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Los residuos de la radiación
‘Chernóbil’, Iliana Olmedo, Siglo XXI Editores/El Colegio de Sinaloa / Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2018.
Por Sergio Ceyca

Si Chernóbil hubiera sido publicada en la década de los años cincuenta, hubiera sido considerada una novela de ciencia ficción distópica: ¿cómo es posible que el sueño de la energía nuclear haría posible que los integrantes de células inconformes empiecen a desaparecer como si los hubiera borrado el tiempo? Casi podría ser un equivalente al mundo al borde del colapso que k. Dick propone en sus novelas. Pero visto desde nuestro presente, más bien parece un relato de terror: la historia de una familia cuyo padre está desaparecido y que, con el tiempo, empieza a desintegrarse cual si le estuvieran afectando los residuos de la radiación.

La novela escrita por Iliana Olmedo, merecedora del XV Premio Internacional de Narrativa Siglo XXI Editores, cuenta a través de fragmentos la vida de Daniela Arenas y su familia. Abre con la protagonista recibiendo una llamada de su hermano mayor para decirle que Paula, la hermana de en medio, se mató “por fin”. A partir de ahí, Daniela empieza a repasar la historia de su familia hasta la tragedia original: en 1986, semanas después de la catástrofe de la planta de energía eléctrica de Chernóbil, su padre, un militante político que creía en la energía nuclear como fuente de progreso, desapareció de la faz de la Tierra sin dejar una sola huella. Ni siquiera su amante supo qué le ocurrió. Desde 2016, tiempo en que realiza el recuento de los daños, Daniela Arenas va hurgando en sus cuadernos de notas para recuperar los momentos claves que ocurrieron antes y después de esta desaparición; además, lo hace para configurarle un rostro al padre, el ser ausente.

Daniela Arenas cuenta que, desde antes de su desaparición, su padre le regaló un cuaderno, y a partir de ahí, con un orden más emocional que lineal, corren paralelas diversos acontecimientos relacionados con su niñez y la de sus hermanos. Daniela es una chica triste, silenciosa, que incluso en sus propios escritos calla más de lo que confiesa: sabemos que la desaparición fue un punto de inflexión en su vida y que no se lleva bien con su madre; pero Iliana Olmedo tiene la facilidad de pasar entre la información y el silencio, de manera que el lector va buscando pistas de cómo siguió expandiéndose el hongo nuclear en su vida, de qué manera su comportamiento mutó de acuerdo con la radiación: es una chica tímida, que no reacciona con agresividad ante las cosas, y confundida en cuanto a las maneras de disfrutar su propia sexualidad, o cómo disfrutar la que los demás quieren darle.

Por su parte, Rafael y Paula, sus hermanos mayores, también van envejeciendo y encerrándose en destinos llenos de tragedia, que se van revelando poco a poco en las notas de la niñez de Daniela, hasta surgir en las épocas posteriores. Además, al haber sido el padre un físico nuclear, la tragedia de la planta y los sueños y esperanzas que le son robados tienen relación: “aspirar a la igualdad es tan posible como aspirar a que México tenga plantas autónomas y produzca su propia electricidad a través de la energía nuclear (con uranio natural) sin pedir permiso o necesitar ayuda. México se parece a Fernando, siempre tratando de liberarse y, en el intento, pasando sobre la población, ésa a la que debería cuidar”, menciona Daniela en algún capítulo. La catástrofe de la planta de Chernóbil, que va corriendo como fondo en la novela, se vuelve un símbolo de lo que es su familia con el pasar de los años. Cuando Daniela, ya mayor, decide conocer Chernóbil para fotografiarla, se da cuenta de que esa ciudad en ruinas representa un poco su vida.

Esta insistencia en el libro por recordar la tragedia remite en parte a la escena final de Fahrenheit 451, cuando uno de los personajes dice a sus compañeros que ellos no son nada: que algún día la carga que llevan todos podrá servir a alguien, pero que incluso cuando se disponía libremente de los libros no se sabía sacar provecho de ellos porque la Humanidad continuó insultando a los muertos, escupiendo en las tumbas de los que intentaron pasar su conocimiento. Lo único que ellos pueden hacer para intentar detener esa masacre eterna es recordar.

Iliana Olmedo sabe tejer este avance de historias paralelas, de distintas épocas, con una habilidad que, a pesar de la tristeza que pudiera imprimir en el lector, sigue generándole interés para que no abandone el libro, esperando siempre nueva información que ayude a revelar toda aquella tormenta de cosas que Daniela Arenas suele no entender bien.

Durante la lectura una pregunta puede rondar en la mente del lector: ¿por qué insistimos tanto en hablar con los ausentes? En buscar sus huellas a nuestro alrededor, en identificar cómo continua la vida como si ellos nunca hubieran existido. En el inicio de El Aleph, Borges camina por Buenos Aires encontrando la primera señal de que Beatriz, su amor eterno, ya no forma parte del mundo que continúa girando; a pesar de eso sigue visitando, en sus aniversarios luctuosos, la casa de su familia para, ahora sí, entregarle su amor sin condiciones. Sucede como con los hijos ingratos que, tras la muerte del padre con quien siempre discutieron, llenan su tumba con flores y arreglos mientras lloran nunca haber llevado la vida tranquila con los ausentes. Chernóbil parece, así, el resultado de una búsqueda interna por eliminar la radiación que puede durar miles de años afectando el ambiente, siempre con la esperanza de que en el futuro la situación cambie: atestiguamos, a través del testimonio de Daniela, cómo cada miembro de la familia de Fernando Arenas vivió su vida y, posteriormente, su desaparición, dejando dañadas las relaciones entre sus hijos y la madre, entre los hermanos, o entre ellos mismos y su pasado.

 

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