Usted está aquí: Portada / Cultura / Las cosas como fueron: una vida dedicada a la poesía
Usted está aquí: Portada / Cultura / Las cosas como fueron: una vida dedicada a la poesía
Las cosas como fueron: una vida dedicada a la poesía

Ya no se sabe quién dijo, por vez primera, que la biografía auténtica de un poeta está en sus poemas, en sus libros, en sus obras. Pero quien lo haya dicho –y lo siga diciendo– tiene razón. No hay forma de encontrar al poeta fuera de sus páginas, al margen de su escritura. En tal margen está sólo una persona, como cualquier otra, pero el poeta habita en sus poemas y en ellos permanecerá por siempre. Las cosas como son.

El poeta español Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 24 de junio de 1948) ha venido, pacientemente –ajeno por completo a las “estéticas” al día– escribiendo una obra pródiga y vital, al tono de la vida y no al ritmo de la moda: con alegría y gozo, con felicidad y con melancolía, con el tesoro del pasado y los bienes del presente; una obra poética que, luego de diez libros, reúne hoy en el volumen Las cosas como fueron: Poesía completa, 1974-2017 (Tusquets, Barcelona, febrero de 2018).

Antes, en 1992, con el mismo título Las cosas como fueron, había reunido sus cuatro libros hasta entonces, y en 2004, también en Tusquets, añadió un título más a esa recolección que ahora consta de una decena: Maneras de estar solo (1978), Páginas de un diario (1981), Elegías (1984), Autorretratos (1989), La vida (1996), La certeza (2005), Oír la luz (2008), Sueño del origen (2011), Antes del nombre (2013) y Quién lo diría (2015).

No es frecuente o, mejor dicho, cada día es más extraño que los lectores consigan que los libros de poesía se reediten. En España, los lectores de Eloy Sánchez Rosillo logran ese milagro. La vida lleva diez edi-ciones, y La certeza (Premio Nacional de la Crítica 2005), Oír la luz y Quién lo diría también se han reeditado en más de una ocasión. El caso de este último es extraordinario: tres ediciones en el mismo año. Todo lo cual prueba que los lectores de poesía existen y que pueden lograr que la obra de un gran poeta contemporáneo, como Sánchez Rosillo, mantenga viva la llama del género por excelencia de la concentración del idioma.

Viejo y nuevo lector que soy, cada día, de la obra del espléndido poeta murciano, he releído, siempre con emoción intensa, sin caídas, sin monotonía, las casi ochocientas páginas de Las cosas como fueron, y no puedo sino coincidir en el optimismo más que justificado del también poeta español José Luis García Martín: Eloy Sánchez Rosillo es “un poeta que se seguirá leyendo cuando los modernos y los postmodernos resulten antiguallas”.

Sánchez Rosillo ha mantenido la grandeza de la poesía española dialogante, ésa que nombra el mundo y que descubre, y nos hace descubrir, las cosas por medio de la palabra precisa, cuya música y significado son indisociables, y lejos, muy lejos, de cualquier estridencia y de cualquier retórica o antirretórica de artificio. Las cosas como son. La vida como es. La poesía como prueba más palpable de lo mejor de la existencia.

En 2005, en un texto que, con modestia, intituló “Garabatos de poé-tica”, al recordar su libro inaugural, con el que mereció el Premio Adonais de Poesía en 1977, Sánchez Rosillo refirió: “De 1974 a 1977 fui redactando los poemas del que habría de ser mi primer libro, Maneras de estar solo. Los escribí sin tener en absoluto en cuenta el contexto poético inmediato, lo que por entonces hacían los poetas españoles de mi edad, que no eran otros que los llamados novísimos, de los que no sabía demasiado en ese tiempo y que a mi modo de ver escribían como en broma.”

Escribir “como en broma”, aunque se haga en serio o especialmente cuando se hace en serio, es parte de lo que ha sumido en una penosa crisis al género poético, ya que no a la poesía que siempre sale invicta en las obras que, como las de Sánchez Rosillo, reivindican su esencia y su sentido. El autor de Las cosas como fueron tuvo, desde sus inicios, una clara conciencia de la trascendencia que debe perseguir –contra todo embate de la banalidad– la poesía. “Nunca he sido un poeta preocupado por ‘lo que se está haciendo ahora’”, escribió en 2005, para luego añadir: “Nunca me han interesado los galimatías, esos poemas en los que no se entiende ni pío y que lo mismo da leerlos al derecho que al revés. La vida es compleja y misteriosa, pero es a la vez transparente y nítida. Así es también la poesía que prefiero leer y la que siempre he intentado escribir.”

Si algo caracteriza a la poesía de Eloy Sánchez Rosillo es la claridad, que no es otra cosa que el lujo necesario de la difícil sencillez, como en esta inolvidable “Imagen” de Quién lo diría: “La mañana de marzo, como un templo/ de cristal y de cúpulas doradas./ En esta abierta intimidad me adentro/ con la fe que me tiembla en la mirada.”

Hablamos con el poeta; conversamos para llevar el diálogo hasta los lectores que todavía creen en la verdad poética y en la humana eternidad de la poesía.

 

 

 

-Próximo a cumplir setenta años de edad, y luego de más de cuatro décadas de la escritura de tu primer libro, ¿cómo ves La cosas como fueron?

–La aparición de este libro, sinceramente, es para mí el cumplimiento de un sueño. Yo soñaba de adolescente, cuando se apoderó de mí la vocación, con entregar mi vida entera a la poesía y con tener siempre la ilusión y la voluntad necesarias y permanentes para llevar a cabo una obra poética. Ahora me encuentro con este volumen titulado Las cosas como fueron. Poesía completa, 1974-2017, que tiene 760 páginas, y no termino de creérmelo. Como por milagro, se ha cumplido lo que soñé, y lo más increíble es que parece que se ha realizado en un abrir y cerrar de ojos, pues los años han pasado en un soplo. Me considero por ello un hombre afortunado, ya que muchísimos sueños no llegan a cumplirse. Que conste que sobre la mayor o menor calidad de mis poemas yo no opino; son otros los que deben hacerlo. Te estoy hablando sólo de la satisfacción que siento por haber sido capaz de escribir los libros que he escrito y porque se encuentren ahora reunidos ahí. Te añado, además, que esto es sólo un alto en el camino, pues pienso seguir en la brecha mientras me sea posible.

 

La nota preliminar de este volumen de tu poesía completa es muy clara en cuanto a melancolía, desasosiego y celebración, pero ¿qué hace la diferencia, para el poeta, para ti como poeta, entre oda y elegía?

–La diferencia está en la concepción que uno tenga del tiempo, en el punto de vista desde el que se considere la realidad. De joven pensaba que el presente era inestable y muy fugaz y que todo, después de pertenecernos un brevísimo plazo, se iba vertiginosamente hacia el pasado, donde se perdía para siempre. Mis poemas cantaban entonces, al igual que hoy, la hermosura del vivir (la poesía es canto o no es nada), aunque digamos que lo hacían con retraso, cuando pensaba que ya había perdido sin remedio lo que cantaba. Eso es la elegía: una celebración retardada de la hermosura, que precisamente por referirse al pasado se tiñe de melancolía. La oda celebra asimismo la vida, pero en presente, cuando las cosas que nos interesan están sucediendo. No hay razón, por tanto, para el sentimiento de pérdida, y el tono de este tipo de poemas será como consecuencia sereno, alegre e incluso exultante. Ahí estoy instalado yo ahora, en un presente inmenso, que no empieza ni acaba. Mi concepción del tiempo ha ido variando con los años. El tiempo no se lleva nada de lo que de verdad está en nuestra vida. No hay pasado, o el pasado forma parte también del presente, pues nos ha hecho ser como somos. Y lo mismo podemos decir del futuro. El tiempo no está fragmentado.

 

Diez libros y más de setecientas páginas constituyen toda una vida y dan cuenta de las cosas como fueron, pero ¿cómo son hoy las cosas de tu presente, las del poeta que mira ahora su obra a la distancia?

–Aunque, como antes te decía, el sueño de hacer mi obra se haya cumplido, pienso con frecuencia que podría haber hecho las cosas mejor. Yo querría haber escrito los poemas más emocionantes del mundo, porque cuando se apuesta aspiramos a lo más alto (no merece la pena apostar de manera mezquina). Pero no hay más remedio que conformarse con lo conse-guido. Aun no estando ni mucho menos a disgusto con el conjunto de mi obra, mi opinión acerca de lo ya realizado es cambiante. Hay días mejores y peores.

 

Dices que La certeza es un libro de transición. Yo no me había dado cuenta de ello cuando lo leí, aunque lo advertí en la relectura del conjunto de la obra. ¿Hay un poeta de antes y un poeta de después?

–No exactamente. La transición no es algo que se produzca de golpe. Somos de tal manera y los años nos van transformando poco a poco, sin que lo advirtamos apenas. Al mirar hacia atrás ahora y considerar lo hecho; sin embargo, creo que el eje de la transición, en mi caso, está en La certeza. El poeta de antes y el de después son el mismo, si bien su manera de mirar el mundo y de intentar decirlo han cambiado en lo sustancial sin que uno tuviera ese propósito.

 

La vida es el libro tuyo que más acoge el lector, ¿a qué lo atribuyes?, ¿tienes alguna hipótesis de por qué es el más querido por tus lectores?

–No. Para mí es un libro más de mi trayectoria. En la circulación mayor o menor de un libro influyen muy diversos factores. La vida, el quinto de mis libros, fue el primero que publiqué en la editorial barcelonesa Tusquets, que es una de las más importantes de España y que funciona de maravilla, con una organización y una distribución inmejorables. Esto, sin duda, influyó en la recepción que el libro tuvo. Yo estoy orgulloso y muy satisfecho del apoyo incondicional que he tenido por parte de Tusquets desde entonces, durante más de veinte años. Sin esa plataforma idónea para llegar a los lectores, no hay duda de que mi situación como poeta sería muy distinta.

 

Explicas: “Creo haber escrito sólo aquello que surgió por sí mismo dentro de mí, sin que yo alcanzara a explicarme el porqué de su brotar”. En un mundo donde los escritores actuales (incluidos los poetas) eligen “temas” (especialmente de “actualidad”) para “desarrollar” en libros, ¿qué significa esta soberanía del azar y la necesidad emocional?

–Yo nunca escribo con premeditación, con programa, sobre este tema o el otro. El escribir así me parece artificioso y falso, porque el poeta no es el que debe hablar en sus libros, sino la poesía misma, y ésta es siempre imprevisible. La vida no va por temas ni se puede planificar. A través del poeta, y con su asistencia entusiasta, la poesía auténtica habla de lo que ella quiere, no de lo que el poeta pueda proponerse, como si su trabajo fuera una labor de taller o de oficina.

 

Cierras tu recolección poética con un poema, hasta ahora inédito, en el que dejas la puerta abierta de tu poesía con las siguientes palabras: “Para vosotros, que vendréis al mundo/ cuando yo me haya ido/ escribo este poema.” ¿Cómo imaginas a los lectores del mañana?

–Semejante en todo a los buenos lec-tores de ahora. El hombre cambia poco. Me gusta pensar en los posibles lectores actuales, y también es hermoso soñar, sin presuntuosidad, a los lectores del futuro. Vendrán o no vendrán, pero es inevitable que los imagine. Y ese imaginar está lleno de emoción y de misericordia

 

 

1211
comentarios de blog provistos por Disqus