verdad –asintió la República Gubernamental, calzándose las botas de suela gruesa. Pero considera cuánto te emociono cada cuatro de julio.

 

El Miembro Honorable

Un Miembro de una Legislatura, que se había com-prometido con sus electores a no robar, al final de la sesión se llevó a casa una gran parte de la cúpula del Capitolio. Enseguida, los votantes celebraron una reunión de indignación y aprobaron una resolución que incluía emplumarlo con alquitrán.

–Son muy injustos conmigo –se quejó el Miembro de la Legislatura. Es cierto que me comprometí a no robar, pero, ¿alguna vez les prometí no mentir?

Los votantes admitieron que era un hombre honorable y lo eligieron como Congresista de Estados Unidos, sin compromisos ni plumas.

 

El Dirigente de Partido y el Caballero

Un Dirigente de Partido abordó a un Caballero a quien vio ocuparse de sus propios negocios:

–¿Cuánto pagará por una nominación a un cargo público?

–Nada –respondió el Caballero.

–Pero contribuirá con algo al fondo de su campaña electoral, ¿no es así? –preguntó el Dirigente de Par-tido, guiñando el ojo.

–Oh, no –negó el Caballero, con seriedad. Si la gente desea que trabaje para ella, debe contratarme sin que se lo solicite. Me siento muy cómodo en libertad.

–Pero –urgió el Dirigente de Partido–, una elección es algo que se desea. Es un gran honor servir al electorado.

–Si servir es un gran honor –aclaró el Caballero–, sería indecente buscarlo; y si lo obtuviera por mi propio esfuerzo, ya no sería un honor.

–Bueno –insistió el Dirigente de Partido–, al menos espero que apoye el programa del partido.

El Caballero puntualizó:

–Es improbable que sus autores expresaran mis opiniones con precisión sin consultarme antes; y si respaldara su trabajo sin aprobarlo, me convertiría en un mentiroso.

–¡Usted es un hipócrita detestable y un idiota! –reconvino el Dirigente de Partido.

–Ni su buena opinión sobre mis facultades –agradeció el Caballero–, me persuadirá.

 

Las Liebres y las Ranas

Los Miembros de una Legislatura, a quienes habían tildado de los ladrones más viles del mundo, decidieron suicidarse, para lo cual compraron mortajas y, tendiéndolas en un lugar conveniente, se prepararon para cortarse la garganta. Mientras afilaban sus navajas de afeitar, unos vagabundos que pasaban por ahí les robaron las sábanas.

–¡Vivamos, amigos! –le dijo uno de los legisladores al resto. El mundo es mejor de lo que pensábamos. Alberga ladrones más viles que nosotros.

 

Las Hormigas y el Saltamontes

Algunos Miembros de una Legislatura hacían el balance de su riqueza al final de la sesión cuando se pre-sentó un Minero Honesto y les pidió compartirla con él. Los Miembros de la Legislatura preguntaron:

–¿Por qué no adquiriste una propiedad?

–Porque –confesó el Minero Honesto– estaba tan ocupado buscando oro que no tuve tiempo para guardarme algo que valiera la pena.

Entonces los Miembros de la Legislatura se burlaron, recriminándole:

–Si desperdicias tu tiempo en diversiones fútiles, no esperes, desde luego, beneficiarte de las bondades de la industria.

El Rey Tronco y el Rey Cigüeña

La gente descontenta con una Legislatura Demócrata, que les robaba no más de lo que tenían, eligió a una Republicana, que no sólo les robó cuanto poseían sino que exigió un pagaré por el saldo adeudado, asegurado por una hipoteca sobre su esperanza de muerte

 

Versiones de César Abraham Navarrete Vázquez

 

 

1206
comentarios de blog provistos por Disqus