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Bemol sostenido
Por Alonso Arreola

Calypso sabor de limón

Una cosa llevó a la otra. Estábamos de fiesta en ese club de nombre extraño en San José de Costa Rica, cuando comenzaron a sonar bandas de calypso. Primero nos atrajeron las numerosas y animadas tropas que bailaban en la pista. Luego la avanzada edad de los músicos, casi todos provenientes de la zona negra de Limón, en la costa norte del país centroamericano. Después nos llamó la combinación en la dotación de sus instrumentos. Casi siempre en grupos reducidos, además de múltiples voces, lo mismo sonaban banjos que guitarras, congas que maracas, guitarras que ukuleles, bajos que quijongos caribeños. Este último fue el que nos cautivó. Se trata de un curiosísimo bajo de cajón de una sola cuerda con mástil independiente, recordatorio de los artilugios decimonónicos con que los negros estadunidenses tocaban el primer blues.

Hermano del quijongo guanacasteco (muy parecido al berimbao brasileiro), del ngoni africano, del marimbol o marímbula (kalimba agigantada para dar los graves en lenguas de metal), de las box guitars (amplificadas por cajas de cigarros), del cajón peruano, del steel drum (tambor de lata) y hasta del serrucho y del peine de pelo usados musicalmente, este quijongo caribeño muestra lo mejor de la creatividad humana cuando se ve limitada por la pobreza. Igual que numerosos platos que evolucionan en la boca avivados por la imaginación de la austeridad, este mueble se deja construir rápidamente con elementos que usamos y desechamos día con día, pero exige a cambio un gran oído y control rítmico. Se trata de un instrumento no temperado (afinado), sumamente elástico en su tímbrica y con una técnica de tensión variable que lo hace difícil de domar.

Imagine, lectora, lector, un palo de escoba al que se anuda un cordón en la punta para unirlo diagonalmente con el centro de un cajón sobre el cual descansan el pie del músico y el otro extremo del palo en movimiento. A medio bailar y medio remar, quien tañe el quijongo debe proveer mucha fuerza en la mano que jala y mucha delicadeza en la que afina buscando viento a favor. Acompañado por instrumentos convencionales, su primitiva naturaleza en el calypso nos recuerda una larguísima ascendencia africana así como la lentísima aparición del contrabajo lejos del continente profundo. Es simple y fascinante a un tiempo: así como los cajones, latas y maracas bajaron de los barcos junto con los esclavos, los “grandes” instrumentos no (¿recuerda la película El piano?).

Género afroantillano proveniente de Trinidad y Tobago, el calypso que nos ha llegado a México suele filtrarse con turistas y diyéis de playa más que con la justicia histórica o su tránsito natural en el Caribe. Sabrosamente infectado por el son cubano, la cumbia y el reggae, el que se instaló para evolucionar en Costa Rica muestra una personalidad única que desconocemos en estas latitudes. Macerado en pueblos como Cahuita, provincia de Limón, el calypso vio a sus mayores creadores en Walter Ferguson y Roberto Kirlew, mejor conocido como Buda.

Al primero se le conoce como el Calypsonian King, una suerte de Bob Marley local que este mes de mayo cumplirá noventa y nueve años de edad y a quien ya se han dedicado documentales, investigaciones académicas, homenajes dentro y fuera de Costa Rica así como un festival con su nombre. El segundo tuvo una vida llena de complicaciones de salud y económicas, aunque fue lo suficientemente alegre y emprendedor como para formar bandas emblemáticas. Verbigracia: la Buda Band que ahora, ya sin él, se reunió para bautizarse como Kawe Calypso. Ellos y los de Rice & Beans fueron quienes más nos sorprendieron. En este último el quijonguero era en verdad virtuoso. Su nombre: Ulises Grant (sí, como el presidente de Estados Unidos número 18 que abogara por los derechos de los afroamericanos y luchara contra los confederados en la Guerra de Secesión). Platicando con él entendimos algunas cosas sobre la filosofía del Calypso: “Antes que nada te debo decir que este instrumento es un compromiso de vida”, nos dijo cuando celebramos su trabajo.

Sumándose a la eterna protesta social, al chisme y la juglaría noticiosa propia de quienes aportan reflexión y pegamento a su comunidad, todos estos grupos cantan en inglés y en español indistintamente, entendiendo que su legado viene de un ultramar conquistado y que su hermandad con los archipiélagos es antigua y dialogante. Vernos sorprendidos por un oleaje tan prístino nos llenó de emoción. Esperamos lo mismo de usted. Busque músicos de calypso costarricense (además de Ferguson y Buda escuche a Manuel Monestel y Shanty); siéntase refrescado por los sonidos de Limón. Buen domingo. Buena semana. Buenos sonidos.

 

 

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