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Prosaísmos
Por Orlando Ortiz

El poliedro

 

Desde que tengo memoria he escuchado historias, chistes, anécdotas y qué sé yo cuánto más a propósito del llamado, entonces, “enriquecimiento inexplicable” y ahora, eludiendo eufemismo pero incrementando el cinismo: “enriquecimiento ilícito”. Esto, tanto para políticos como para “próceres” de la banca, la industria, el comercio, las finanzas, etcétera. De ese entonces recuerdo a quienes añoraban la administración del presidente Miguel Alemán –al que otros acusaban de ratero– porque sí se embolsaba hasta los clips de la oficina, pero “salpicaba” (textual: “se moja pero salpica”), en otras palabras, porque daba oportunidad de que otros hicieran lo mismo: no veía la corrupción evidente desde el burócrata estacionado en la ventanilla de atención al público hasta directores y secretarios de despacho, pasando por ujieres y secretarias mecanógrafas.

También de por aquel entonces recuerdo que algunos no muy jóvenes utilizaban el “carrancear” como sinónimo de robar: “Fulano le carranceó su quincena a su mamá.” El origen de ese neoverbo es obvio: durante la segunda etapa de la Revolución, subalternos de Venustiano Carranza y tropa saqueaban pueblos o rancherías cuando los ocupaban, o requisaban cuanto necesitaban para seguir en el combate y subsistir, pues los recursos no abundaban. Se carranceaba por necesidad, pero también por abuso de autoridad. Este verbo, según parece, se convirtió en “avanzar” para disfrazar el hecho: “para avanzar en la batalla debemos requisar”. Es posible que en ocasiones fuera cierta la “necesidad” con fines bélicos, pero las más de las veces, creo, era pretexto, o quedó como tal. Todavía a mediados del siglo pasado (no son tantos años, no aúllen) se escuchaba esa palabra: “Fulano le avanzó la quincena a su novia.”

Recordé lo anterior porque vi en la tele un spot de campaña de “Yo mero”, en el que sostiene algo así como que “para acabar con la pobreza hay que avanzar, para acabar con la falta de crecimiento, hay que avanzar... “ en fin, para acabar con los males del país hay que avanzar. Lo grotesco es que, dicho por el candidato de un partido que se caracteriza porque a lo largo de varias décadas le ha “avanzado” todo al pueblo, el efecto, al menos en mí, es que se trata de una burla. O, paradójicamente, de que “Yo mero”, en su afán de marcar una diferencia respecto a sus patrocinadores, está diciendo la verdad: Yo mero represento la continuidad.

Me gustaría poder escribir: “Cuando AMLO sea presidente acabará con la corrupción”; me abstengo de hacerlo porque, como lo he manifestado en otras ocasiones, el sistema no va a soltar nomás así el poder y emprender graciosa huida al extranjero. El voto no será suficiente para llevarlo al poder, pues el sistema encontrará la manera de corromper la votación en las urnas o, en última instancia el TRIFE se encargará de ensuciarlo todo para finalmente fallar que el triunfador, por dos o tres votos, es Meade (o Anaya, si las cosas no les salen como lo están planeando y llegan a un acuerdo con él, como puede ser el “gobierno de coalición” como lo entienden ellos, retorciendo su esencia para que las cosas sigan igual). Esto por una parte.

Por otra parte, y pecando de iluso, si AMLO llega a la presidencia tampoco podrá acabar de un plumazo con la corrupción, que es un mal poliédrico y sistémico, más que endémico. La corrupción tiene muchas caras, todas ellas unidas por una cadena de intereses creados que van, aunque parezca imposible, de los ciudadanos hasta los más altos funcionarios. (No solamente gobernadores y funcionarios son corruptos, también nosotros cuando damos una “mordida” para hacer rápido un trámite o evadir una multa). No digo que sea imposible, sino que vencer la corrupción no es cuestión de voluntad y se llevará mucho tiempo.

Ahí aparece otro tema: ¿sus seguidores lo entenderán? Porque es posible que para muchos de ellos, por no decir todos, la corrupción debe desaparecer a las primeras de cambio (como también la pobreza, el outsourcing y el aumento sistemático del precio de la gasolina, es decir, que demanden el cumplimiento inmediato de todo lo prometido), pues, desgraciadamente, la gente debe creer que tiene una varita mágica. Dado el caso, hay que prepararse para aceptar que el cambio será gradual, en el mejor de los casos, o de lo contrario sería necesario implantar un jacobinismo rabioso, y no creo que haya quien quiera que todos nos vayamos al rancho del Peje.

Si se va a votar por el cambio, hagámoslo conscientes de que cambio no es lo mismo que milagro.

 

 

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