Usted está aquí: Portada / Cultura / Josefina Vicens y 'El libro vacío': 60 años de la rosa perfecta de la literatura mexicana
Usted está aquí: Portada / Cultura / Josefina Vicens y 'El libro vacío': 60 años de la rosa perfecta de la literatura mexicana
Josefina Vicens y 'El libro vacío': 60 años de la rosa perfecta de la literatura mexicana

-Mi mano no termina en los dedos: la vida, la circulación, la sangre, se prolongan hasta el punto de mi pluma. En la frente siento un golpe caliente y acompasado. Por todo el cuerpo, desde que me preparo a escribir, se me esparce una alegría urgente. Me pertenezco todo, me uso todo; no hay un átomo de mí que no esté conmigo, sabiendo, sintiendo la inminencia de la primera palabra.”

Lo anterior, escrito inequívocamente por un varón, es la descripción precisa de ese Big Bang que no reconoce género cuando se está frente a la futura creación que empieza con una página en blanco. “La inteligencia es andrógina”, escribió Virginia Woolf en Un cuarto propio, parafraseando a Samuel Coleridge. Lo mismo puede decirse del oficio de escritor. Anhelas el encuentro con la escritura como una clandestina cita de amor, en especial si, como José García, a quien se atribuye el párrafo inicial, alternas el ejercicio de la imaginación con tareas domésticas o de sobrevivencia. Pero incluso éstas terminarán por subordinarse al influjo de lo que el señor García jamás se atreve a definir como “vocación”.

El que Josefina Vicens haya optado por un narrador varón para transmitir la experiencia de la escritura creativa en El libro vacío, ha despertado extrañeza en críticos y académicos: ¿cómo hubieran recibido el relato de una señora, digamos, la abnegada esposa sin nombre de José García, que emprende una novela cuando la cocina se lo permite? Josefina, la Peque, se propuso, creo, desnudar el lado artístico, sentimental y llorón de un hombre… pero lo dotó asimismo de un desarrollado sentido de la justicia que lo lleva a hacerse una serie de cuestionamientos que muy pocos hombres se harían, menos los de la mitad del siglo xx. A José García le desespera la sumisión de su mujer que le plancha las camisas para que luzca presentable en su cita con su amante. Se irrita con ella por no hacerle reclamos, por no odiarlo, por no concederse valor como ser humano.

Cuando junto con un grupo de destacadas académicas trabajé un ensayo sobre el feminismo en El libro vacío, no fue fácil convencerlas de que una novela narrada por un varón puede calificarse como “feminista”. Presenté pruebas físicas del feminismo de Josefina Vicens. Su activismo sufragista, se diría, la hacía feminista por definición… pero aún las luchadoras en este campo rechazaban ser denominadas “feministas”, como la propia Simone de Beauvoir o Heléne Cixous, pionera de los estudios de género. Eso no le impediría a José García escribir: “Hay en esas mujeres resignadas, en eso que llaman actitud digna para conservar el hogar, una inconsciente y refinadísima crueldad. Tal vez para algunos hombres esa actitud resulte cómoda. Para mí era insoportable y me provocaba un dolor distinto a todos los que había sentido. Era un dolor iracundo, envenenado, porque me parecía que era ella la que me estaba traicionando. No puedo explicarlo bien. No encuentro palabras.”

Josefina Vicens nació el 23 de noviembre de 1911, en san Juan Bautista, Tabasco, y murió al día siguiente de celebrar su cumpleaños número setenta y siete, en Ciudad de México. No padecía alguna enfermedad específica, aunque la atacó una paulatina ceguera que no le impidió escuchar cintas grabadas con la obra de Simone de Beauvoir, según narra su amiga, alumna y sobrina política –gracias al efímero matrimonio de Josefina con el traductor José Ferrel– Aline Pettersson. Era mucho más frecuente verla devorar libros que comida, pero fumaba, dicen, en demasía y con placer desatado. Se dice que estudió filosofía, letras e historia en la unam, pero en realidad cursó la única carrera al alcance de una “muchacha decente”: comercio. Sin su larga experiencia burocrática no hubiera creado un José García tan verosímil. No se limitó, sin embargo, a desempeñar labores propias de una secretaria: peleó a brazo partido por los derechos de las trabajadoras, lucha que haría extensiva a las campesinas durante su paso por el Departamento Agrario. Solía firmar la tarjeta de asistencia como Juana de Arco, cosa que le caía muy en gracia a su jefe inmediato. Sus pininos en la escritura los realizó a través del guion cinematográfico. Mucho se habla de sus dos únicos libros, especialmente el primero, pero tienden a omitirse los ochenta li-bretos para cine, algunos de los cuales la hicieron acreedora a importantes premios. Las señoritas Vivanco fue uno de sus éxitos. Llegó a ser presidenta de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas y ejerció el periodismo dentro de un género nulamente fre-cuentado por mujeres: las crónicas taurinas. Es en este punto donde Josefina adoptó no sólo un punto de vista masculino, también un radical corte de pelo, un saco de anchas solapas y una camisa abotonada hasta el cuello. Y así nació el controversial Pepe Faroles (más tarde adoptaría el pseudónimo de Diógenes García para desempeñarse como analista política).

La verdad se supo cuando el admirador de un torero al que Pepe dedicó unas líneas sarcásticas, lo buscó en la redacción del periódico para “romperle el hocico.” Lo que le salió al paso fue una delicada mujercita con carita de duende, envuelta en el humo de una pipa. “¿A qué hora empezamos?”, increpó Josefina al anonadado lector, arremangándose la camisa.

Con tres basta y sobra

Josefina Vicens sería la primera mujer en obtener el Premio Xavier Villaurrutia con El libro vacío; vacío de escenarios exóticos, audaces viajeros o emocionantes aventuras. Sólo un escritor enfrentado a su cuaderno, ni siquiera una bonita libreta, sino una cualesquiera, adquirida por tres pesos en una papelería; un escritor que no se reconoce como tal pues nunca ha publicado nada. Es simplemente un oscuro contador que, como Kafka, vive dos realidades alternas: la del burócrata absorbido por la rutina familiar y laboral, y la que lo empuja al abismo rayado de su cuaderno. Para José García escribir acerca de sí mismo y de sus ideas es igual a Nada, y sin embargo no puede evitarlo. Compara la necesidad de escribir con el alcoholismo, hablando de sí mismo en tercera persona: “Es un pobre hombre que tiene la necesidad de escribir, como otro puede tenerla de beber. Sólo que éste lo hace y sacia la sed. A nadie da cuenta de ese acto que tiene un recorrido íntimo; nace, se cumple y muere en él; se llama embriaguez y se disfruta o se padece solo.”

José García no lo sabe, pero nosotros, los que nos sumergimos en sus vivencias que él juzga anodinas, sabemos que es un artista. Un herido de nacimiento, como él mismo se llama. Muy pocos artistas se per-catan de que lo son… como los locos, que con demasiada frecuencia son artistas también. Transcurrirían más de veinte años para que Josefina publicara su segunda novela, Los años falsos, publicada en 1982, en una editorial modesta, con una bella portada de José Luis Cuevas, que es retomada en la más reciente reedición de sus dos novelas en un solo volumen, publicado por el Fondo de Cultura Económica. En Los años falsos vuelve a narrar desde la experiencia masculina. Luis Alfonso, su joven protagonista, es un antiHamlet que reprocha a un acobardado fantasma no haber resultado el padre que idealizó en su niñez. Un tipo muy macho que perdió la vida jugueteando con una pistola cargada. Al morir el rey del hogar, su “delfín” se ve forzado a ejercer autoridad sobre su madre y sus dos hermanas y, por si fuera poco, ocupa la vacante del padre en el trabajo, y es a través de esta virtual usurpación que Luis Alfonso descubre que su predecesor practicaba indiscriminadamente la za-lamería, la infidelidad y la corrupción.

Josefina escribió también un cuento, sólo uno, tit-ulado “Petrita”, el cual surge espontáneamente de la impresión que le provoca el retrato de una niña muerta pintado por Juan Soriano. Ese único pero magistral cuento nos trae de regreso la exquisita capacidad de Josefina de raspar con la punta de su pluma fuente esa herida de nacimiento a la que refiere José García: “Cuántas veces –escribe Josefina en “Petrita”–, cuando el pintor en un gesto automático extiende la mano para tomar un cigarro, yo siento que de ella se cayeron y se perdieron para siempre la manzana o la rosa per-fectas. Y cuántas veces a solas he violentado, he torturado mi mano para que produzca una línea armoniosa, un pequeño, ágil trazo…”

¿Hasta qué punto es válido sugerir que Josefina Vicens es la depositaria del fruto y de la flor que dejó caer la trémula mano del pintor?

 

1219
comentarios de blog provistos por Disqus