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Las rayas de la cebra
Por Verónica Murguía

La caja de jabón

 

En inglés la caja de jabón puede ser dos cosas: el receptáculo donde se transportan el detergente y sus derivados o una tribuna para discursear sobre política. Incluso hay un verbo: soapboxing. Sospecho que los mexicanos ejercemos el soapboxing todos los días aunque sea un rato, pues consiste en perorar apasionadamente y a gritos sobre política. También hay expresiones de uso diario con este verbo. “Bájate de la caja de jabón” quiere decir: ya no estés haciendo editoriales y come, que se te va a enfriar.

La historia de este asunto es muy democrática. En Hyde Park, un hermoso parque londinense, desde 1872 oradores espontáneos traían su caja de jabón para usarla como plataforma, se subían sobre ella y arengaban a quien pasara por ahí, sobre todo acerca de asuntos políticos. Ahora existe una esquina, llamada Speaker’s Corner, reservada para este fin. Ignoro si todos los que se suben tienen algo sensato que decir, pero aunque no soy una conocedora de este asunto, supongo que habrá quien se suba a decir bobadas. Como las que escuchamos a toda hora en estos días de campañas, en los tonos más diversos y con las mentiras más absurdas.

Yo traigo unas ganas tremendas de soapboxear. Suelo tratar de imaginarme dónde sería conveniente instalar mi caja de jabón, que imagino como un huacal muy grande con un letrero que dice DETERGENTE FOCA en un costado. Imagino mi sistema de sonido: un micrófono con un amplificador ultra potente. Y el sombrero como de revolucionario de 1910 que me tendría que poner, so pena de caer como regla, por el sol y los IMECAs. ¿En Xola e Insurgentes? No. Leí que es una de las equinas más ruidosas del país. ¿En dónde me pondré que no estorbe pero se me escuche?, me pregunto todo el día.

Lo malo es que hay muchas dificultades para llevar esta obra cívica a cabo. La primera es que dudo que los transeúntes me hagan caso, ya que casi todos los chilangos tienen prisa y van de mal humor. La segunda, que en esta ciudad no se oye nada más que el escape de los peseros, las pipas de Pemex, los helicópteros de los funcionarios y la camioneta con la grabación de “Se compra. Colchones. Refrigeradores. Estufas. Microondas. O algo de fierro. Viejo. Que. Vendaaaaa.”

La tercera dificultad es que, de seguro, se tiene que pedir un permiso en la delegación para echar rollos subida en una caja. Conjeturo que me mandarían de un escritorio a otro, de una ventanilla a otra, y me pondrían a llenar formularios por quintuplicado para decirme, a la hora de la hora, que no. Entonces, llena de fuego cívico, saldría de la delegación a, de todas formas, instalar mi caja. Pasaría la patrulla. Y la sola idea de ir en el asiento trasero de la patrulla con mi caja de jabón Foca en las piernas me pone los pelos de punta. Me temo que me iría como a las pobres focas canadienses en estos días en los que el gobierno de por allá da permiso de que apaleen a las crías. Por aquello de la prosperidad de la industria peletera. Qué poca. En todas partes se cuecen habas, aunque ahora las que más me importan son mexicanas.

El tema de mi proclama sería México. Es que quiero que me lo devuelvan. Este país donde vivo ahora me resulta un desconocido intolerable. Quiero paz y que Calderón vaya a la cárcel por declarar una guerra sin planear para vengarse de que le gritáramos “¡espurio!” Que su inmerecida pensión sea destinada a reparar daños hechos a los miles de ciudadanos perjudicados por esta guerra que nos ha desgarrado. Quiero que Zedillo se tome el trabajo de asesorar gratuitamente a quien quede en la Secretaría de Transportes para reinstalar la red ferroviaria que desarticuló por sus pistolas. Que me digan dónde quedaron los excedentes de la explotación petrolera de estos sexenios. Que Fox pague una multa gigante por incumplimiento de contrato, por aquello de “Y a mí, ¿por qué?” cuando le faltaban meses para terminar “su mandato”. Que Peña Nieto restituya todo lo que ha recortado en los rubros de educación y salud, y que levante lo que tiró. Que los chilangos vuelvan a tener diálogo con el gobierno de la ciudad y que los ladrones de todos los colores que se han encargado de escamotear el dinero de la reconstrucción lo distribuyan, además de poner a los funcionarios a trabajar físicamente en esas tareas.

Es decir, pasaría en la caja de jabón unos cuantos meses. Pero, estoy segura, habría muchos que también quisieran subir y yo, claro, les cedería la palabra.

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