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Cinexcusas
Por Luis Tovar

Atrapados con salida

Querido Milos:

Espero que puedas perdonar la tardanza para escribirte estas líneas, pero sobre todo el motivo por el cual apenas las pergeño, pues en realidad bien pudieron –es más, debieron– ser escritas mucho antes de que la muerte nos privara de tu presencia física. Pero no me extenderé en justificaciones que en el fondo nada justifican. En lugar de eso quisiera hablarte –haciendo de cuenta que me lees, que viene a ser lo mismo estando o no estando tú en el mundo–, sin recato y sin ambages, de la profunda admiración que desde siempre he sentido por tu cine.

Aquí toca confesarte, qué remedio, que de tus primeros cuatro filmes conozco sólo dos: Audición, con el que debutaste, y esa magnífica parodia, ese alegato deliciosamente lúdico contra la estulticia en tantas cosas titulado ¡Al fuego, bomberos! Tus años sesenta, los de tu formación en Praga y el arranque de una filmografía que tiene de breve lo mismo que de poderosa y deslumbrante, fueron también los únicos en los que Europa, pero sobre todo tu país de nacimiento, llamado alguna vez Checoslovaquia –los vaivenes políticos le han cambiado alguna vez el nombre, sin que por eso le cambien el espíritu–, tuvo la fortuna de tenerte. A partir de aquel año del sesenta y ocho, primero luminoso y casi de inmediato vuelto sombras lo mismo en tu Praga que en mi Ciudad de México, debiste dejar tu tierra, cambiaste de nacionalidad para poder desarrollar mejor tu arte y, como todo mundo sabe, sin proponértelo corriste suerte similar a la de colegas y de seguro maestros tuyos, desembocando en un Estados Unidos en aquel entonces bastante más abierto, más amable, menos xenófobo y menos paranoico que el de ahora.

Así fue que repetiste la historia de gigantes como Lang, por sólo mencionar a uno, que retribuyeron el asilo con sobradas creces –y disculpa este pleonasmo, pero sólo así alcanzo a describir lo mucho que él, tú y algunos otros le aportaron al cine en general y al estadunidense en particular–, en tu caso con esa docena de filmes que constituyen un todo de solidez impresionante, por atributos presentes en cada uno de ellos: comenzando con tu eficacia narrativa, característica esencial de la primera a la última de tus películas, y rematando con ese talento formal tuyo deslumbrante, capaz del más discreto de los intimismos y también de la puesta en movimiento, en orden perfectísimo, de una multitud a escena; capaz del retrato psicológico del individuo lo mismo que del fresco sociocultural e histórico; capaz, en fin, de ver el árbol todo el tiempo, pero sin que por eso se te perdiera de vista el bosque entero.

Es sobre todo de esto último de lo que siempre quise hablarte, querido Milos, porque muchos de los protagonistas de las historias que contaste se me antojan árboles peculiarísimos. Me explico, pero como no quiero hacerte perder tiempo en demasía con ideas que por supuesto conoces, mucho menos hablando de tus filmes como si yo los hubiera entendido mejor que su creador, me concentraré en un puñado de ellos:

Pongamos pues a Wolfie, Andy Kauffman, Larry Flynt y McMurphy, es decir a un genio indiscutible de la música, un genio del espectáculo que alcanzó a trascender ese ámbito mediocre, otro de la provocación y los negocios, capaz de confrontar a la sociedad consigo misma mostrándole su infinita hipocresía y, finalmente, un genio para quienes lo rodean, ahí donde la sociedad lo ha confinado.

Cada vez me pregunté de dónde vendría esa capacidad tuya, sorprendente sin reservas, para humanizar al mito y, al final del filme, lograr al mismo tiempo y sin contradicción posible exactamente lo contrario; es decir que también me he preguntado muchas veces cómo y de dónde ese talento tuyo para mostrar cuánto de mítico, simbólico, arquetípico, reside en cada uno de nosotros, ya seamos delincuentes, editores, cómicos, músicos o cualquier cosa.

Lo ignoro todo de tu vida personal, querido Milos, y aunque hoy existen muchas vías para indagar acerca de los ámbitos privados, no lo haré, en principio para ser congruente con el espíritu de la época que te tocó en suerte vivir, mucho menos farandulizada y epitélica, pero sobre todo porque, como sucede con los que son de veras grandes, como tú, para saber quién eres, cómo sientes, cómo piensas, qué deseas, qué detestas y qué amas, basta con tu obra.

A ella me atengo y te agradezco, para despedirme, que sabiéndonos tan atrapados en tantos laberintos como el entrañabilísimo McMurphy, nos hayas mostrado una salida.

 

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